dracula  Mariano Fernández de Henestrosa para Fabulantes.

Ilustración de Mariano Fernández de Henestrosa para Fabulantes.

Hace más de un siglo –fue por 1897-, el médico holandés Abraham Van Helsing y su cuadrilla de jóvenes ayudantes, atléticos, lozanos, guapos, vitalistas (paradigmas de lo bueno y del Bien), reducían a polvo al maléfico conde Drácula en su castillo de los Cárpatos. Creían haber acabado con la maldición que sacudió a su mundo personal, lleno de tristezas y muertes, y también al mundo en general (Drácula, ese extraño, había osado desafiar la templanza británica, el nervio americano, el universo anglosajón y tenía que pagar por ello, porque, entre otras razones, a la monarquía victoriana aún le quedaban cuatro años de vida y de orgullos imperialistas). La verdad, que sólo sabemos quienes llegamos en otra época, cuando los restos de Van Helsing ya han corrido la misma suerte que los de su némesis, es la de que el fisiólogo y metafísico neerlandés sólo tuvo un éxito eventual, circunstancial. Chapucero. No mató al demonio, al monstruo: lo elevó a los altares de la inmortalidad.

Monstruo_sin_Reflejo

Cierto es que el triunfo de Van Helsing se vio empañado (y engañado) por la acción de dos sujetos de los que toda su ciencia no hubiera podido dar cuenta ni lógica allá por 1897; dos tipos que, como el conde vampiro, jugaban con sombras. El primero era el mariscal de campo del conocido y hechizante expresionismo alemán, movimiento cinematográfico que extrapolaba a la pantalla el rico folclore gótico (y expresivo) de una literatura y un arte decimonónicos con gusto por lo extraño. El otro era un artesano estadounidense que desembarcó en el cine tras un hale-hop circense, y que tendió la alfombra roja a diversos y variopintos monstruos. Friedrich Wilhelm Murnau, y Tod Browning, que así se llamaron (o se hicieron llamar) respectivamente, trajeron al vampiro de ultratumba y lo convirtieron en un mito, en una leyenda. Hizo más por él el estadounidense en primera instancia, dotándole de una aristocrática y apolillada prestancia, fruto de un vestuario directamente teatral, aunque fue el alemán, una vez rescatado del olvido por un historiador del cine madrileño, quien le dio, años, muchos años después, esa aureola de malignidad que por derecho, y por Bram Stoker, le correspondía.

Hace ya mucho tiempo que el vampiro no duerme tranquilo en su cripta, arrancado de su plácido reposo para protagonizar espectáculos, funciones, libros y sucedáneos. El vampiro se ha convertido en objeto de estudio sociológico, filosófico, y también semiótico (y hasta deontológico). Drácula se ha enfrentado a Sherlock Holmes, a Batman, ha sido amado, temido, parodiado sin escrúpulos ni miramientos. Un buen número de libros se ha encargado de relatarnos, de forma sistemática, sus vicisitudes, con el fin de mantener fresca su imagen, su estampa. Uno de ellos, y de los mejores, es Drácula un monstruo sin Reflejo. Cien años sin Bram Stoker 1912- 2012, con el que la editorial de Madrid Reino de Cordelia ha querido recordar a Bram Stoker en el centenario de su muerte. Reino de Cordelia está muy versada en lides vampíricas: ya en 2009 ofreció al público lector español el célebre tratado del dómine Calmet, maestro de Voltaire, con el que se inició la fiebre del vampirismo (Tratado sobre los vampiros).

En Drácula un monstruoJesús Egido, el monarca de Cordelia, reúne a una variopinta hueste de vasallos con propensión por los sustos y por las criptas, hagiógrafos vampíricos de distintas disciplinas. Seis son los invitados de Drácula: Óscar Palmer, el traductor (para Valdemar) del imperecedero clásico; Luis Alberto de Cuenca, medievalista y maestro en artes arcanas; Jesús Palacios; Javier Alcázar; José Luis Castro de Paz y Emma Cohen. Sus textos (que son siete, ya que Egido se reserva una introducción) se acompañan de las bellas, impactantes imágenes, de Toño Benavides, de Pepe González (Vampirella), de Ana Juan… Porque ese mito tan literario lo es a la vez, y gracias al cinematógrafo, también muy visual. Drácula se enriquece por la visión que de él tienen dibujantes, ilustradores, maquilladores. Y de su mano, este libro se convierte en libro-arte o en objeto de arte. Sus páginas crujen, huelen, cantan, se admiran, como en los volúmenes a la vieja usanza.

Los eruditos que aquí escriben no pretenden hacerlo de forma exhaustiva. Omiten datos, detalles, con la intención de quienes saben manejar una enorme cantidad de información y que conocen cómo dosificarla, resumirla, enseñarla. Palmer habla de Bram Stoker sin que salga a relucir ni una sola línea morbosa ni frívola. Reconstruye al personaje de forma reverencial, situándole en la alta órbita intelectual que ocupó en las postrimerías de la era victoriana, como gestor de uno de los teatros más importantes de la capital del mundo “civilizado” (Londres), el famoso Lyceum de sir Henry Irving, sede de importantes tertulias literarias al calor de los fogones. Luis Alberto de Cuenca recorre la “historia de la novela” de un modo escrupuloso y ameno. Deja algunas cosas en el tintero, pero cuenta lo esencial, que siempre es más que lo justo. De hecho es él quien brinda al lector la anécdota del libro al referir los escalofríos de Fidel Castro tras la lectura de la obra de Stoker. Palacios, asesor de Valdemar en cuestiones terroríficas (lo que le convierte, de hecho, en confidente), es el redactor de la pieza más suculenta de este tratado, la del “vampiro cañí”, un ensayo riguroso que se abre y cierra con la reflexión de que “nadie cree en el vampiro hispano”. Afirmación doblemente atinada: ni los autores en lengua castellana se lo han tomado muy en serio como cosa propia (prestada de lo anglosajón sí, pero sólo en fecha reciente), ni el lector, o al menos este que les habla, sabe citar de carrerilla grandes obras en castellano de colmillos y murciélagos. Obviando a Pilar Pedraza, que tiene un cuento (¡Qué demonios!) con vampiro singularísimo en su colección de relatos Arcano Trece (Palacios se atreve a imputarla también, con cierta arriesgada lógica La fase del rubí, su mejor novela), a Alfonso Sastre (Las noches lúgubres), a Juan Perucho (enumerado por ser pionero mesetario, aunque su vampiro hable catalán), o a José María Latorre, cuya lista de hijos e hijas de la noche es abundante, el vampiro no casa bien con el carácter hispánico (e hispano). Demasiado fantástico para la sombría España y demasiado sombrío para la colorista y fértil Hispanoamérica.

En “Viñetas de sangre. Un repaso a los cómics de vampiros”, Alcázar repasa la presencia del no-muerto en el noveno arte, juzga, recomienda, sugiere y apostilla. El resultado es fecundo y un tanto apabullante, quizás porque es en el cómic donde el vampiro ha sido objeto de los mayores pastiches (que no dislates). Por último, Castro de Paz y Cohen centran sus miradas en el cine, general uno e hispánico la otra, y ambos tienen mucho que decir. El vampiro cinematográfico puede ser truculento, cutre, inspirado o insípido; desde luego ni palabras ni epítetos les faltan para su recorrido por las catacumbas del celuloide. Cuando a ellos, y a sus demás compañeros, les abandona el aliento, salen en su ayuda los insertos, los apéndices, a doble página los más largos, que contextualizan o complementan bien sus textos.

A un libro tan exhaustivo, tan pedagógico, tan bonito y bien hecho como éste sólo se le puede imputar un único pero: el de la omisión clamorosa de toda mención al vampiro como pasatiempo. Motivos hay, desde luego, para alegrar los días de los jugadores de rol (Vampiro: Edad Oscura y Vampiro: La mascarada son dos juegos ejemplares en sus postulados, reglas y universos, maduros e imaginativos) y de los videojuegos (toda una estirpe de cazadores de vampiros ha perseguido a Drácula en la saga Castlevania; no hay que olvidar tampoco, y por no explayarse demasiado, que la aventura tuvo dos vampiros memorables: Lord Kairn de Veil of Darkness [(1993] y Montreaux de El testamento del Diablo [Blood of the Sacred, Blood of the Damned, 2000], broche final- y sensacional- de la mítica trilogía del cazador de demonios Gabriel Knight). Como se ve, el vampiro ha entrado ya hasta en el ocio más popular y masivo. Cortésmente invitado, por supuesto.