En la pantalla, la figura de Mercer, anciano, con su manto, subía trabajosamente. De repente una piedra voló a su lado. Rick se dijo: ‘Dios mío, mi situación es peor. Mercer no debe hacer nada ajeno a él; sufre, pero al menos no se le obliga a violar su propia identidad’. Se inclinó, desprendió suavemente los dedos de Iran de las asas, la apartó y ocupó su lugar. Por primera vez en semanas. Era un impulso, no lo había planeado, simplemente había sucedido.” (Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)

Hace tres décadas George Lucas se encontraba entre En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, Steven Spielberg, 1981) y El retorno del Jedi (Star Wars. Episode VI: The Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983); Steven Spielberg rodaba E.T. (E. T. the Extra-Terrestrial, 1982); su álter ego, Robert Zemeckis, ya esbozaba Regreso al futuro (Back to the Future, 1984); Jodorowsky no era un loco, sino un genio, y de su imaginación y de la de Moebius nacía El Incal; Stephen King escribía la primera parte de La torre oscura; y Ridley Scott presentaba Blade Runner, la mejor película de ciencia-ficción de la historia del cine.

Hoy se cumplen 30 años del estreno de este largometraje en España y desde Fabulantes hemos querido acercarnos al matiz menos conocido por los cinéfilos de la obra que inspiró a Scott: la religión mercerista en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Edhasa, 1992), del escritor estadounidense Philip K. Dick.

Es difícil explicar lo que supuso Philip K. Dick para el universo de la ciencia-ficción. Fue el eterno enfant terrible. Sin fortuna, sin amigos, enfrentado casi siempre a la mayoría de sus pares y a la crítica, luchó toda la vida contra sí mismo. Tuvo una relación conflictiva con las drogas, sobre todo con el LSD, pero sin el componente lisérgico de desdoblamiento de la realidad sus relatos hubieran perdido proyección. Tristemente para él, su sombra literaria estaba al otro lado del muro: Stanislaw Lem, al que Dick despreciaba tanto como para negar su existencia.

Quizá sirvan para describir al norteamericano las palabras que Eldon Tyrell dirige a Roy Batty en la película, cuando el replicante busca a su creador para preguntarle por su origen, la muerte y el tiempo que le queda: “la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo”. Y tú brillaste con mucha intensidad, Philip.

Buena parte del fulgor de Dick se refleja en las páginas de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, que el de Illinois escribió en 1968, después de El hombre en el castillo (1962) y justo antes de Ubik (1969), sus otras dos grandes novelas. Y ese brillo no viene precisamente por la atmósfera oscura y densa que aparece en la película -mérito exclusivo de Ridley Scott-, sino por la singularidad de los temas que plantea.

Rick Deckard es un cazador de androides que trabaja para la policía de Los Angeles y recibe el encargo de retirar a varios individuos de un nuevo modelo: el Nexus 6, superior al ser humano en muchos aspectos y, en otros, apenas diferenciable. Deckard nunca había considerado a los androides como seres con vida, pero cuando se encuentra con los últimos Nexus, su percepción cambia. Sus instrumentos siguen reconociendo a los Nexus como androides y, sin embargo, él comienza a valorar su apego por “la vida” y sus inquietudes intelectuales. Hasta aquí, nada sorprendente.

Muchas críticas entienden la novela como un alegato a favor de la humanidad, una justificación de que los seres humanos siempre se diferenciarán de las máquinas, por muy avanzadas que éstas sean. El argumento a favor de esta teoría es la empatía que sienten los seres humanos entre ellos y con los animales, algo que los androides no consiguen en el relato. Y es a través de una nueva religión, el Mercerismo, como Dick explica la empatía.

Después de la Guerra Mundial Terminal, la Tierra es un lugar desolado en el que la mayoría de los animales han desaparecido y los humanos han emigrado. Los pocos que quedan allí no han podido salir del planeta y conviven con el polvo radioactivo, aún a riesgo de contaminarse y que les clasifiquen como especiales. Dos grandes focos de atención compiten por el tiempo libre de los humanos: el programa de televisión del Amigo Buster y sus Amigos Amistosos -un recurso parecido al que usó Bradbury en Fahrenheit 451-, y la caja de empatía que conecta con la experiencia de Wilbur Mercer.

Mercer es un anciano que emula el mito de Sísifo: sube y sube por una colina, luchando contra el sufrimiento, y cuando llega a la cumbre vuelve a hundirse en las profundidades. Todos los humanos que se conectan con una caja de empatía participan de la experiencia de Mercer, viven lo que él está viviendo, aportan sus propios sentimientos y perciben los estados de ánimo de todas las demás personas conectadas con Mercer. Cuando al anciano le golpean con una piedra, los humanos enchufados a la caja de empatía sangran y cuando llega a la cima, todos participan de su regocijo.

Esta religión es inaccesible para los androides, que nunca logran la fusión con Mercer. Al no entender la experiencia humana, se esfuerzan por ridiculizarla y demostrar que la vida de Mercer es un fraude. Lo más interesante que plantea Philip K. Dick es que lo importante del Mercerismo no es la vida del anciano, ni su origen, ni sus supuestas cualidades divinas, sino el rito colectivo. Dick sitúa al rito, a la experiencia religiosa compartida, por encima del mito, independientemente de que éste sea real o inventado.

En definitiva, que la muerte de Dios no tiene nada que ver con la muerte del culto y que éste puede seguir siendo válido y cumpliendo una función social a pesar de que todos los que participan en él sepan que la deidad a la que se encomiendan es un fraude. Es la experiencia del rito lo que cuenta para Dick, ya que a través de la ceremonia los humanos conectan con una parte de sí mismos a la que no pueden acceder de ninguna otra manera.

No había forma de que Ridley Scott encajara la religión en Blade Runner y, probablemente, tampoco había justificación. El culto de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? quizá no encontrara resonancia en los estudios de Hollywood, pero sí liga con las palabras de Albert Hofmann: “es una herramienta para convertirnos en lo que se supone que somos”. Claro, que Hofmann no hablaba de la religión, sino del LSD y Philip K. Dick se refería al Mercerismo. ¿O puede que fuera al revés?