El editor, además de fomentar la lectura, tiene la obligación –o la necesidad, en algunos casos- de ofrecer a sus lectores títulos y autores desconocidos, misteriosos u olvidados. Generalmente, por una cuestión de mercado: el mundo editorial es un cruel juego de seducciones sin escrúpulos, que se libra a base de órdagos, propuestas, flechazos. El editor, como buen experto y pedagogo, debe proponer, y el lector, gran autodidacta, seleccionar entre la abundante marea de proposiciones. A veces resulta que el editor ha logrado hacerse con un nicho de lectores y con un estilo propio, inapelable. Respira aliviado, algo apartado de las angustias y las batallas cruentas, y entonces sí, se puede permitir encarar su trabajo ya no como una obligación –o necesidad- sino como una pasión. En Valdemar, Juan Luis González Caballero y Rafael Díaz Santander han llegado a ese momento en el que, por saber lo que quieren, publican cuanto quieren (y no lo que deben).

Valdemar lleva haciéndolo a gusto desde su fundación, en 1987. Al ser de facto -si no la única- editorial “gótica” en castellano, ha presentado en sociedad un sinnúmero de libros, de escritores, que de otra manera el público jamás hubiese conocido o que se hubiese perdido. Y además los ha sistematizado. Antes de Valdemar, era posible encontrar cosas dispersas de, por ejemplo, W. W. Jacobs (La pata de mono), de Arthur Quiller- Couch (El horror en la escalera), o de Montague Rhode James, pero fue con Valdemar (la misma Valdemar con propensión por Stevenson, por Conan Doyle, por Bierce y Dickens) cuando verdaderamente cuadraron en un contexto literario. Valdemar, refugio de malditos (de aquellos escritores que, bien por adelantados a su tiempo o simplemente por incomprendidos padecieron el rechazo social y editorial, limitándose a circuitos marginales o esotéricos), se niega a olvidar. Y nos recuerda que una vez, por ejemplo, hubo un escritor cuáquero llamado William Fryer Harvey (1885- 1937).

El movimiento cuáquero fue una disidencia religiosa fundada por George Fox en la Inglaterra del siglo XVII. Dicho movimiento despreciaba varios de los dogmas religiosos, como la presencia de ministros del Señor, al afirmar que cada persona tenía algo de divino en ella. Profundamente pacifistas, honrados y rectos en sus convicciones y en su vida diaria, los cuáqueros ansiaban un regreso al primitivismo religioso. Harvey formó parte de la Sociedad Religiosa de los Hermanos, como se llaman a sí mismos. A pesar de su  activo pacifismo, participó en la Primera Guerra Mundial como médico. Un hecho heroico en esa contienda (salvó la vida de un oficial fogonero en un destructor que estaba hundiéndose) resintió su salud hasta el punto de acabar condicionando el resto de su existencia y de llevarlo prematuramente a la fosa, con tan sólo 52 años. Y con algunos, pocos, libros a sus espaldas. Entre ellos, al menos tres de cuentos fantásticos (Midnight House, 1910; The Beast with Five Fingers, 1928; Moods and Tenses, 1933), de los que se han extraído declaradamente los dieciocho relatos que componen La bestia con cinco dedos y otros relatos de horror y misterio.

Harvey es, ante todo, un maestro del suspense. Sus cuentos ponen al lector ante la tesitura de preguntarse si los hechos que cuenta suceden realmente o son producto de mentes enfermas, estresadas, angustiadas. Susceptibles. Como cuáquero, no creía de forma tajante en lo sobrenatural, pero disponía del suficiente sentido del humor como para no atreverse a despreciarlo del todo. Harvey poseía una gran ironía, como se percibe en sus escritos.

Para no creer en lo sobrenatural, no lo hizo nada mal como escritor: su producción cuenta con algunos de los mejores relatos de corte terrorífico que haya podido dar nunca el género. Mención especial por abundantes, al menos en esta antología, son aquellos que tienen por objeto a “vampiros -más bien vampiras- psíquicos”. Son al menos los casos de “La señorita Avenal”, la historia de una enferma que chupa toda la energía vital de su enfermera hasta consumirla y transferirla sus insanos recuerdos, y de “La señora Omerod”, protagonizado por un ama de llaves aparentemente perfecta que somete a humillaciones y vejaciones imperceptibles (por ellos) a sus señores. Como esta reseña va a estar muy condicionada por el cine, no podemos más que señalar que el primero de estos ejemplos pudo fácilmente influir en Persona (ídem, 1966) de Ingmar Bergman.

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Fotograma de la película de Robert Florey, 1946

El segundo gran bloque temático de esta selección sería el de las casas encantadas. Harvey nos habla de algunas en “El reloj” (un cuento inquietante), en “El oratorio de los Arkadyne”; en “El corazón del fuego”. El poder de estas edificaciones suele estar vinculado a personas con una enorme sensibilidad psíquica (el autor estaba obsesionado con la mente y sus posibilidades ilimitadas), desagradables, antipáticas, y por lo tanto, y ya que descritas por gentes que las prejuzgan, llenas de malignidad, diabólicas. En estos relatos, Harvey da muestras de su estilo sumamente desconcertante.

El desconcierto que producen nace de frases inesperadas, que parecen “brotar” espontáneamente, sin mucha lógica con lo que se está contando. Por ejemplo, en “El oratorio de los Arkadyne”: lo horrible en la casa es “algo conectado con dolor, fuego y un pájaro y con algo que además era hermoso”. Su modo de narrar consiste en adelantar los hechos, como resumen y conclusión, por medio de una frase casual, desarrollarlos luego y concluirlos con un enunciado que golpee, que deje estupefacto. Por eso mismo, usa un estilo de narración ambiguo, que hace que los sucesos puedan interpretarse bien como algo maligno bien como producto de una imaginación alterada.

Harvey es un narrador de primera categoría, un purista de la forma. Su relato “Calor de agosto”, que abre el libro de Valdemar, forma parte del material didáctico fundamental de muchos talleres de escritura por su construcción y por el sostenimiento del suspense y de la acción dramática. Gracias a esta templanza, y al autodominio del carácter que se vislumbra en cada esquina de sus cuentos, el autor cuáquero hace gala de una enorme paciencia y tranquilidad de la que se beneficia la estructura de sus relatos. Contar a la manera en que él lo hace, sin alterarse, sin que el ritmo decaiga ni la acción se disperse, requiere sin duda de grandes dosis de sangre fría y de fortaleza de ánimo.

Es por eso que hoy se leen tan bien relatos tan estupendos como el mítico “El seguidor”, en el que el escritor protagonista deja dicho: “Lo principal era ser capaz de reflejar adecuadamente la atmósfera, el conocimiento aparente y el miedo desconocido”. Tras estas palabras se embozan Harvey y su concepto de literatura. Lo tiene presente cuando escribe “Sambo”, su magistral historia sobre una fea muñeca africana que va ejerciendo una poderosa y aplastante influencia sobre una niña pequeña, a la que va obligando, progresivamente, a desprenderse de sus demás muñecas hasta su predominio final. La escena que cierra este relato, en un vertedero con el rey Sambo sentado en un trono, es uno de los puntos álgidos de la literatura de Terror de todos los tiempos.

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El siniestro Peter Lorre en el papel de su carrera.

Pero si hay un relato que se impone al resto es el que da título al libro de Valdemar. Un cuento desasosegante que tiene por protagonista a un muchacho que se convierte en el macabro heredero de su tío, del que recibe como legado, además de sus propiedades, su mano amputada. Una mano dotada de vida propia, una mano capaz de corretear y estrangular con igual habilidad, que no es fruto de una neurosis sino de un Mal que supera cualquier entendimiento. El colofón del relato es, como el de “Sambo”, primoroso, de los que hacen rechinar los dientes.

La bestia con cinco dedos conoció además una adaptación cinematográfica en 1946, de la mano de Robert Florey, un cineasta francés que no tuvo mucha fortuna en Hollywood pero que rodó, también, una buena versión (1932) de Los crímenes de la Calle Morgue de Edgar Allan Poe. El filme, en el que de alguna manera -no muy decisiva- estuvo involucrado Luis Buñuel,  es una absoluta obra maestra que da pie al mejor trabajo de la extensa carrera de Peter Lorre, tan cuajada de éxitos. Una película que suplió su evidente falta de recursos tecnológicos con un alarde de imaginación en varias de sus escenas clave que reforzaron su capacidad de sugerencia. Dado que ha sabido envejecer estupendamente, aún hoy se sigue viendo –o debería seguirse viendo, pues es una joya olvidada del séptimo arte- como uno de los más valientes y rigurosos manuales de instrucciones de su género. Entre otros motivos, porque se dedica a trasponer en la pantalla las palabras de William Fryer Harvey. Un doctor honoris causa del escalofrío.