Paisajes-del-Apocalipsis
La secularización y el progreso técnico han ido enterrando, uno a uno, los miedos de la humanidad. El ser humano ha dejado de asustarse de la oscuridad, al haberla dominado con luz artificial; ha dejado de estar pendiente de la ira con la que un Dios Vengativo arrasaría toda forma de vida sobre la faz de la tierra. El hombre se ha ido riendo de sus antiguos pavores, despachándolos como chiquillerías ingenuas. Pero la devastación provocada por las bombas en Hiroshima y Nagasaki, y la paranoia nuclear de la Guerra Fría con su histérica nomenclatura, introdujeron un nuevo miedo que aún hoy ensombrece el ceño: el de un Fin del Mundo, un Apocalipsis, derivado de la propia falta de límites -o de escrúpulos- del hombre. De lo que se llama comúnmente progreso.

Este miedo ha alimentado la ciencia-ficción, género que suele ser vanguardia de las últimas preocupaciones y de los sueños humanos. Desde los cincuenta, muchos escritores, sobre todo en suelo estadounidense, donde mayor fue el impacto de la propaganda nuclearista, concibieron ficciones, fantasías no tan imposibles sobre el fin de todo y la agonía de los hombres. Sesenta años de escritura ininterrumpida han tenido como resultado una abundante bibliografía que sigue aún nutriéndose de nuevas imaginerías según la humanidad va avanzando inexorablemente hacia su propia perdición. Sesenta años que han dado para ríos y ríos de tinta con los que rellenar numerosas antologías. Como Paisajes del Apocalipsis (Valdemar), por ejemplo.

En ella, John Joseph Adams, editor de los fanzines Lightspeed y Fantasy Magazine (desde este año, una única cosa) reúne veintidós relatos de otros tantos autores de reconocido prestigio (en Estados Unidos) en el mundo de la ciencia-ficción; o sea, que se encarga de recopilar en formato libro veintidós piezas de escritores que han publicado en revistas especializadas, de género, algo que nos resulta marciano entre los hispanoescribientes pero que es norma común en suelo estadounidense, donde no sólo proliferan estas publicaciones sino que además pueden ser consideradas trabajo digno para editores que comen, viven y disfrutan de ellas. Adams propone este volumen desde su autoridad como especialista en Apocalipsis, tema que abunda en sus revistas y, por lo que parece, también entre sus intereses.

Reúne por tanto a autores que han ganado premios, reconocimientos, y espacio dentro del género, con el objetivo de que nos hablen de devastación, pero también y fundamentalmente de esperanza. Porque la mayor parte de estos cuentos, casi todos, no pueden ocultar precisamente un mensaje esperanzador, vitalista, en cuanto que la Humanidad forma parte de una colectividad, de una comunidad, a la que se integra para sobrevivir. Son cuentos que abarcan tres décadas de narrativa: desde el primero, en orden cronológico de George R. R. Martin (“Oscuros, oscuros eran  los túneles”) hasta el más joven, realizado para la ocasión, de Jerry Oltion (“El Juicio ya pasó”), de 2008. Entre medias, Orson Scott Card (“Chatarra”), Gene Wolfe (“Modo Silencio”), Paolo Bacigalupi (“Gente de arena y escoria“), Jonathan Lethem (“De cómo logramos entramos en la ciudad y logramos salir de ella”), Octavia E. Butler (la única fallecida de los invitados; “El sonido de las palabras”) o Cory Doctorow (“Cuando los Admindesis gobernaron la Tierra”), por poner tan sólo unos pocos ejemplos. Cada cual con las manías que conforman sus literaturas y con sus estilos. Y por supuesto, con calidades dispares.

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El “apocalíptico” editor John Joseph Adams

En uno de los relatos, el firmado por Dale Bailey (“El Fin del Mundo tal y como lo conocemos”), se mencionan las dos modalidades que suelen ser típicas de esta tipología de narraciones catastrofistas. Escribe Bailey: “[…] En la primera, el mundo acaba por un desastre natural, ya sea un suceso sin precedentes o a una escala sin precedentes. […] En la segunda […], los irresponsables seres humanos se condenan a sí mismos”.  ¿Y qué hay de sus personajes? Bailey sigue desentrañando los tics del Apocalipsis literario: “[…] Los personajes de los relatos del fin del mundo normalmente corresponden a uno de estos tres tipos. El primero es el tosco individualista, […] solitarios autosuficientes e iconoclastas, entendidos en el uso de armas y capaces de asistir en un parto. Hacia el final del relato, han logrado avanzar a medio camino de Restablecer la Civilización Occidental… aunque normalmente son lo suficientemente listos para no regresar a los Viejos Malos Hábitos. La segunda modalidad es la del bandido apocalíptico, […] frecuentemente se presentan en pandillas y se enfrentan a los toscos supervivientes […]. El tercer tipo de personaje, también muy común, aunque bastante menos que los otros dos, es el sofisticado hastiado del mundo.” Sírvase todo esto bien frío y ya tenemos las características inherentes del subgénero, que, de tan enquistadas, son ley.

Tras leer del corrido estos veintidós relatos una cosa queda clara: el Apocalipsis literario está demasiado apegado a sus tópicos, a sus costumbres. Al subgénero le cuesta mucho despegarse de ellos, quizás porque los autores que escriben sobre él están demasiado polarizados por los lugares comunes, por idénticas visiones que han difundido bien el cine, bien mentes fértiles pero demasiado envenenadas por la ponzoñosa publicidad post-nuclear de décadas y décadas de terrores represivos. Paisajes del Apocalipsis parece un libro que intenta contar de mil maneras diferentes un único punto de vista, y es por eso por lo que en el fondo termina hastiando, y haciendo que muchos de sus relatos se lean indiferentes o como parodias no excesivamente logradas de un mismo hecho repetido en bucle. Puede que en nuestro hastío algo tenga que decir el hecho de probar una cierta cercanía, un cierto reconocimiento, en cuentos que intentan ser ficciones pero que en el fondo no lo son tanto, y con la que probablemente empaticen más lectores anglosajones que europeos.

Los mejores relatos del conjunto son aquellos que no son ya factibles o probables sino imperecederos, que pueden valer tanto para el Apocalipsis como para la elipsis. De entre todos ellos brilla el de Martin, Oscuros, oscuros túneles: el padre de la saga épica Canción de hielo y fuego sabe subvertir las características esperables del subgénero para hacerlas pasar por algo nuevo y distinto, a pesar de no distanciarse de los esquemas marcados a rajatabla por Bailey. Sus supervivientes están hastiados del mundo, y tienen una relación compleja, ambigua, con los Viejos Malos Hábitos, que intentan comprender. Martin se aleja de clichés para lanzar una reflexión en su especular sobre dos sociedades, una primitiva, la otra hiperevolucionada: ¿cuál es la más salvaje? ¿Somos más civilizados por estar más avanzados? ¿O en verdad estamos terriblemente limitados? Éstas son las preguntas que ahora se formula el subgénero, y a la que intentan, mal que bien, dar respuesta estos veintidós relatos, que, en su afán por querer parecer originales, muchas veces se nos atragantan, o muestran las facetas más extremas de sus autores (el carácter netamente mormón de Scott Card; el delirio de Wolfe; la neurosis cibernética de Bacigalupi…).

Puede que Paisajes del Apocalipsis saque la bestia que los escritores lleven dentro. Los lectores desde luego experimentaremos el ligero –pálido- cosquilleo del horror a lo desconocido, a la aniquilación y a la regresión que supone destruirnos a nosotros mismos. Nada nuevo hay bajo el sol y poco aportan los veintidós relatos de una antología que, si bien nace con la mejor de las intenciones y bajo el auspicio de una buena idea, se vuelve extraña, lejana, indiferente. Eso sí, al menos ofrece al lector una selecta y nutrida bibliografía por si quiere seguir ahondando en estrategias de supervivencia para el Fin del Mundo.