Eden-Gary-Tonge-Fabulantes

Ilustración de Gary Tonge

El estilo de Stanislaw Lem (1921- 2006) resulta inconfundiblemente característico para cualquier lector de ciencia-ficción por su inimitable forma de explorar las ideas filosóficas, éticas y morales situadas más allá de nuestra actualmente estrecha y limitadísima concepción de la vida humana.

Portada_Edén

El universo literario de Lem tiene su centro en la concepción canónica del ser humano como una forma de vida excepcional, única entre todas las existencias posibles por su capacidad para actuar razonable y racionalmente en su único beneficio, satisfaciendo así un interés general de convivencia orientado a la protección personal o a la defensa gregaria de esos beneficios. Cada novela de Lem busca presentar alguno o varios de los aspectos correspondientes a este canon de lo humano y, a través de una trama de circunstancias inesperadas, someterlo(s) al reto de intentar mantener su coherencia interna y/o su validez externa.

La literatura del escritor polaco persigue el objetivo explícito de denunciar y desmontar este canon, relativizando la excepcionalidad y el sobrevalor de lo humano sobre todo lo demás, poniendo en su sitio a nuestra especie respecto a todo el conjunto de existencias inteligentes posibles en el anchísimo espacio-tiempo de nuestro universo.

En Edén (1959, publicada por Alianza en 2005 dentro de su “Biblioteca Lem”), emblemática novela situada entre Diarios de las estrellas (1957; publicada por Alianza en 2005) y Solaris (1961; publicada por Impedimenta en 2011), seis científicos de distintas ramas (coordinador de la expedición; doctor; ingeniero; físico; químico y cibernético) caen en el ignoto y homónimo planeta tras una avería grave en su nave. La única certeza sobre aquel lugar es que nadie ha ido allí o, si lo ha hecho, jamás ha regresado para contar la experiencia o incluso aportar información capaz de hacer más fácil su pretendida fugaz estancia. De repente, seis miembros de la humanidad intelectualmente destacados se ven abocados a intentar salir adelante en una realidad totalmente desconocida y, a priori, claramente hostil para sus esperanzas de supervivencia.

Aunque inicialmente todos los personajes intenten apegarse a su rol, cooperando y dando lo mejor de sí en cada una de sus especialidades para arreglar la nave y salir lo antes posible de allí, muy pronto la necesidad de responder a preguntas fundamentales sobre la forma en que se relacionarán con su entorno muestra las primeras claras divergencias. Una discusión en la que, para mantener el debate en una asequible cuestión dialéctica, evitando transformar la reflexión en un coro incomprensible, se nos describen dos extremos claramente diferenciados: mientras el doctor opta por una exploración abierta a la comunicación con cualquier otra forma de inteligencia que les pudiera salir al paso, el ingeniero (1) defiende un modelo autárquico de aprovechamiento de los propios recursos y las menores salidas posibles fuera del perímetro de la nave, con el coordinador realizando funciones de moderador en una tensión con momentos por veces muy agrios o de alta intensidad.

La realidad trasciende las voluntades de ambos a medida que en sus primeras incursiones en busca de recursos entran en contacto con extrañas realidades, y se dinamita por completo cuando la curiosidad de los habitantes de Edén hace acto de presencia en los alrededores de la nave. De esta forma, la prudencia protectora se denuncia inviable, las soluciones autárquicas aparecen como prácticamente un imposible, e incluso se exponen los límites a una cooperación grupal esencial limitada en todo caso a un contexto incontrolable en cuanto repleto de circunstancias imprevisibles.

Otro eje narrativo interesante se encuentra en la forma en que los expedicionarios observan al planeta y se relacionan con sus habitantes. La pretendida superioridad de la humanidad se ve sometida a pruebas de intensidad variable donde lo racional y razonable deja paso a otros instintos más primarios: la duda, el miedo, la ira o incluso la violencia se ponen a los mandos de la acción humana. De la humanidad Lem recupera su lado animal, básico y esencial, visibilizando esa parte de nuestra personalidad que, en la imagen de nosotros mismos más pulcra y aseada, se ha recluido en cárceles o psiquiátricos, convirtiendo el dominio de lo primario en enfermedad o haciéndola desaparecer casi por completo. Lem sitúa estos instintos básicos en el primer plano.

El diálogo de ideas entre los personajes y la descripción de escenas con una gran carga de intriga y drama son las dos técnicas narrativas predominantes en Edén. El lector accede a momentos interesantes: a discusiones tensas, a desarrollos escenográficos de una imaginación desbordante en su construcción y viveza, a personajes extraños, morfológicamente en poco o nada parecidos a cualquiera hasta ahora conocido… Como en toda novela de contacto “civilizatorio” que se precie, Lem usa el contraste de realidades y formas para marcar las distancias entre la humanidad y el entorno en que se mueve, aumentando también la incerteza y la angustia de unos personajes que difícilmente pueden llegar a reconocer o asociar por analogía algo de lo que ven en Edén con lo existente en sus mundos de origen. La extrañeza ejerce de reactivo.

Como siempre, Stanislaw Lem realiza en Edén una exploración pormenorizada de las entrañas de lo humano, desvelando las miserias que ideologías antropocéntricas como el liberalismo o el anarquismo obvian o dejan de lado. Sin duda, literariamente la novela no está entre las mejores de Lem, de hecho, excepto un doctor cuya curiosidad e ironía por veces recuerda al Ijon Tichy de Diarios de las estrellas, los personajes carecen de una personalidad propia más allá de sus posiciones respecto a las cuestiones planteadas por la novela, sus relaciones apenas tocan aspectos distintos a la idea central del texto, y físicamente ni siquiera tenemos una descripción mínima (tampoco es que aquí importe demasiado). Hasta en el uso de la tecnología espacial, ciertos adminículos no han conseguido pasar con la mejor salud el imperdonable paso del tiempo.

Sin embargo, Edén sí tiene un alto valor filosófico-reflexivo, en cuanto expone preguntas fundamentales en el debate social contemporáneo. Un conjunto de hilos argumentales cuidadosamente tejidos alrededor de una cuestión esencial: ¿cómo reacciona el ser humano, racional y razonable, ante lo desconocido?, ¿cómo se relaciona con aquello sobre lo que carece por completo de información?, ¿qué forma tenemos de comunicarnos con lo que nos rodea cuando no lo controlamos o no sabemos qué es? Incluso, si echamos la vista un poco hacia adelante, con cuestiones como la inteligencia artificial o la robótica o la neurobiología reproductiva o la clonación llamando ya a nuestra puerta, comprobaremos que muchas de ellas nos transportan al futuro inmediato de nuestra especie.

Una vez más, Lem lleva a la ciencia-ficción más allá de los estrictos límites del género.

(1) El ingeniero es el único personaje con nombre: Henryk. De esta forma, Lem cose de forma estricta los personajes a su rol o función, resaltando la pretendida importancia de su dimensión intelectual y, en consecuencia, contrastando de forma todavía más acentuada las diferencias entre sus pretendidos roles y la naturaleza real de sus actitudes, actos o comportamientos.