Cualquier lector que se acerque con asiduidad a los títulos de Atalanta sabe que se enfrenta a una caja de sorpresas. Entre las páginas de portada y contraportada se esconden historias inquietantes de plumas poco pródigas en el sistema literario español. Quizás por eso sus libros me llaman tanto la atención. Para mí son como un ventanuco desde el que asomarme a otros mundos. Una oportunidad fugaz de acercarme a experiencias literarias que ningún otro proyecto editorial será capaz de aportarme. Ahora depende de cada uno la dosis de esa experiencia que necesite. Yo, lo confieso sin pudor, soy de los adictos.

Por necesidad llegué hasta Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina (Atalanta, 2011). Lo elegí sin mirar. Al azar entre todos los de Atalanta que todavía me quedan pendientes. No conocía a Liudmila Petrushévskaia (Moscú, 1938), ni sabía que había sido galardonada en 2010 con el Premio Mundial de Fantasía por esta colección de relatos. Tampoco me importó. Ahora que lo cerré, pienso que hay algo en estos diecinueve relatos que no me encaja. Un je ne sais quoi latente y machacón que me conmueve e inquieta. La sensación de que, tras todas estas historias de sueño y muerte, se oculta un mensaje de fondo del que apenas alcanzo a oír un ligero rumor.

Mentalmente, intentando saber qué es ese algo, hago repaso de los relatos que más han llamado mi atención. Me acuerdo sobre todo de “Los nuevos Robinson”, en el que el hijo de un prócer del régimen soviético inicia un camino de huida y renuncia, nada quiere poseer sino su libertad: para protegerla, renunciará a todo lo demás, independientemente de su presunto valor o importancia. Recuerdo también “El milagro, que trata sobre cómo una madre angustiada por el porvenir de su hijo hará de todo para asegurar su futuro y prosperidad, aun siendo éste un sátrapa miserable, introduciéndose en un proceso de cambio que sólo al final se desvelará de autodescubrimiento. O resalto asimismo “La casa de la fuente”: un padre desesperado por la presunta muerte de su hija, recurre a los más extraños hábitos para demostrarles a los demás que todavía sigue viva.

La amenaza de la muerte está en todos estos relatos impregnada como una gran fuerza. La muerte sobrevenida inesperadamente. La muerte del suicida que se quita la vida atado a una lámpara o a una viga. La muerte en vida del sufriente o del sacrificado, de aquel que se ata la vida de los demás a las espaldas renunciando a la suya.

Este pensamiento me trae a la memoria otros relatos de similar pelaje. Como los dos últimos con los que se cierra el libro. “El testamento del anciano monje” tiene por protagonista a un monje miserable y harapiento quien, con su actitud y ejemplo, a través de su propia muerte, da una lección vital de tal fuerza que es capaz de devolver al camino recto a dos temidos bandoleros o hacer que un joven niño recupere la movilidad. “El abrigo negro” es una reflexión inteligentísima sobre lo absurdo del suicidio como recurso para eludir las responsabilidades y los problemas de una vida que, independientemente de sus condiciones y circunstancias, merece en todo caso ser vivida hasta que su último aliento se agote.

En Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina se reivindica la vida a través de la muerte. La máscara más cruel y hierática sirve de telón para representar las historias más tétricamente vitalistas jamás contadas. Donde las condiciones en que se vive no importan, mientras se siga respirando. Donde las perspectivas del futuro no importan, mientras se viva el día a día. Donde los motivos por los que se vive no importan, mientras sean tuyos y no de ningún otro individual o colectivo. Nada importa mientras tú, o yo, sigamos aquí vivos y coleando.

Este mensaje vitalista es el máximo aliento de este libro pero también, al mismo tiempo, su máximo peso. No porque no sea éste un mensaje necesario o hermoso –que lo es- sino porque algunas veces (pocas) resulta tan evidente que termina por absorber y devorar la forma de los relatos. Un síntoma sobre todo evidente en aquellos más breves. Como, por ejemplo, en “El brazo”: un aviador del ejército pierde un brazo a consecuencia de obedecer antes al ejército que a la voluntad de su mujer difunta; en “Venganza”, relato que narra la historia que tan gráficamente titula este volumen, o en “La sombra de la vida”, en el cual una joven busca a su madre hasta que un suceso extraño la convence de que ya no va a obtener nada más de ella salvo su recuerdo.

Con todo, Érase una vez una mujer que quería matar al bebe de su vecina destila una imaginación desbordante y un mensaje denso y profundo, enraizado en el humanismo, orientado hacia el individualismo, y anclado en el simbolismo de unas muy reconocibles figuras populares rusas. Liudmila Petrushévskaia nos enseña nuevas posibilidades y nuevos límites en el intento por trascender a la fantasía. Y demuestra, de esta manera, que, tras un género mayoritariamente asociado a magos y hechizos, se puede hacer literatura gruesa para todos los públicos, incluidos los lectores más selectos.