A finales del siglo XXII la Tierra ha sido destruida. De lo que significó, apenas queda el suspiro de un recuerdo. A ella la han sustituido un conjunto de colonias planetarias de vida rudimentaria y la Nave, roca estelar que surca el universo con todo el conocimiento habido y por haber en su interior. En cada planeta y en la Nave la vida transcurre a su ritmo. Las comunidades se encierran sobre sí mismas y la relación con los demás casi no existe. De hecho, la Nave se limita al canje de víveres por conocimiento con los distintos planetas, y entre estos no existe intercambio o comunicación conocida.

Tal esquema tiene sus consecuencias negativas, pues los planetas perciben en la actitud de la Nave un desdén causa de todos sus males y pesares. La dureza del intercambio les impide desarrollarse y mejorar. El mantenimiento de una situación de dependencia ayuda a mantener el statu quo de superioridad de la Nave sobre los planetas.


En esta inercia de relaciones estáticas, de estrictas dependencias y de silenciosos rencores, tiene lugar el proceso de madurez de Mia Havero, joven de doce años, hija del director del Consejo que gobierna la Nave. Persona con escasa trascendencia para la toma de decisiones colectivas, incapaz de cambiar por sí sola el rumbo de los hechos, pero generacionalmente significativa en lo que representa la posibilidad de que, un día, el estado de las cosas cambie (o no) en una dirección u otra.

Alexei Panshin (USA, 1940) intenta en Rito de paso (Bibliópolis, 2012), publicada originalmente en 1968 y ganadora del Premio Nébula de ese mismo año a la mejor novela de ciencia-ficción, la triple pirueta de retratar simultáneamente los procesos de madurez personal, de toma de conciencia colectiva y de cambio social. Tres planos de discurso, uno superpuesto sobre el otro, representados por los hilos argumentales de la trayectoria personal de Mia Havero respecto a todas las personas que conoce o acontecimientos que le suceden, la historia de su padre como gobernador de la Nave respecto a antagonistas como el señor Persson o el maestro Mbele –y con el tiempo la propia Mia-, y la relación de la Nave respecto a  los planetas a través del comercio o la celebración del “rito de paso” (quizás el significado más gráfico, aunque menos exacto, corresponda al “rito de iniciación” con que se titulaba la edición española de 1974 que publicó Dronte en su día), respectivamente.

A todo ello le da densidad y gravedad una pretendida indagación filosófica que, a través de la ética, busca marcar las posiciones de Panshin respecto a cuál de los futuros,  en cada uno de esos tres planos de discurso, le resultaría más deseable. Sin embargo, este aspecto adolece de las debilidades que, en general, se le achacan tanto a las obras de ficción como a los ensayos de Panshin: una débil investigación y un déficit de comprensión sobre los conceptos y teorías que maneja convierten sus argumentos filosóficos en fruslería dialéctica carente, por tanto, de la validez y credibilidad exigida a la escritura de ideas. Lamentablemente, coincidimos nosotros también en este punto.

Aun así, existe una división de opiniones alrededor de la figura de Panshin. Uno de sus ejemplos se observa en la recepción, precisamente, de Rito de paso. Mientras para unos esta novela rebosa de pensamiento heinleiniano, para otros Panshin no llega a captar lo esencial de las ideas sociopolíticas  de Robert A. Heinlein (con el que mantuvo también una agria polémica en vida sobre un ensayo escrito por Panshin sobre su figura y su obra, que Heinlein intentó por todos los medios evitar que se publicase) por lo que tal atribución carece de valor.

Alexei_Panshin
En nuestro caso, no vemos a Heinlein por sitio alguno. Si Panshin sí es cierto que articula una crítica sociopolítica clara, ésta no se sostiene sobre las mismas bases que Heinlein. La contradicción clara del comunismo y el capitalismo no hace acto de presencia. Tampoco podemos calificar al Consejo de una autoridad central (la Nave tiene una Asamblea democrática como máxima autoridad de decisión), ni a su forma de vida como reflejo de cualquier tipo de autoritarismo –de hecho sí existe un comunitarismo cuyo cambio se sustenta sobre mecanismos de decisión colectivos y democráticos-. Los esquemas de pensamiento de las personas, si bien sí se fundamentan sobre la comparación y la articulación de argumentos o teorías, para nada tienen tras de sí ese individualismo metodológico radical tan característico de Heinlein. Una distancia que parece todavía mayor si comparamos las posiciones de Panshin con las del objetivismo de Ayn Rand, quizás el sistema filosófico más próximo a las posiciones de Heinlein.

Aunque Rito de paso naufraga en su intención de resultar una novela de ideas alrededor de las posibilidades del cambio social, sí resulta una excelente novela sobre la madurez y el proceso de toma de conciencia. La propia estructura de la novela remata, en los tres tiempos de de que consta, este argumento principal: presentación, desarrollo y desenlace del proceso quedan claramente definidos, perfectamente expresados, y contienen elementos argumentales que hacen la historia de vida de Mia Havero entretenida. Sobre todo por unos secundarios que, por veces, superan en vitalidad y credibilidad incluso al personaje principal, como son el Sr. Mbele o Jimmy Dentremont–maestro y compañero en su etapa básica de educación-, respectivamente.

Rito de paso resulta una curiosa excepción en la ciencia-ficción de la década de los sesenta porque, cuando la mayor parte de los autores se centraban en las correrías galácticas propias de la space opera, sólo unos pocos utilizaban el marco del futuro y el espacio para explorar otras posibilidades, y menos todavía se atrevían a situar a un personaje preadolescente y su proceso de madurez como argumento central de la historia. Alexei Panshin lo hizo, de forma magistral, y por ello fue merecidamente reconocido y todavía hoy es recordado. A pesar de todo, estamos ante una novela que ningún lector aficionado a la ciencia-ficción puede dejar de leer, por lo menos, una vez en la vida. Tómese esta tarea pendiente como su propio rito de paso.