La figura del vampiro ha trascendido épocas y estilos, desnaturalizando su esencia para funcionar de forma polivalente desde la rudimentaria tesis del no-muerto chupasangre. Nuestros tiempos dan aciago testimonio de esta realidad, evidente en toda suerte de producciones literarias y audiovisuales que se parapetan en el atractivo inmanente de lo vampírico para ofrecer pura cochambre, de otra manera injustificable. Lejos de ello, el volumen que nos ocupa, en el que se reúnen los dos únicos relatos de terror escritos por el ruso Alekséi Tolstoi, nos acerca a la verdadera inmortalidad del vampiro, que no es otra que la que le garantizan páginas tan auténticas como las que a continuación trataremos de comentar.

Encuadrado en las postrimerías del romanticismo, el conde Alekséi Konstantínovich Tolstói (primo segundo del autor de Anna Karenina) destaca históricamente por sus aportaciones al género teatral ruso. Sus inicios literarios, sin embargo, vienen representados por La familia del Vurdalak (1839) y El Vampiro (1841), únicas excepciones -junto al muy posterior Príncipe Serebrenni- no ya como prosa terrorífica sino como prosa misma en la bibliografía de Tolstoi, más prolija en composiciones poéticas (líricas y satíricas) y dramáticas. Exclusividad que impide todo contraste con una trayectoria posterior, pero que ensalza sin duda el ejercicio literario que se contiene en la obra.


El mito vampírico eslavo, que gira en torno al culto de los antepasados cristalizado en la figura del upyr, nutre ambas historias. Destaca entre ellas, por su extensión y originalidad, El vampiro, pieza principal de la compilación, a la que La familia del vurdalak (Alianza Editorial, 2009), de aspiraciones más humildes, proporciona un breve pero consistente cierre.

En El vampiro, un joven aristócrata se ve envuelto en una obscena conspiración vampírica atraído por la delicada nieta de la brigadiera Sugrobina, que parece ser centro de aquella. La construcción enigmática de este primer relato consigue generar turbación en el lector, gracias a una narración en primera persona que entra en contradicción, por su serenidad, con los terribles hechos que relata. El protagonista es advertido de la realidad desde el principio. Se consigue así plantear una constante dualidad entre cordura y demencia, real e imaginario o en última instancia vivo o muerto que se mantiene hasta el final. Algo que alienta el desarrollo de turbadoras escenografías oníricas en las que se identifican, sin embargo, los elementos lineales del trasfondo de la historia, que permiten apreciar el  contenido terrorífico más puro del relato. Ocurre todo ello mientras el autor encuentra la forma de satirizar las obsoletas oligarquías de la Rusia zarista, que sirven de marco y que por su condición aristocrática Tolstoi debía conocer bien.

De la segunda narración, que utiliza un código más clásico y no participa del colorismo utilizado en El vampiro, resalta la conexión con la tradición popular que aporta, desde los ojos de un militar que se alista en el ejército de nuevo por amor y cuya pasión por una hermosa campesina serbia le acercará a las fauces hambrientas de toda una estirpe de vampiros unida para cazar. Contada con precisión, en La familia del vurdalak Tolstoi logra describir una estampa inquietante, de menor complejidad conceptual que el primer relato pero en cualquier caso salpicada de descripciones sobrecogedoras que compensan con profundidad la limitada extensión de la historia.

Las dos historias dan buena cuenta de que los vampiros son un activo esencial de la literatura de terror. Conviene pues descubrirlas o releerlas a quienes les rechinen en los oídos las últimas desvergüenzas de la máquina cultural.