Sarah Waters (Gales, 1966) se acerca a los corazones lectores de una forma que me fascina. Sin apenas grandes alardes publicitarios, sin convertir su obra en el rutilante camino de una estrella, y con una habilidad narrativa y una modestia personal absolutamente excepcionales, ha ido poco a poco conquistando un crédito y un espacio crecientes en las librerías y estanterías de medio mundo. La receta para conseguirlo es la más conocida: personajes poderosos, historias inquietantes, mensajes universales… pero no por ello su cocina resulta ni la más sencilla, ni la más habitual entre los fogones literarios.

Dos de sus últimas novelas han alcanzado un gran impacto entre la crítica internacional y nacional, Falsa identidad (Anagrama, 2003) y Ronda nocturna (Anagrama, 2007). Si bien las dos han alcanzado su consagración entre el público no por la influencia de ese temido monstruo llamado crítica, sino por el afán de sus lectores en transportar su nombre de boca en boca, acrecentando su conocimiento (es verdad), pero también generando su necesidad. Sin ánimo de ser exagerados o complacientes, leer es necesitar a Sarah Waters y su narrativa.

Nueva prueba de ello es El ocupante (Anagrama, 2011) que, con el título original de The little stranger, ha llegado el pasado mes de abril a las librerías. En ella nos vuelve a transportar a su (parece que) estimada década de 1940. Cuando en el pequeño condado de Warwickshire, en la campiña inglesa, el frágil equilibrio de su comunidad empieza a resquebrajarse de forma paulatina, al principio casi imperceptible. Los cambios afectan, de una u otra forma, a todos sus habitantes. La reconstrucción posbélica acelera la modernización, mientras nuevas realidades empiezan a tomar posiciones bajo los pies de las viejas certezas. Las bases de lo conocido caen a plomo, ante la fuerza irrefrenable de un mundo todavía invisible.

Estos cambios los padece directamente el antaño prestigioso clan familiar de los Ayres, dueño y señor de la mansión de Hundreds Hall. El viejo señor ha muerto, y en la casa únicamente quedan su hijo varón, Roderick, dolorosamente herido en la guerra y desgarradoramente afectado por su incapacidad para llevar la administración de la casa; su hija Caroline, intrépida mujer con las fuerzas suficientes para suplir todo lo perdido y colaborar en los nuevos esfuerzos exigidos por tiempos difíciles; la señora de la casa, antaño despreocupada propietaria de un gran patrimonio y ahora obligatoriamente reconvertida en la cabeza de familia que jamás pensó ser; y Betty, fiel criada adolescente y única representante del antes flamante servicio. Ellos son los testigos dramáticos de una decadencia proyectada en las sombras, en los largos y oscuros pasillos, en las paredes despintadas o las maderas desconchadas… La imagen de un pasado caduco que desaparece agónicamente.

Entre estos dos niveles narrativos, testigo ocular, y en ciertos momentos motor narrativo de la historia, se encuentra el doctor Faraday. Los suyos son los ojos de la memoria sentimental, a través de ellos podremos comparar cuánto han cambiado las cosas en Warwickshire y en Hundreds Hall: los amplios terrenos ajardinados ceden espacio a las mastodónticas construcciones de hormigón, el esplendor de la economía rural deja paso a nuevas profesiones liberales con mayor capacidad de obtener ingresos y generar nuevos colosales patrimonios, o el gobierno acumula competencias y poder para transformar a un ritmo vertiginoso la realidad, mientras nuevos problemas asedian a las almas vetustas del “todo sigue igual”… cuando todo ha cambiado.

Un ambiente de confusión, de desconcierto y tinieblas, que se convierte, casi por casualidad, en la atmósfera idónea para trabajar con los mimbres de la literatura gótica. En un grado de intensidad y desconcierto crecientes, expandiéndose con la tranquilidad e inevitabilidad de las manchas de aceite, el miedo evoluciona in crescendo. Todo comienza con la repentina sinrazón de Roderick. Inicialmente justificada por una administración repleta de ingratitudes y por una pierna que le causa atroces dolores, él acabará descubriéndole al doctor Faraday que lo extraño de su comportamiento se debe a extraordinarios sucesos que lo acechan en el asombrosamente reducido espacio de su habitación.

En este punto, las coordenadas espaciales coincidirán con las coordenadas de la credulidad hasta que, convencidos todos de que fenómenos extraños tienen lugar, sea el pánico el que inunde la mansión. El ocupante nos muestra las mejores credenciales de Waters a través de un clímax de ritmo vertiginoso y un anticlímax propio de las mejores novelas de antaño, con una capacidad para manejar el ritmo desde la tradición más apegada al realismo hasta la narrativa más inquietante y oscura, desde la misma alma de los personajes hasta sus reacciones más impulsivas y viscerales, desde el contexto más general de una sociedad en profunda transformación hasta las entrañas más íntimas de una mansión del siglo XVIII decadente y misteriosa.

La nueva novela de Sarah Waters nos presenta con osadía una multiplicidad de frentes abiertos: el político, con valoraciones negativas poco disimuladas al gobierno británico de entonces; el sociológico, con la emergencia de una nueva sociedad de post-guerra capaz de dislocar las certezas y creencias hasta entonces todavía vigentes; la socioeconómica, donde la modernización y la pujanza de nuevas actividades productivas genera una radical dislocación en la estructura de clases; y la psicológica, con el retrato convergente de todas estas líneas en una psique personal y colectiva fuera de control.

La complejidad de tan ambicioso cuadro supone un reto del que Waters sale airosa en momentos de gran brillantez narrativa, al tiempo que algunas (pocas) veces parece perderse en prolijas descripciones de dudoso valor, o maneja a su metomentodo de Faraday con la escasa precisión de quién no sabe qué hace o adónde se dirige. Algo bastante probable cuando, ante retos de tamaña envergadura, uno observa que se tienen numerosas líneas argumentales abiertas, organizadas en una estructura narrativa repleta de matices, y ante la cual el equilibrio es la única salida posible. Si bien los mayores momentos de tensión, en la línea de la mejor tradición, consiguen que accedamos a un terror de alta intensidad, inquietante como pocos.

Quizás El ocupante no sea una de las mejoras obras de Sarah Waters, pero sí atesora en su seno la calidad y el compromiso suficientes para seguir consolidando la trayectoria y el nombre de una autora que, poco a poco, de forma tímida y silenciosa, se va consagrando como una referencia ineludible en la literatura contemporánea. Ahora nos queda esperar cuál será la próxima novela con la que, con toda seguridad, volverá a ser capaz de sorprendernos.