Hay libros que tienen el poder de un flechazo y la fuerza de un hechizo. Libros que, al abrirlos por primera vez, te arrullan con su canto y te sumen en la neblina de los recuerdos. Libros con sabores melancólicos.

El último refugio (2003, Fondo de Cultura Económica) es uno de ellos. Un volumen que nos traslada de golpe al inocente mundo de nuestra infancia y a las brumosas costas de nuestra juventud. Su autoría la comparten dos poetas de la literatura infantil: el estadounidense J. Patrick Lewis (textos) y el italiano Roberto Innocenti (ilustraciones). Un superventas, por un lado, y un premio Andersen (o Nobel de la literatura infantil) en su categoría (2008), del otro. Cada cual a su modo, y según su estilo, se embarcan en la búsqueda de la inspiración perdida y, en un alarde de espontánea imaginación, se llevan consigo al lector.


“Una […] gris mañana, […] mi imaginación, harta de no ser tomada en serio, se tomó unas vacaciones… y no regresó jamás”, escribe Lewis al inicio, y le replica desde el espejo de la página gemela el rostro de Innocenti, el cronista viajero que se convierte en la alegoría de un sueño. El ilustrador llega a un “extraño albergue en la costa” que tiene el aspecto de faro del fin del mundo. En él se encontrará con un sinnúmero de personajes salidos de los mundos impresos, perdidos en sus tribulaciones y en sus anhelos. Por todo equipaje lleva una maleta, y la sorpresa del lector.

Porque son las imágenes de Innocenti las que dan un influjo hipnótico a la historia. El ilustrador italiano cuenta su propia búsqueda de inspiración sin que parezca muy vinculada a las palabras, que  resultan meras indicaciones para no perderse (y también para identificar a los numerosos personajes literarios o históricos que campan por el albergue). La prosa generalmente mágica de Lewis no alcanza aquí, quizás debido a las ilustraciones, la altura que le es característica y que suele corresponderle. Puede que una traducción no muy agraciada haya tenido que ver en ello. El orden y la maravilla los ponen los pinceles de Innocenti. No en vano es él quien primero figura en los créditos del libro.

El último refugio es un portento de la ilustración que tiene su punto de cómic. Es más, se trata del trabajo más “de cómic” de cuantos ha acometido Innocenti. Los conocedores de su obra están acostumbrados a ver esas tablas de colores fríos, influidas por Brueghel o por dibujantes germánicos, con las que ha ilustrado Las aventuras de Pinocho (1988), o La cenicienta (1983), o El cascanueces y el Rey de los Ratones (1996) o Rosa Blanca (1985), su primer gran éxito. Por eso, este volumen es tan distinto, y tan fascinante. Quizás por el hecho de contar una pasión, de susurrar secretos íntimos, de rememorar gratos recuerdos, el estilo de Innocenti aquí es otro, aunque su pericia sigue siendo idéntica. Quedan esas perspectivas que hacen del lector espectador y a la vez admirador, en las que los personajes se congelan recogidos en actitudes privadas, casi ensoñados en su mundo interior. O esas otras que reflejan en una o a doble página los avatares que él estima más cruciales de la historia. O esos pequeños cuentos dentro del cuento, con los que se persigue, a modo documental, con la cámara a los hombros, las vicisitudes de alguno de los protagonistas, sean Sirenita de Andersen, cowboy de Zane Grey, comisario del Quai des Orfevres, amotinado pirata, o biógrafo de crímenes célebres.

Dejan con la boca abierta los detalles que salpican cada una de las viñetas, que gozan del estado de lienzos. El ojo de Innocenti no pasa una sola cosa y todos los objetos, los puntos de vista, los escenarios, están estudiados al milímetro. Así es como la historia que nos propone se enriquece y cobra también vida propia. Cómo parece soltarse de la mano del ilustrador y dar sus propios pasos. Cómo parece suspirar por esa inspiración perdida, y confundirse en la algarabía de la imaginación.

“Es posible que vosotros encontréis otras respuestas que se adapten igualmente bien a las ilustraciones de este libro, a estas ilustraciones y a estas palabras”, nos dice Innocenti al final, en un modesto carraspeo que quiso llamar postfacio y en el que humildemente nos entrega algunas claves de sus secretos. Así, los guiños a postales, a imágenes atemporales que reposan en nuestras retinas o en nuestras memorias colectivas, sirven simplemente como anclas de la realidad. Porque la imaginación de Innocenti remontó una gris mañana el vuelo y vagó, y vagó, para no volver a posarse jamás.