En marzo de este año, Norma Editorial rescataba El rayo U, la primera, y seguramente la más estrictamente fantacientífica, de todas las obras del belga Edgar Pierre Jacobs (1904- 1987). Jacobs, más conocido por ser el padre de la pareja Philip Mortimer y Francis Blake, está considerado uno de los más importantes e influyentes creadores del cómic europeo. Desde luego era un tipo singular.

Su nombre se asoció tempranamente con la ópera. Fue libretista, decorador, ilustrador (en la medida en que también lo sería el checo Alfons Mucha: recuérdense sus carteles de las obras de Sarah Bernhardt), barítono y extra en Bruselas y Lille, antes de ingresar en el muy exigente y sacrificado mundo del cómic. Se sabe que empezó su carrera allá por 1942, en las páginas de la revista Bravo! Fue el continuador, para Bélgica, de las hazañas de Flash Gordon, de Alex Raymond, cuyas tiras originales habían sido vetadas por los nazis. Este trabajo marcó un punto de inflexión, tanto artística como profesional, dentro de su trayectoria como historietista.

Flash Gordon le acercó a Hergé (en verdad fue la ópera, a través de una intrascendente adaptación que Jacobs hizo de Los cigarros del Faraón, la que puso los cimientos de una larga y fructífera amistad). Su estilo al abordar las aventuras de Raymond hizo que el más relevante de los dibujantes belgas le eligiera como ayudante (más bien co-autor) en la difícil tarea de trasladar al formato álbum las historias de Tintín que circulaban en revistas. Así lo hizo con las canónicas Tintín en el Congo [1931 y 1946] y en América [1932 y 1945], El cetro de Ottokar [1939 y 1947] y El loto Azul [1936-1946]. Su aportación sería mucho más relevante en álbumes posteriores (El secreto del Unicornio [1943] y El tesoro de Rackham el Rojo [1944]; Las siete bolas de cristal [1948] y El templo del Sol [1949]), que contribuiría a dibujar. La colaboración Hergé- Jacobs se frustró (si bien la amistad no se truncó) tras la negativa del primero a compartir créditos con su colaborador. Cada uno siguió caminos separados, aunque el poso de Jacobs permanece en muchas páginas de Tintín, y no sólo por el estilismo: por ejemplo, aparece momificado en la portada de Los cigarros del Faraón [1934- 1955] y cede su nombre para un personaje operístico de El asunto Tornasol [1956]. Es probable incluso que Bianca Castafiore, la terrible soprano enamorada del capitán Haddock, fuera también un homenaje al amigo y al cómplice.

En 1946 escribirá y dibujará la primera de las ocho historias (que no ocho cómics) que, en vida, hará protagonizar a Blake y Mortimer, El secreto del Espadón, una aventura en tres actos muy inmersa en los tiempos de la tensión pre-Guerra Fría. Jacobs murió dejando inconclusa la segunda parte de Las tres fórmulas del profesor Sato [1970- 1990], que luego, como pasaría, por ejemplo, en el caso de Chandler con Robert B. Parker (en Poodle Springs), terminaría un estrecho colaborador, Bob de Moor. Antes de que Blake y Mortimer dieran sus primeros pasos entintados, Jacobs había dibujado, no obstante, El rayo U, un álbum muy en la línea de Flash Gordon.

El comic es narrativamente mediocre. El excelente narrador de ritmo acelerado que será Jacobs aún no existe en esta historia de confuso, por frágil y casi inexistente, argumento. En teoría, se nos cuenta la historia de un grupo de personajes en pos del uradio, un material que se empleará para fines científicos. En la práctica, nos hallamos con lo que podría pasar por un ejercicio de floritura ilustrativa. Jacobs se recreará, como mucho después hará Leo en Aldebarán, en los monstruos que va enseñando, en las construcciones colosales, en las increíbles máquinas voladoras. Que este cómic es en cierto sentido un experimento lo certifica el hecho de que posteriormente se reciclarán muchas de sus ideas en el más satisfactorio El enigma de la Atlántida, de 1955. Nada impide, sin embargo, que sea una trivial y arrebatadora versión de El mundo perdido de Arthur Conan Doyle y, también, de King Kong.

Raymond está presente en cada esquina: en la primera página hace su aparición en una única viñeta una suerte de emperador Ming; el planeta al que llegan los héroes es Mongo; el título de este cómic se parece mucho, demasiado, al de la primera de las aventuras de Flash Gordon (El rayo celeste). No se puede hablar de casualidades ante tantas semejanzas. También se encuentra aquí el embrión de Blake y Mortimer: el científico Marduk es el reflejo del físico escocés, de la misma manera que Lord Calder lo es del agente del M.I. 5. Dagón, el villano (más bien figurante) que entorpece, a veces con la desesperada testarudez del Coyote en pos del Correcaminos, las acciones de los protagonistas, es el antecedente del pérfido coronel Olrik, la némesis del famoso tándem. Hasta se emplean expresiones parecidas –Heavens– que se usarán a modo de coletilla en esos cómics.

Los trazos de El Rayo U están lejos del pausado estilo de línea blanca, tan limpio, tan agradable, que caracteriza a Blake y Mortimer. Son puro Alex Raymond, y eso a pesar de que Jacobs tuvo ocasión de redibujar completamente su obra para actualizarla y, sobre todo, para hacerla álbum, ya que había sido publicada originalmente en Bravo! en 1943. A la versión de 1974, que es la definitiva y la que ahora trae Norma -Ediciones Junior, en su colección Trazo Libre, fue la primera editorial en sacarla en España, en 1991-, Jacobs le introdujo varios bocadillos con conversaciones, con el fin de aligerar los rótulos que contaban lo que, en teoría, pasaba en las viñetas. Estos nuevos diálogos suenan muchas veces impostados, forzadísimos. Algo que también pasa en relación con algunas de las viñetas, sin gran correspondencia con los textos de los rótulos.

El rayo U está, por lo tanto, a distancia sideral de Blake y Mortimer, pero es una de esas reliquias curiosas (ni muy original ni la mejor hecha) del cómic europeo. Una de sus leyendas.