La búsqueda de la belleza ha generado enconadas diatribas filosóficas, producido altos ideales y creado pautas y cánones de conducta desde que el hombre aprendió a imitar la naturaleza. La Historia (occidental y oriental) se ha visto sacudida desde sus tiernos albores por la pregunta “¿qué es la Belleza?” y por su intento de responderla, lo que ha llevado a profundas consideraciones sobre lo que es Bello, entendido como símbolo de lo que es correcto y normal, y lo que no lo es. La exhaustiva dedicación a la Belleza ha llevado incluso a hacer de ella experiencia empática: de entre todas las personas que se encargaron de esta tarea, una peculiar escritora inglesa, conocida universalmente por el sobrenombre de Vernon Lee, fue quien más destinó recursos, tiempo e imaginación a estudiarla como ciencia (es decir, como estética). Y de paso, a describirla sensorialmente.

Vernon Lee es el seudónimo bajo el que se enmascaró, por cuestiones de necesidad intelectual, Violet Paget (1856- 1935), mujer “de inteligencia profunda, poderosa, culta y brillante”, a decir de algunos de sus muchos conocidos (entre los que se contaron, con mayor o menor fortuna, Edith Warthon, o Henry James). Fue Paget una personalidad volcánica, contradictoria, polémica, que en vida no dejó indiferente a nadie, pero que como especialista ha sido arrinconada por el ostracismo. Quizás debido a que su obra ensayística, iniciada con tan sólo 24 años con Studies of the Eighteenth Century in Italy, nació ya vieja. Quizás porque fue una mujer en un campo, el de la crítica y el estudio de arte, reservado a lo masculino (de ahí que tuviera que decantarse por un apodo, elegido en honor de su hermanastro siete años mayor, Eugene Lee Hamilton). O quizás porque lo que hizo lo hizo demasiado ardorosa, apasionadamente. Sea por una u otra razón, los ensayos y experimentos dedicados al arte, que fueron el motor de su completa existencia, pasan ahora inadvertidos excepto para los más expertos. Como pasaron, por otra parte, también en su tiempo, a pesar de los elogios que recibiera del amigo Mario Praz, buen crítico artístico italiano, más conocido actualmente por su legado en forma de casa-museo, a espaldas de la romana Piazza Navona, lugar en el que el turista más osado y curioso puede aún descubrir cómo se desenvolvía la vida hace tres siglos.

Vernon Lee no fue una George Sand, una George Eliot, una Fernán Caballero. No necesitó esconderse bajo un apodo para provocar, para subvertir conciencias. Se ocultó así porque necesitaba respirar, desahogarse. O como expresa atinadamente Menchu Gutiérrez en el prólogo a La voz maligna (Atalanta, 2006), simplemente para “transmitir emociones”, para dar cumplida cuenta de cuanto “ha formado parte de ella antes”. De todo lo que ha visto, sentido. De todo lo que ha sido.

Esta observación sirve de base para entender los relatos fantásticos que escribió, y que resultan mucho más interesantes que sus ensayos. Es más, estos relatos son ensayos en miniatura en los que no se priva de exponer sus puntos de vista sobre las artes (en plural mayéstatico), en traducir en palabras sentimientos y sensaciones derivados de su contacto con lo visto, lo oído, lo percibido. Praz dijo de su amiga que “su principal cualidad no era la erudición crítica sino la fantasía”, y no erró. Porque sus relatos tienen ese poso de irrealidad y de pesadilla que vuelve tan sugerente lo fabulado. Así, sugerentes, irreales, pesadillescos, son los cuentos seleccionados en la antología La voz maligna, un libro que sólo puede tener cabida en el catálogo de la única editorial española seriamente comprometida con lo estético, la Atalanta del sibarita conde de Siruela.

Tres son las historias que se ofrecen al lector: “La muñeca”, “Amour Dure” y el que da título al volumen. Historias que, leídas de corrido, se revelan como un tríptico coherente sobre la obsesión, ordenadas crecientemente según el grado de desvarío y de monomanía que padecen los protagonistas. Son cuentos que tienen a Italia por escenario material (allí residió de modo casi perpetuo Vernon Lee prácticamente desde los inicios de su errante y errática infancia), aunque el verdadero escenario, el auténtico tablado, es el pasado, ese mismo que deviene inevitablemente en presente. Lee quiso vivir por y para el pasado, y es por eso que esta Italia que nos cuenta, con la misma cantidad de telarañas que la cantada admirativamente por Stendhal, aparezca idealizada en su vetustez. El siglo ideal de estos relatos es el XVIII, el preferido de la autora.

Así pues las presencias que sacuden este libro son vestigios del pasado. Tres rastros que sirven de nexo de unión con lo remoto. El primero de ellos es la muñeca a la que alude su título, un objeto que ha sido empleado como leitmotiv recurrente a lo largo de la literatura, para plasmar, como hace también Vernon Lee, la pasión ciega y enfermiza profesada por un enamorado hacia el recuerdo de su amada (léanse a este respecto los relatos de nombre femenino de Edgar Allan Poe, el cuento de Vicente Muñoz Puelles El amor de ultratumba de Carl Von Cosel recogido en La cabeza de la Gorgona y otras transformaciones, o El hombre de arena de E.T.A Hoffman, con el cual éste comparte no poca enjundia freudiana). En este caso, la recreación de una muerta vampiriza a los vivos, hasta que la protagonista, con los rasgos intelectuales de la autora, “pone fin a sus penas” al pasarla por el fuego.

Una evocación compulsiva es el tema de Amour Dure, que fue escogido por el escritor italiano Italo Calvino en su selección total sobre el cuento fantástico del siglo XIX, que el lector hispanohablante encontrará en la edición de Siruela. En esta pieza, los deseos de un historiador enamorado se tornan realidad y van sacando de su nicho de sombras a una mujer fatal del siglo XVI, una suerte de sirena que, con la sola agitación de sus párpados o de sus muñecas, conduce a sus amados a la muerte. El protagonista se llama Spiridion, como el personaje de una obra de 1839 de George Sand, hecho que queda aquí constatado para espolear a quienes crean en coincidencias. Amour Dure justifica el buen criterio de Calvino: es una obra con momentos inquietantes resueltos en la oscuridad de una iglesia, y con un epílogo final digno del más acuciante paseo de Dante, el poeta florentino, por los Infiernos. Él mismo podría sentenciar el relato con la divisa que hizo inscribir en las puertas de entrada al Averno: “Dejad toda esperanza vosotros que entráis”.

Por último, en “La voz maligna” se retrata a una Medusa que adquiere las facciones delicadas de un tenor fallecido y cuyas cuerdas vocales poseen la facultad de matar (adecuadísima portada de Atalanta, que elige como ilustración el famoso detalle de la cabeza de la Gorgona cercenada por Perseo e inmortalizada pictóricamente por Caravaggio). El tenor es un trasunto de Farinelli el famoso castrado; la génesis de este relato es el efecto terapéutico que su canto ejercía sobre la melancolía de Felipe Quinto de España, el primer monarca de la casa Borbón, cuando éste interpretaba Pálido Sol; seguramente, la razón de ser del cuento se deba, una vez más, a las experiencias probadas de la autora: en concreto, a su visceral relación con la música. Vernon Lee “amaba lo que odiaba”, como dijo de ella su mentora e introductora a la vida, la madre del pintor inglés Sargent. Y a la música le profesaba una particular inquina que no dejaba de seducirla: su posesiva y excéntrica madre fue una muy aceptable pianista aficionada que producía un marasmo de sentimientos embriagadores en la hija cada vez que se ponía delante del instrumento. Por lo tanto, no debe de extrañar que ésta sea la historia de un sufrimiento, de una agonía, de la repetición de un instante doloroso que persigue a Magnus, el héroe doliente de esta ocasión. Sus muchos puntos en común con “Amour Dure” (llegó a publicarse en la misma antología, Hauntings, Fantastic Stories, de 1890), en la misantropía y los delirios del personaje principal, no evitan tampoco una palmaria comparación con el Poe de La caja oblonga, de Un rostro en la multitud, por las psicopatías de quien narra los hechos.

La vida, en estos relatos, se congela como un lienzo. Los personajes se detienen y nos recuerdan a maniquíes apolillados. Es en la puesta en escena de sus sentimientos y pareceres y en la corporeidad de las manifestaciones artísticas, imprescindibles para alcanzar la experiencia empática, lo que eleva las creaciones de Vernon Lee- Violet Paget. De la voz de su tenor dirá que tenía una “calidad voluptuosa, delicada, de […] timbre extraño, exquisito, de una dulzura inconcebible, pero que no tenía la frescura ni la nitidez de la juventud”. Y dado que voces hablamos, dejaremos paso a la de la autora para poner el epitafio a esta reseña: “Sonreímos ante eso que preferimos llamar superstición del pasado, olvidando que acaso nuestra tan alabada ciencia actual no será otra cosa más para los hombres del futuro”.