“Érase una vez una Princesa que vivía en un castillo de mazapán…” (Patrick Rothfuss, Las aventuras de la princesa y el señor Fu: la cosa de debajo de la cama)

Antes de que Disney convirtiera en algodón de azúcar las historias de Perrault y de los hermanos Grimm, los cuentos tradicionales eran ácidos y picantes, cornucopias de detalles sórdidos y finales macabros; si tenían que morder para causar impresión, lo hacían hasta el hueso, royendo astillas y sorbiendo el tuétano. Parece que el siglo XXI verá el renacer de estas historias oscuras, con Tim Burton soliviantando los cines y Neil Gaiman las librerías. El último en sumarse a esta revolución de lo añejo ha sido Patrick Rothfuss (Wisconsin, 1973), quien ya ganara el bingo de la fantasía con El nombre del viento, y que ahora irrumpe en las estanterías reservadas a los libros ilustrados con un relato fallido a caballo entre lo infantil y lo macabro, en colaboración con su amigo dibujante Nate Taylor.

Las aventuras de la princesa y el señor Fu: la cosa de debajo de la cama, recién publicado en España por Plaza & Janés, es el último huevo de oro de Rothfuss, un tipo extraordinariamente entrañable que se tiene ganados a sus lectores con una mezcla de simpatía y buen hacer literario, y a las editoriales con unas cifras de ventas envidiables. Su nuevo librito, de apenas 70 láminas en blanco y negro, es una pataleta contra las narraciones edulcoradas, los cuentos de hadas de final feliz y las fábulas con moraleja.

Esta rabieta ilustrada no es más que una broma del bueno de Rothfuss, una payasada que empezó en 2001 a los pies de su cama en Wisconsin, mientras improvisaba una historia de dormir para su novia. Después de nueve años como estudiante universitario, Patrick le había cogido tanto cariño al campus que se había instalado allí como profesor adjunto. Sus horarios nocturnos no facilitaban la convivencia con su novia, Sarah, que se acostaba temprano todas las noches para madrugar al día siguiente. El norteamericano comenzó a irritarse a medida que fue hilando el cuento de hadas, al ver que caía en tópico tras tópico y que la historia era cada vez más dulce, así que decidió darle un oscuro giro final. Ojiplática, completamente desvelada, Sarah le exigió que cambiara el final, que así no se podría dormir y Patrick se inventó un desenlace más apacible. Pero apenas hubo terminado, la chinche del inconformismo le volvió a picar y articuló una nueva conclusión todavía más chirriante y siniestra.

Al día siguiente, Sarah, ojerosa, bostezando, corrió a contarle a sus amigos la historia de la princesa, su castillo de mazapán, sus peluches y el terror de debajo de su cama. Uno de ellos, Nathan Taylor, se propuso dibujarla y en diciembre de 2009, ocho años después de la noche en vela, Subterranean Press publicó la historia en Estados Unidos.

¿Qué ocurrió durante esos ocho años para que una broma se convirtiera en libro, hoy traducido al castellano y disponible en las librerías de medio mundo? Lo que sucedió fue, simple y llanamente, la irrupción de Rothfuss en el panorama fantástico. El nombre del viento y su continuación, El temor de un hombre sabio, recogieron la buena cosecha sembrada por George R. R. Martin con Canción de hielo y fuego (Juego de tronos, en su versión televisiva), acumulando lectores y beneficios como ninguna otra saga hubiera hecho antes. Subterranean Press estaba de enhorabuena: durante los años de sequía de Martin, Rothfuss salvaría el género fantástico.

Sería un error pensar que la editorial estadounidense vive sólo de estos dos escritores. Subterranean Press publica a Stephen King, a Ray Bradbury, a Tim Powers, a Dan Simmons, a Barry Hughart, a Neil Gaiman y a toda una plétora literaria que bien podría constituirse en el soviet supremo de la ciencia-ficción y el fantástico. Sin embargo, alrededor de Rothfuss ha creado un halo de infalibilidad que no favorece al de Wisconsin en absoluto. Como si fuera un rey Midas del género, una gallina de los huevos de oro de la fantasía, pareciera que todo lo que saliera de su mente tuviera que ir acompañado por loas y aplausos. Este fenómeno, que en inglés se conoce como hype y que aquí podríamos traducirlo como publicidad desmesurada, contribuye en esta ocasión a que Las aventuras de la princesa y el señor Fu sea un fiasco.

La historia, con sus tres finales, nada tiene que ver con el genio de sus dos obras anteriores. Las idas y venidas de la princesa y su oso de peluche se quedan en una mera anécdota que las ilustraciones de Taylor no ayudan a mejorar. El coleguilla de Rothfuss es correcto, pero nada más. A pesar de que la crítica insista en las varias lecturas del libro y en los profusos detalles de cada lámina, el dibujante es soso, convencional y sus líneas y sombras no tienen ni trascendencia ni personalidad.

El mimo con el que Plaza & Janés edita el libro es lo mejor del conjunto. La edición apaisada de tapa dura es un gusto que hace la boca agua y anuncia buena literatura. El envoltorio, sin embargo, es mejor que el caramelo.

Comparar el Coraline de Gaiman o las aventuras victorianas de Susanna Clarke con esto es una falta de respeto hacia el lector sólo comparable a poner a la princesa y a su oso al mismo nivel que los trazos de Edward Gorey o el genio de Bill Watterson en sus famosos Calvin y Hobbes. Sin embargo, así se anuncia la obra. El propio autor escribe que “no es un cuento para niños. Parece un cuento para niños. Tiene ilustraciones. Tiene un título almibarado. Los protagonistas son una niña y su osito de peluche. Pero todo eso solo es una fachada. En realidad, esto es un cuento para adultos con un sentido del humor un tanto siniestro que sepan apreciar los cuentos de hadas de los de antes.”

El error de Subterranean Press al confundir a Rothfuss puede tener su importancia si el padre de Kvothe deja de ser exigente consigo mismo y cae en la autocomplacencia. Le falta terminar la trilogía de El asesino de reyes, así que debería evitar que sus editores le dejaran como a la gallina de las fábulas con moraleja que tanto detesta. Y es que cuando el campesino se hizo rico al recoger todos los días un huevo de oro, quiso buscar la veta y rajó las tripas de la gallina. Cubierto de sangre y plumas descubrió que su ave, por dentro, era como todas las demás: sus vísceras apestaban y, una vez la sangre empezó a fluir, ya no hubo forma de recoger más huevos.