Con La tierra silenciada (Plaza y Janés, 2012), la muerte se introduce por segunda vez en Fabulantes para propiciar nuevamente una reflexión sobre el Más Allá, sobre lo que espera al abandonar el mundo material. En su debut en Lady Mary, la muerte y lo que la seguía era esperanza; en la novela de Graham Joyce (Coventry, Inglaterra, 1954) la muerte es –o debe de ser entendida- como expectación. Lady Mary era un canto a la vida al término de la misma; la novela que nos ocupa ahora, reverencia, teme, respeta el fin de las cosas. Más o menos.

La tierra silenciada es la historia de amor de Zoe y Jake Bennet, una pareja bien avenida que, tras sufrir un accidente durante un alud en los Pirineos, se descubren como únicas formas de vida de un mundo congelado en un instante. En este partir de cero, Zoe y Jake se preguntarán, mientras se aman, recuerdan y se echan vistazos introspectivos, si la situación en la que se hallan es un nuevo Jardín del Edén donde nada les está prohibido, o si están aprisionados en el tormento cíclico de una prisión infernal. La espera ante lo que vendrá y no conocemos será la alegoría de este libro.

Graham Joyce convierte un tema tan en boga últimamente –tan banal y hasta previsible- en una historia interesante. Es un tahúr de las letras que comprende sus entresijos y que sabe hacer muy bien algo muy difícil: amenizarte la narración. La avalancha del tedio puede arrastrar sin complicaciones tramas ambientadas en desiertos helados donde el tiempo se mueve a milimétricas revoluciones (como puede dar fe Ursula K. LeGuin en La mano izquierda de la oscuridad); por eso, cada vez que la narración empieza a congelarse, Joyce se saca un truco eficaz de la pluma con el que hacerla proseguir fluida como un rápido torrente.

Joyce, no obstante, resplandece cuando se pone a entrometer elementos fantásticos en una historia que bien podría haber sido, en otras manos, papel couché. Tienen tal espontaneidad, se introducen con tal normalidad, que te hacen sentirte un poco frustrado al carecer de ellos en tu día a día. La rutina de los Bennett se desliza hacia lo inquietante con la misma pasmosa desenvoltura con la que un esquiador experto descendería por una pista lisa. Somos los voyeurs del pasmo y franco terror de Zoe y Jake cuando lo que no son capaces de explicar se abre paso en sus jornadas clónicas. Al final, Joyce nos convence de que sus dos criaturas, privadas de toda intimidad, sólo pueden subsistir en la expectativa de algo o de alguien.

En alguna de sus páginas, se nos dice que La tierra silenciada es “la detención absoluta de la vida, un ensayo y una anticipación de la muerte”, y no podemos por menos de creérnoslo. Claro, quien nos lo dice es la persona que en 2002 provocó un alud en el fantástico con Los hechos de la vida, una obra de afilado embrujo que sigue envejeciendo fenomenal. Joyce es un hombre parco en palabras porque pasó la infancia en una región minera poblada por gentes rudas y taciturnas de las que aprendió a decir mucho con lo mínimo indispensable. En su último libro trasciende las fronteras nevadas y nos ofrece sombras de cine y videojuegos (algo hay de Silent Hill en una novela escrita por el guionista de Doom 4), mientras los Bennett no lo pasan del todo mal (siempre y cuando no piensen mucho en ello) contemplando el lento consumirse de las velas y el lento pudrirse de los alimentos.

Robert Holdstock leería esta novela con orgullo. A él precisamente va dedicada. A otro de esos artistas en el difícil arte de escamotearle a la realidad de la vida hechos fantásticos.