Hablamos de los reyes y reinas de Faerie como hablaríamos de los reyes y reinas de Inglaterra. Pero Faerie es mayor que Inglaterra, y es mayor que el mundo (porque, desde el alba de los tiempos, toda tierra que ha sido forzada a quedar fuera del mapa por los exploradores y los valientes que han querido demostrar que no existía, se ha refugiado en Faerie; por lo tanto ahora, cuando escribimos sobre ella, es un lugar realmente enorme, que contiene todo tipo de paisajes y terrenos). Aquí, sin duda alguna, hay dragones. Y también hipogrifos, wyvernas, unicornios, basiliscos e hidras. También hay todo tipo de animales más familiares, gatos afectuosos y distantes, perros nobles y cobardes, lobos y zorros, águilas y osos.” (Neil Gaiman, Stardust)

Si existe una forma mejor de lanzar a un adolescente en busca de aventuras que mandarle a encontrar una estrella caída con la que conquistar a su amada, todavía no ha sido escrita. Neil Gaiman (Hampshire, 1960) se conforma con utilizar los mismos ingredientes que llevan danzando por la alacena de la literatura fantástica desde que Perrault escribiera sus fábulas hace más de 300 años. Y lo hace sin tapujos, apoyándose en las piedras más gastadas de los cuentos de hadas, pero con la frescura y el desparpajo del que cocina sin tener que seguir el libro de recetas.

Andaba Gaiman celebrando a finales de la década de 1990 la consecución de un nuevo premio literario, cuando vio cruzar por el cielo una estrella fugaz y la historia de Stardust (Roca Editorial, 2010) tomó sentido de un plumazo en su cabeza. En principio la ideó como un libro ilustrado, así que llamó a Charles Vess, con el que ya había trabajado en varios números de The Sandman, y le propuso crear un cuento de hadas, en varias entregas, sobre un muchacho que vive en un pueblo de Inglaterra que linda con un país feérico. Sus habitantes custodian día y noche una puerta con la única entrada a Faerie y sólo una vez cada nueve años se permite el intercambio entre el mundo de las hadas y el de los humanos.


El pueblo, al que llamó Muro, no era nuevo para Gaiman. Un año antes de su súbita revelación creativa, ya había escrito un prólogo para una novela non-nata ambientada en él. Así, Stardust se convirtió en la precuela de un libro no escrito y en la carta de presentación de un universo fantástico victoriano al que ya han empezado a asomarse otros autores.

La ensoñadora Susanna Clarke (Jonathan Strange y el señor Norrell, Las damas de Grace Adieu) perdió el caballo del Duque de Wellington a las afueras de Muro e hizo al ilustre Arthur Wellesley adentrarse en Faerie para recuperarlo, y varios ilustradores como el recientemente fallecido Moebius, Terri Windling o Mike Mignola también se acercaron a la obra de Gaiman, en dos fascículos publicados a beneficio de la mujer de Vess, herida en un accidente de coche.

Aunque Gaiman ideara su primera historia sobre Wall en el siglo XX, Stardust lleva al lector al corazón de la Inglaterra victoriana, a los años de Oliver Twist, del código Morse y de las fotografías de Henry Draper. Allí nace Tristran Thorn, producto de la unión de un hada de Faerie y un campesino inquieto. A sus 17 años, Tristran es el mismo adolescente huesudo y cubierto de acné, con el pelo alborotado y la cabeza llena de pájaros, que podría aparecer en cualquier otra historia. Como muchos jóvenes a su edad, está enamorado hasta las cachas de una de las chicas su pueblo, en este caso la intrigante Victoria Forrester, que harta de la insistencia de Tristran, accede a cumplir sus deseos a cambio de que le consiga una estrella fugaz caída del cielo.

La estrella que demanda Victoria aterriza en Faerie, al otro lado del muro, y Tristran, dispuesto a ganarse el corazón de su amada, cruza la puerta y se adentra en el país de las hadas. La vuelta de tuerca de Gaiman es convertir la estrella en una atractiva doncella, que camina con una leve cojera y maldice su suerte por haber aterrizado en ese mundo sucio y caótico, tan diferente del cielo en el que siempre ha vivido.

Aquellos que hayan visto la película de Matthew Vaughn (Stardust, 2007), quizá encuentren la novela algo desmadejada y falta de ritmo. En la versión cinematográfica, Tristran vive una aventura al estilo de La princesa prometida, mientras que en el libro Gaiman se recrea con homenajes a los cuentos clásicos de Charles Perrault, a G. K. Chesterton y a las fábulas de los hermanos Grimm. Por supuesto, como obra educada y respetuosa con la fantasía, también tiene el consabido homenaje a Tolkien: en este caso, dentro de los bosques de Faerie.

El filme se queda en dos horas de entretenimiento, palomitas y final feliz. Sin embargo, el impávido lector no debería relajarse y pensar que está ante una historia para niños: como casi todas las obras de Gaiman, Stardust admite una lectura profunda, en busca de desafíos y referencias. En palabras de la propia Clarke, “Stardust es casi como ir a Faerie. En realidad es mejor, porque no es tan probable que te secuestren, te encanten o te coman. Con una prosa que baila y deslumbra, Gaiman describe los paisajes fantasmagóricos, los perfumes embelesadores y las peligrosas carcajadas del mundo de hadas”.

Y mientras el protagonista conoce la magia, monta en unicornio, navega por el cielo con los cazadores de rayos, lucha contra brujas e intenta llevar a su estrella de vuelta a Muro, madura. Nadie se da cuenta de ello, ni los que conviven con él en la historia, ni el lector, ni él mismo, pero cuando Tristran Thorn se acerca al final de su aventura, ya ha pasado de ser un niño a ser un hombre: ha enfrentado problemas, ha disfrutado y sufrido el amor, ha vivido de cerca la muerte y ha perdido la mirada limpia, en blanco y negro, de un adolescente.

Así es como Gaiman intenta definir su visión de los cuentos de hadas, de la fantasía, de los cómics, de la literatura… Stardust es un alegato a favor de la literatura sin límite de edad, transversal y sin cortapisas de género; es un relato brillante y estiloso, que se disfruta leído en voz alta a un niño o rodeándolo concienzudamente y con paciencia. Es todo lo que pedía Chesterton a las fábulas cuando escribía que “los cuentos de hadas son bien ciertos, pero no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que podemos vencerlos”.