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Es norma dentro del cómic que los historietistas, sean grandes o no, estén indisolublemente unidos, en nombre y fama, a sus más reconocidas criaturas. Pierre Culliford “Peyo” habría muerto olvidado por la historia si ésta no tuviese en los anales del recuerdo a sus pitufos; Albert Uderzo será para siempre el padre artístico de los irreductibles galos (el literario, René Goscinny, lo fue además del veloz Lucky Luke y del villano patético Iznogud); Edgar P. Jacobs pasó, gracias a Blake y Mortimer, de portadista de Hergé (quien érase una vez nos habló de un periodista de chufo rubio) a pionero de una suerte de fantacientificismo dentro del medio… En todas las latitudes hay ejemplos que podrían seguir abonando y redundando en el hecho de que la posteridad en el cómic no es un destino solitario, que detrás de cada autor hay siempre un buen personaje. Conviene dejar constancia que Corto Maltés habla italiano o Superlópez español mientras nos mantenemos pegados a la órbita franco-belga, de la que nos negamos a alejarnos por ser hoy el día en que volvemos a hablar del maestro Jacques Tardi, el hombre que tiene a sus espaldas a una gran mujer: Adèle Blanc-Sec.

Adèle Blanc-Sec es un producto con denominación de origen genuinamente francés. Vino blanco y seco, cortante, a veces frío, tajante en su sabor y en sus reacciones. Blanc-Sec es una heroína del cómic y esa condición, hoy normalizada, se tenía por arrojada en 1976, año de su nacimiento en las páginas del diario Sud-Ouest. La aventurera vivió sus primeras escaramuzas en el blanco y negro con el que Tardi realizó El demonio de los hielos (1974), álbum que, junto con Adiós Brindavoine (1972), es el más preclaro antecedente de Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec: con ambas obras comparte un universo fantástico común. Los domingos comulgaba en colores apagados, terrosos, un tanto insanos; colores que manifestaban, y manifiestan, una cierta desviación de carácter, de métodos, de urbanidad. La joven se convirtió plenamente en personaje de cómic cuando la editorial belga Casterman (la misma de Tintín) editó, ya en technicolor, su primera aparición en prensa bajo el título de Adèle y la bestia.

Tardi creó una versión femenina del caballero y ladrón Arsenio Lupin, de Maurice Leblanc, un sujeto que transgrede las normas sin perder del todo la compostura ni el sentido del humor. Así es Adèle Blanc Sec, mujer-misterio en Adèle y la bestia, y centro de todos los misterios desde entonces. Cuando Tardi se decide al fin a tomar partido por ella (porque inicialmente iba para villana de una suerte de Extraordinarias aventuras de Edith Rabatjoie, dama secuestrada, despechada y exterminada sin contemplaciones y parece que sin excesivos remordimientos en el primer álbum de la serie), enamorado de sus trazos y de sus formas hoscas, no sólo le da una ocupación de mujer progresista y emancipada -escritora de libelos que se leen en los bajos fondos- sino que la dota de una volcánica personalidad, de un atrevimiento que roza el escándalo. La convierte en símbolo subversivo-destructivo de esa imagen de simple mujer-objeto, previsible, cándida, desamparada, encarnada en Bècassine, la primera protagonista de la historia del cómic. Adèle es un “¡chúpate esa, Bècassine!”, con sus botas de fino tacón, corpiño blanco, sobria falda negra, abrigo verde con goa, arma en ristre y corrosiva lengua. Sólo una mujer así podría sobrevivir a aventuras de infarto y folletín.

Porque folletinescas son estas historias, continuamente pendientes del más difícil todavía, con un pulso narrativo desmadrado y unas situaciones al filo constante de lo estrambótico. Cada página de Adèle Blanc-Sec es un desmentido de la anterior, y en ninguna se pierde jamás el sentido del ritmo ni del humor. Todas tienen una aureola divertida, pues leyéndolas, gozándolas, queda claro lo bien que se ha pasado dibujándolas Tardi con sus tramoyas, sus exageraciones imposibles, sus caricaturas, sus trucos teatrales. Los recursos del folletín son pies de apoyo de las carcajadas, de la sonrisa canalla, espídica, que inevitablemente se talla en nuestros rostros cuando Adèle, por ejemplo, apela al aburrimiento del lector, o cuando la parodia se ceba con el mito del doctor loco que trae la vida mediante un rayo (“[el rayo] es para dar ambiente, ¿sabe? […] ¿Ha leído a Mary Shelley?”, El científico loco).

Lo principal de Las extraordinarias aventuras de Adele Blanc-Sec es que Tardi rehúsa tomarse en serio. En las cuatro historias que componen el primero de los tres volúmenes integrales que Norma Editorial destina al personaje o a sus periferias (Adèle y la bestia; El demonio de la Torre Eiffel; El sabio loco y Momias enloquecidas) se percibe un gusto por lo grotesco, por esa carta de naturaleza con la que el arte, con condescendencia, quiere dar salida digna o mero marco a lo extraño o lo difícilmente indefinible, a abominaciones y monstruosidades ridículas.

Son historias con un toque absurdo, surrealista: en la primera, Adéle se enfrenta a un pterodáctilo de finales del Jurásico que eclosiona de su huevo del Museo de Historia Natural para sembrar el terror por París con sus acechanzas; en la segunda, un demonio asirio, Pazuzu, encabeza una secta propagadora de una peste mortal; un antropopiteco culto, fumador y psicópata es la herramienta con la que un científico desquiciado pretende devolver las glorias de Francia y llevarse el mundo por delante; finalmente, las momias se desperezan tras siglos de hibernación en una cuarta historieta que corre en paralelo con una trama demoníaca. Estas cuatro son las primeras de las nueve que Tardi ha dibujado hasta la fecha sobre su aventurera de tocado de plumas, y son, además, la base fundamental de la película sobre el personaje dirigida por el siempre original director francés Luc Besson en 2010.

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En ellas abundan los atentados, la acción sin resuello, las persecuciones delirantes en las que cuesta definir quién persigue a quién. Hay simpáticos seres de pesadilla y pacotillas desagradables. Está descrita París en sus esquinas y cuadrantes, porque como bien sabemos y Tardi sabe, y como ninguno cree en milagros ni casualidades, Nestor Burma, el detective anarquista de la pipa que ha encandilado en siete ocasiones al dibujante (seis publicadas en castellano por Norma), surge del deseo de Léo Mallet por hacer una novela policíaca por cada uno de sus barrios, bistrós e inmundicias. Hay tiroteos que condimentan desenlaces inesperados, matanzas de brocha gorda en las que los deus exmachina ni están, ni se les espera. Hay un Mal que se mofa del Bien y un Bien que, por no querer ser menos, se hace Mal. Hay mascaradas, y enmascaramientos, para que el lector no olvide nunca que el telón ondea sobre su cabeza y que caerá en cualquier momento, y no necesariamente en el mejor momento. Ni siquiera en el más oportuno. Las aventuras de Adele Blanc-Sec tienen la fibra de lo extraordinario, de imaginaciones e imaginerías nacidas conforme va marchando la trama. Tienen lugar entre noviembre de 1911 y diciembre de 1912, y no son steampunk, como alguno afirma, porque aun con ingenios mecánicos con patas de araña y también trenes descarriados, ni el tiempo, ni el lugar, copiosas lluvias e inquietante atmósfera mediante, son propicios para tal etiqueta. La de “divertidas grotesquerías” les queda más como un guante.