Ilustración de Andrea Beré para Fabulantes

Ilustración de Andrea Beré para Fabulantes

En 1957, las pantallas británicas acogieron el estreno de una película que habría de tener un relevante papel en la historia del cine. La maldición de Frankenstein (The curse of Frankenstein), el filme que habría de lanzar definitivamente a Hammer Films a su época dorada (ya había conseguido notoriedad con las primeras entregas de la serie Quatermass), obtuvo un notable éxito satisfaciendo con su mad doctor a un público ávido de nuevas visiones del horror.

Dada la millonaria cifra recaudada en taquilla, ocho millones de dólares de la época a partir de una producción que costó 270.000, Hammer Films no tardó en continuar con sus siguientes proyectos. Con la adaptación de la más famosa de las obras de Bram Stoker en 1958 y la versión de La momia (The Mummy) en 1959, la compañía británica se consolidó como mariscal en el campo del terror cinematográfico. Poco importó el sentir de buena parte de la crítica del momento, cuyas opiniones sobre dichos largometrajes basculaban entre calificarlos como una blasfemia o como películas de nulo interés y pésimo gusto. El público, el inglés el primero y el europeo poco después, saludó con una acongojada mueca a estas películas que se presentaban en Technicolor y con un fondo que, a decir de Terence Fisher, no eran sino una especie de “cuentos de hadas para adultos”, con toda la carga filosófica y siniestra de los mismos. La influencia de la compañía que un día se asentó en los Bray Studios no tardó en notarse en la producción cinematográfica del continente, como la obra de Mario Bava en Italia, y más allá, las producciones de Roger Corman/Vincent Price/Edgar Allan Poe en Estados Unidos, por citar un par de ejemplos. Este renacer del cine gótico cautivó, y sigue cautivando aún hoy día, con sus historias y ambientes, a varias generaciones de espectadores, entre los que se cuenta el autor del presente libro.

En La fiesta de Orfeo, editado por Almuzara, Javier Márquez Sánchez presenta un gran homenaje al mundo de la Hammer Films dentro del que hila con habilidad un relato de misterio profundamente empapado en los códigos del brit-terror de los años 50-60. Un empleado de correos que acude al pequeño pueblo de Longtown a repartir la correspondencia; una villa sumida en la quietud, sin dar ningún signo de vida; habitantes que yacen descuartizados sobre sus camas; cuerpos apilados en una iglesia que hiede a carne quemada; un párroco crucificado y símbolos esotéricos grabados sobre la piedra. Esta es la estampa rural, con esa mezcla de serenidad e inquietud propia de títulos como El pueblo de los malditos (Village of the Damned, 1960), con la que se abre el libro.

Un libro cuyo argumento discurre con ritmo ajustado y con un firme trabajo de personajes, tanto por dentro como por fuera de la anatomía del terror. Por una parte, está la investigación que llevan a cabo los detectives de Scotland Yard Andrew Carmichael, especialista en sucesos extraños, y su compañero Harry Logan. Por otra, la preparación que ha de llevar a cabo el actor Peter Cushing para protagonizar la inminente adaptación de Frankenstein, instado por el productor Michael Carreras a indagar en las raíces del miedo humano. Dos caminos que convergen al ponerse tras la pista, mediante el consejo del doctor Aberline, de La fête du Monsieur Orphée, un rollo de película de los años 20 que, al igual que cierto libro en El nombre de la rosa, lleva la muerte a su paso.

Javier Márquez no permite que las referencias cinematográficas, unas más reconocibles (algunos de los propios personajes, como Michael Carreras o Terence Fisher), otras más veladas (como la inspirada en La maldición de la calavera [The skull, 1965] una fantástica escena onírica), ahoguen el relato, con lo que correría el riesgo de convertirlo en un pastiche, una masa informe cosida a partir de retazos de películas y libros. El fondo de interdiscursividad, en el que Márquez Sánchez ha vertido sus filias, es patente, pero permanece siempre al servicio de una historia que se teje gracias a, y no a pesar de, ello. Así, la parte de horror se nutre de esa sensualidad y violencia a todo color de películas hammerianas como Drácula, donde el Mal se presenta de manera brutal a la par que seductora, mientras que la trama detectivesca, y los hallazgos de Peter Cushing, hacen lo propio con las coordenadas policíacas, suministrando la información de manera suficientemente atractiva como para mantener nuestra atención y dando un tono coherente al conjunto.

El autor no esconde su pretensión de entretener y recurre sin reparo a algunos de los tópicos de la ficción narrativa, creando cierto ambiente de familiaridad: el detective de métodos poco ortodoxos, pero de mente sagaz; el noble de amplio poder y gustos extravagantes, el intelectual de modales abruptos, los buenos muy buenos y con gran sentido del honor y los malos muy malos y perversos. Lo cual no va en detrimento de la trama, que podría caer en el abismo de la medianía, sino que el propio medio, los hechos, los ires y venires de los mismos protagonistas, aparecen ante nuestros ojos como elementos de un cuadro dentro de otro cuadro, como si no fueran más que decorados, un guión y escenas con diálogos, haciendo así jugar a éstos a favor del relato. Como si, en definitiva, estuviéramos asistiendo a la representación de una película.

El cariño vertido por Javier Márquez en La fiesta de Orfeo se acentúa más si cabe al tratar al personaje de Peter Cushing. Labor difícil para un escritor puesto que si al personaje creado a partir de la imaginación se le puede someter a cuantos cambios se quiera y ver su transformación a lo largo de un texto, partir de una persona real implica cierta auto-limitación. En este caso, su carácter y motivaciones reflejan el cuidado que ha puesto el autor al incorporarlo a su novela manteniendo la personalidad del Cushing real en las diferentes situaciones por las que el Cushing imaginado se ve envuelto. Márquez Sánchez sustenta sobre unos diálogos verosímiles, si bien en ocasiones algo acartonados donde el admirador y conocedor de Peter Cushing se impone al escritor, la bonhomía y nobleza de éste y su casi mítica flema británica, a través de su relación con su mujer, Helen Beck, y los encuentros con el resto de personajes. Es capaz, asimismo, de imprimirle sin que pierda coherencia las características de un personaje de película en momentos puntuales como en el grand finale del libro.

La fiesta de Orfeo rebosa pasión por el cine, por sus géneros de investigadores con gabardina y de terrores más allá de este plano, por sus iconos inmortales que viven para siempre en el celuloide,  por la Hammer, por los que formaron parte de esta familia y por Peter Cushing. No sólo eso: es una obra altamente entretenida, que se gana la simpatía del lector a fuerza de una historia que merecería ser convertida en filme por Terence Fisher.