“El dia de mi nombramiento [como nexo o intérprete de “estorias” o leyendas] qando qmpli los 12 sali con la lanza en ristre i mate 1 javali que probablemente era el ultimo javali en las Colinas del Hato de todas formas hazia mucho que no veía ninguno no creo que vuelva a ver ninguno”. No se asuste el respetable, no nos hemos vuelto locos. Tan sólo hemos reproducido el arranque de Dudo Errante (Riddley Walker), la novela de culto (y, pese a todo, apocalíptica) con la que Russell Hoban (Lansdale, Pennsilvania, 1925) desconcertó la ciencia-ficción. Hoban nunca sabrá si sus pronósticos apocalípticos serán ciertos: murió hace más de un año (el día 13 de diciembre de 2011) en Londres, la ciudad en la que se había afincado en 1969.

Dudo Errante nunca tuvo intención de ser ciencia-ficción, ni mucho menos de figurar en un lugar destacado dentro de las ficciones sobre el Apocalipsis. Hoban siempre exploró en su trayectoria literaria aspectos profundos de la conciencia humana; sus personajes, como él mismo reconoce, experimentan cambios, abandonan el confort de una vida conocida y se enfrentan a pavorosas novedades, muchas veces drásticas. Como los “jóvenes airados”, aquellos escritores ingleses de izquierdas de los sesenta (John Fowles, Alan Sillitoe…) que conocía tan bien, Hoban no se vio jamás en la necesidad de tener que erigir paisajes imaginarios en los que sus personajes viviesen o se moviesen: ya tenía la realidad, mucho más acuciante y mucho más absurda. El americano no obstante, quiso enfrentarse a ella y se atrevió a ir más allá. Con el resultado que hoy reseñamos.

En Dudo Errante, el Apocalipsis se convierte en metáfora. Hoban realiza en su libro una traslación primitiva de una Inglaterra (Enlaterra) devastada por un holocausto nuclear hace más de un milenio, en la que sus habitantes viven en una permanente Edad del Hierro sin casi ningún vínculo con la Historia (aquella que constituye nuestro presente o el pasado que conocemos en base a nuestras lecturas o a nuestros mitos), un arma de manipulación y adoctrinamiento con la que los pocos privilegiados que conforman la élite gubernamental construyen la única visión del mundo válida. Lo principal en Dudo Errante es que el Apocalipsis, es decir el componente de ciencia-ficción, es puramente coyuntural y no estructural. Lo que se nos cuenta en esta obra, fundamentalmente, es la decadencia, el deterioro, de la cultura, origen del estado semicavernícola en el que vive la humanidad conocida. Y nos lo cuentan a través de una degradación del lenguaje.

Tan importante es el lenguaje que éste (como en La naranja mecánica de Anthony Burguess) tiene su propio nombre y sus propias reglas: es el Riddley Speak, una lengua corrupta que se ha compuesto a base de parecidos fonéticos con los sonidos de las palabras. El Riddley Speak hace desaparecer toda capacidad de abstracción del lenguaje; la elección deformante de la lengua es explicada así por el autor: “[…] Desde el punto de vista técnico, se adecúa a la historia, porque ralentiza el ritmo de la lectura sugiriendo así el ritmo al que el propio Dudo comprende lo que sucede”. Y vaya si lo ralentiza: no será extraño que el experimento estilístico de Hoban nos haga releer a veces tramos enteros de una misma oración, por la anárquica disposición de los signos de puntuación; por la literalidad del lenguaje, que parece más bien jerga a veces; por el uso de palabras elegidas no por su conveniencia sino por su cadencia poética, introduciéndose en enunciados en los que pueden tener un significado distinto al que realmente poseen; por la ortografía, que no se respeta y cuya vulneración sistemática hará sangrar los ojos de los más puristas…

Por si todo esto no fuera suficiente, Dudo Errante es además la más simbólica (y por tanto críptica) de las novelas de su autor, lo que viene a significar que está llena de (demasiados) símbolos, de elipsis, que desconciertan  incluso al lector más preparado. Hoban fue muy honesto con su libro y se negó sistemáticamente a autorizar traducciones a otros idiomas, por considerarlas inútiles. Lo tenía por intraducible; no traducido (al castellano) se mantuvo veinte años. Sin embargo, una editorial cordobesa, Plurabelle, consiguió sacar la primera –y única- traducción del texto en 2002, tras conseguir el permiso expreso del escritor, convencido por las muestras que le fueron enviadas (tres años después, fue publicado en la que era la última edición hasta el momento, a cargo de  la editorial Berenice). Posteriormente, el director de aquel sello, Javier Fernández, recibiría el encargo de la editorial Cátedra de dirigir su colección de fantástico (Letras Populares); decidió incluir Dudo Errante en este catálogo -a día de hoy, pequeño pero muy suculento-, con una edición revisada y actualizada de la traducción, supervisada por los dos responsables de la misma, María Luisa Pascual y David Cruz. Por su trabajo, ambos fueron premiados en 2005 con el premio de traducción que otorga la Asociación Española de Estudios- Anglo-Americanos.

Pascual, profesora del departamento de Filología Española y Alemana de la Universidad de Córdoba (España), explicó a Fabulantes las dificultades a la que ella y su colega se tuvieron que enfrentar: “Lo más difícil fue decidir cómo iba a plasmarse de manera diferenciada y consistente cada variedad lingüística, pues se usan tres dialectos (el inglés estándar actual y otras dos neolenguas) temporales en la novela. Queríamos mantener el sentimiento de extrañeza que produce en la lengua original enfrentarse a un texto escrito de manera fonética, lo que a menudo genera múltiples asociaciones en inglés (varios significados para un mismo vocablo o frase) de las cuáles solo una, o a lo sumo, dos podían ser rescatadas en castellano”.

“Estuvimos trabajando varios meses con el texto”- prosigue Pascual-. “En la primera fase traducíamos por nuestra cuenta y luego poníamos en común nuestras versiones comparando texto original y traducción, clarificando puntos del relato que no acertábamos a entender del todo, proponiendo soluciones concretas a todos los puntos arriba mencionados… Hubo otra fase de revisión del texto castellano principalmente, en la que buscábamos generar efectos análogos mediante recursos lingüísticos y literarios similares, y que se mantuviese la coherencia interna del texto, cosa algo complicada en un texto lleno de incongruencias narrativas planteadas a propósito. Hubo otra última revisión ya en la que se acordaron algunas modificaciones en cuanto a uso de nombres propios, topónimos, e incluso sobre el título con el editor y el corrector. […] Un proceso largo pero enriquecedor”.

Proceso largo y enriquecedor –del que dan fe las abundantes notas, el glosario de términos, los apuntes del propio autor que se incluyen en el volumen de Cátedra- gracias al cual hoy podemos disfrutar de una novela que bebe de muchos textos clásicos de la materia (Los gigantes de caliza, de Keith Roberts parece ser, por sus coordenadas geográficas y el grado de atavismo social y cultural, el más preclaro) y que ha servido de inspiración a muchas de las visiones apocalípticas que tenemos grabadas en la retina o el recuerdo. Dudo Errante es una novela sugerente, con un inmenso atractivo, de una pronunciada vena conservacionista y ecologista, la más conservacionista y ecologista de las novelas de su creador. Es una advertencia sobre los riesgos de un exceso de tecnología y una denuncia sobre la avidez y rapacidad del ser humano, cuyos excesos no parecen conocer límites.

Pero sobre todo es una novela exigentísima, que Russell Hoban tardó cinco años (1975- 1979) en escribir, pulir, y perfilar, tras arduas investigaciones y no pocos quebraderos de cabeza. Una novela llena de aristas, de desconciertos, de grandes vetas y paseos por el barro; un libro donde su mínimo argumento es un pretexto para plasmar las obsesiones de un Hoban preocupado por la condición humana, reducida en su texto al salvajismo. Un libro de culto que es en sí –y por sí- mismo un culto. Burguess, otro que, como ya dijimos, usó la lengua como herramienta de batalla, escribió que Dudo Errante es “lo que la literatura debería ser”. Más bien creemos que es a lo que podría estar abocada en un futuro que no parece tan remoto.