Gran Bretaña es tierra de bardos.

Sus paisajes naturales, sus cielos grises, sus gentes solitarias, inducen a una melancolía que se convierte en nostalgia literaria. Los habitantes de la isla toman la pluma para cantar las glorias de su tierra; glorias que son las de sus antepasados, las de sus genes. Por eso, superstición y leyenda casan tan bien en esos páramos.

Los bardos ingleses son grandes poetas: Lord Dunsany, irlandés anglófilo, escribió algunos de las más bellas fantasías de la literatura, ensoñaciones que aún hoy siguen cautivando por su capacidad de sugerencia. Los mejores cuentos de Robert Louis Stevenson eran evocaciones de su Escocia. La prosa de Arthur Quiller-Couch (alias Q.) hechizaba al primer instante. De este último- y de su prosa- vamos a hablar en el presente artículo. Porque Quiller-Couch fue un autor prolífico del que se tienen muy pocas noticias en el mundo de las letras hispanas.

De él sabemos que fue profesor de literatura durante buena parte de sus ochenta años de vida. También que sus estudios de crítica literaria fueron reverenciados en su tiempo, y que hoy siguen teniendo una cierta influencia. Se nos hace saber que fue un pertinaz recopilador de versos (de hecho, su obra magna es una descomunal enciclopedia sobre la poesía en inglés desde 1250 a 1918). Incluso conocemos que fue quien concluyó la obra póstuma de Stevenson St. Ives. De lo que nada hubiésemos sabido, de no ser por Valdemar, es que entre su bibliografía había un puñado de cuentos fantásticos. Veintiséis para ser exactos.

La editorial madrileña los reúne todos en un único volumen -que a veces se nos atraganta por la similitud de muchos de los relatos- bautizado en honor del cuento de nombre más llamativo, El horror de la escalera. En él, hay narraciones más fantásticas que terroríficas, fenomenalmente escritas, que dan cuenta del particular ambiente en el que vivió Quiller-Couch, un mundo de leyendas susurradas, de fantasías oníricas, de fe, esperanza y mar. Leerlos es formar parte de Cornualles.

Estos relatos tienen la particularidad, sólo encontrada en las obras de Stevenson, de ser pura atmósfera. Dicha atmósfera suele ser, las más de las veces, el relato en sí. Quiller- Couch escribe sus historias en base a una anécdota o suceso mínimos, generalmente intrascendentes, que adquieren una entidad gracias a su relleno. Esta gran recreación de época es casi género propio: inolvidables, por ella, El pase de lista del arrecife y La dama del barco, cuento de fantasmas y de brujería respectivamente, que se convierten en lo mejor a leer dentro de sus respectivas sub-temáticas. El primero, incluso, recibió el merecido honor de ser incluido en Quién anda ahí… Los mejores relatos de fantasmas aparecidos en Valdemar (El club Diógenes, 291).

Los cuentos de esta antología no dan miedo. Hay relatos metafísicos, que remiten a Poe; disparates cómicos, que son casi historietas para niños; relatos con moraleja y relatos que son poemas. Por ellos desfilan clérigos (que son presencias positivas que sirven para reforzar, desde la autoridad de su fe, lo extraño que se está contando), militares, mujeres perversas y tentadoras, fantasmas benévolos, aparecidos que nos retrotraen a otro tiempo (como sucede en la fantasía de espada y brujería de Robert E. Howard), espíritus tristes, dioses terribles, naturalezas despiadadas.

Relatos que convierten cada borrasca en una balada, como en Moonfleet (John Meade Falkner), como en Los hombres dichosos (Robert Louis Stevenson; puede leerse en Historias escocesas, Valdemar, El club Diógenes, 254) y que nos ganan definitivamente para la causa literaria.