Como ya probamos en una ocasión anterior, August Derleth tomó las obsesiones paranoicas, misantrópicas y racistas de Howard Phillips Lovecraft y las convirtió en los Mitos de Cthulhu. Para sistematizar todos los escritos que el “Solitario de Providence” dejó tras de sí, se sirvió tanto de sus menguados talentos literarios como, especialmente, de su sello editorial Arkham House, que fundó junto a Donald Wandrei en 1939. Si bien el fin inicial de aquella editorial fue la de recopilar toda la dispersa obra lovecraftiana, durante la gestión Derleth-Wandrei desfilaron por esta casa todos los autores con algo que decir dentro del terror escrito.

Arkham House mantiene todavía hoy esta política de antaño, publicando a promesas consolidadas (o con futuro) del género. En Nuevos Cuentos de los Mitos de Cthulhu (Valdemar, 2011), publicado originariamente en 1980 por esta editorial, Ramsey Campbell (Liverpool, 1945) se encargó de reunir, según declara en el prefacio del libro,  a “aquellos autores (y obras) que escaparan de la convencionalidad en la que había caído el género en las últimas décadas”. Campbell, además de participar en esta antología con un relato (del montón), presenta el volumen y a cada uno de los escritores involucrados en él. A pesar de que en la introducción se pone a la defensiva a la hora de tener que justificar el libro, el británico logra explicarnos muy bien las razones por las cuales Lovecraft compuso, más para sí que para otros, sus delirios cósmico oníricos. “Un mero paso más en la búsqueda de la perfección formal, […] en los que trató de hacer creíble lo increíble”, escribe el antólogo.

Y añade: “Busqué autores […] en los que se percibe claramente la definición más querida por Lovecraft de los Mitos: un resplandor de algo tan inmenso como pueda describirse, aun siendo de origen desconocido”. El resplandor que cada uno de ellos aporta varía de intensidad: en ocasiones es un destello deslumbrante, en otras, una simple luz escuálida. Todos los cuentos aquí dispuestos luchan, a su manera, por gustar al lector, por engatusarle, por atraerle con su encanto. La mayoría de ellos logran esta atracción, gracias al entusiasmo que ponen los concurrentes de este aquelarre redactado. Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu (que Valdemar ya publicó en 2003 dentro de su colección Gótica y que recupera en formato bolsillo en esta edición actual) es un libro afortunado.

En él, coexisten dos tipos de relatos: aquellos (una mayoría) que son puramente lovecraftianos, y que hacen de los Mitos causa y fin, y los que son simples historias de terror que usan los Mitos como causa, pero no como fin. A esta última “categoría” pertenecen tres de los ocho cuentos de la antología, que Campbell concatena como una especie de paréntesis entre los eminentemente lovecraftianos: “El segundo deseo”, de Brian Lumley, “La sección 247”, de Basil Copper, y “Un negro con un saxofón”, de T. E. D. Klein. Lumley revitaliza los cuentos de brujería a la vieja usanza introduciendo el culto a Cthulhu. Copper escribe el que es el mejor y más interesante de todos los fragmentos aquí reunidos: sitúa la acción en la zona de seguridad de una estación espacial, un ambiente cerrado y agobiante a partir del cual logra crear una narración desasosegante y cada vez más desconcertante, con visos de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), y Atmósfera Cero (Outland, Peter Hyams, 1981). “Un negro con un saxofón”, es una relación casi antropológica, un texto que podría llevar el signo de Levi-Strauss, un circunloquio de ritmo incierto que se resuelve de manera atropellada.

Entre los “purasangre”, cabe destacar la contribución de Stephen King, “Crouch End”, una de las narraciones más destacadas de la bibliografía del prolífico autor de Maine. El extrañamiento alucinado tan típico del Lovecraft de El Horror de Dunwich queda reflejado a la perfección en esta pieza, en la que King cambia las nieves de su tierra natal por la niebla de Londres. Es una de las obras más compactas y satisfactorias que se le recuerdan, quizás por su propia brevedad, y por la certera aproximación de su atmósfera con En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1994), el filme más atrayente de John Carpenter.

Muy destacables son también “La charca de las estrellas”, de A. A. Attanasio, y “Maldita sea la oscuridad”, de David Drake. El primero se ambienta en Haití, y entremezcla ritos antiguos con venganzas mafiosas y guerra. Posee un arranque desorientador, un desarrollo que corta la respiración, un desenlace impactante, pesadillesco, y numerosos elementos extraídos del imaginario que Derleth recicla en La huella de Cthulhu. El cuento de  Drake, localizado en el Congo belga, focaliza el protagonismo en la primera gran estudiosa de la mitología sobre Cthulhu de la que se tienen noticias, poniendo fin a años y años de misoginia dentro del culto al Dios-Pulpo. Además, seguramente estamos ante el más hondo retrato psicológico de toda la antología, un relato que remite de forma clara, en su fondo depravado, a El corazón de las tinieblas. Porque si de algo da cuenta “Maldita sea la oscuridad” es precisamente de una gran depravación, susurrada en las tinieblas, enraizada en lo desconocido, justificada en el bestialismo, como hace Robert Howard en algunos de los episodios más logrados del inquisidor Solomon Kane.

A estos cuentos, se suman “Oscuro despertar”, de Frank Belknap Long, el único miembro del “círculo de Cthulhu” incluido en este volumen, y “El libro negro de Alsophocus”, de Martin S. Warnes. Belknap Long transforma un turístico paseo por la playa en una pesadilla, jugando con algunos elementos muy folclóricos dentro de la tradición de los Mitos. Por su parte, “Alsophocus” es la única obra escrita de Warnes, inspirada, como puede leerse en la biografía compilada por Campbell, en un fragmento de Lovecraft de 1934. Más que un relato de por sí, es el inventario de las alucinaciones de un loco, enumeradas en el estilo pesado preferido por el de Providence, saturado de unas aparatosas descripciones que se imponen sobre una trama exigua.

Nuevos cuentos de los Mitos de Cthulhu se abre con una dedicatoria a August Derleth, de “cuya idea este libro es deudor”. Afortunadamente, el heterogéneo cónclave de escritores que participó en él decidió ir por libre y hacer las cosas a su manera. Sin demasiadas tutelas históricas.