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La estación de observación solariana sobrevuela el inmenso océano protoplasmático. Ilustración del profesor Miguel Iturbe

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La de Impedimenta es la primera edición de Solaris en castellano directamente traducida del polaco.

Esta semana se cumplió el 50 aniversario del primer viaje de un ser humano al espacio. Y hace también medio siglo que Stanislaw Lem (1921 – 2006) puso al psicólogo Kris Kelvin en órbita alrededor de Solaris. La humanidad celebra, cinco décadas después, dos éxitos de la extinta U.R.S.S. y dos orgullosos productos de su época: una era de exploración y fascinación espacial.

No sabemos si Yuri Gagarin llegó a leer Solaris -a pesar de que Lem fuera uno de los autores más vendidos en el bloque soviético-, pero de haberlo hecho se hubiera encontrado ante un clásico de la ciencia-ficción que trasciende su propio género. Solaris es una novela compleja con toques de terror, investigación, aventuras, misterio y, sobre todo, de filosofía.

Narrada en primera persona, Solaris trata la llegada de Kris Kelvin, psicólogo y científico “solarista”, a una estación que orbita alrededor del único planeta con vida que la humanidad ha descubierto en sus años de exploración espacial: Solaris. Kelvin viaja hasta allí en respuesta a la llamada de socorro de Gibarian, un antiguo colega suyo que necesita su experiencia para desentrañar un misterio derivado de sus últimos experimentos. Cuando Kelvin llega a la estación se encuentra con que Gibarian ha muerto y que sus dos compañeros, el cosmonauta Snaut y el astrobiólogo Sartorius, presentan síntomas de locura.

La vida que habita Solaris nada tiene que ver con la raza humana. Un gigantesco ser parecido a un océano, con olas, mareas y en constante movimiento, ocupa toda la superficie del planeta. Este organismo vivo, que demuestra inteligencia y unas enormes capacidades, se ha convertido en un reto para los científicos terrestres, que llevan décadas estudiándolo sin llegar a comprenderlo.

Durante sus primeras horas en la estación, Kelvin investiga la muerte de Gibarian, pero pronto entra en el mismo estado paranoide de sus dos colegas. El psicólogo despierta en su habitación junto a su ex-mujer, Harey, muerta años atrás y ahora resucitada, que se comporta como si no hubiera pasado ni un día desde la última vez que se vieron. Kelvin descubre que Snaut y Sartorius también tienen visitantes y se propone averiguar de dónde vienen, por qué aparecen y, por último, cómo deshacerse de ellos.

Stanislaw Lem no era un escritor de ciencia-ficción al uso. Quizá el estar al otro lado del Telón de Acero, donde la ciencia-ficción no tenía demasiado predicamento, le llevó a desarrollar otros enfoques distintos a los que primaban en Occidente.

A pesar de que Solaris pueda considerarse como una obra de ciencia-ficción dura, en realidad al escritor polaco no le interesaba tanto plasmar con exactitud científica sus invenciones, como la posibilidad de investigar la mente humana. En Solaris, Lem ahonda en la percepción de la realidad a través de un único sujeto, Kelvin, que confuso y desorientado se cuestiona continuamente si lo que le rodea es real o producto de su imaginación.

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Nadie mejor que Stanislav Lem (1921- 2006) para celebrar 50 años más cerca de las estrellas.

Lem ha sido descrito como un autor solipsista, puesto que trata esta relación entre el yo y la realidad externa en varias de sus obras. Solaris es un buen ejemplo de ello. Al recibir la visita de su ex-mujer, la realidad racional de Kelvin se desmorona. Al igual que pasa con los personajes de Philip K. Dick (Ubik, El hombre en el castillo…), el protagonista de Solaris cae en el desconcierto.

Si Descartes luchó contra el solipsismo con la máxima “Dudo, luego pienso; pienso, luego existo” y se aferró a la existencia de Dios para demostrar que no estaba solo en el universo, Lem pone las matemáticas al servicio de Kelvin para devolverle la cordura y llevarle a aceptar la realidad sensorial.

La presencia de Dios es otro de los elementos claves en la ecuación de Solaris. El polaco no habla de un Dios omnisciente e infalible, sino que se plantea un ser imperfecto, “que ha creado relojes pero no el tiempo que ellos miden […], que quisiera librarse de la materia pero no puede”. La visión cientificista de Kelvin le lleva a identificar el inmenso océano, responsable último de los acontecimientos en la estación, con una deidad que sobrepasa los límites del entendimiento humano.

Este dios incomprensible, con el que los seres humanos no consiguen empatizar y al que la presencia de los hombres le resulta indiferente, se convirtió, a raíz de la novela de Lem, en un personaje recurrente en otras obras de ciencia-ficción. El cómic Aldebarán, de Leo, bebe abundantemente del océano de Solaris, así como el personaje del Doctor Manhattan en Watchmen (Alan Moore y Dave Gibbons), que se plantea muchas de las preguntas que lanza la novela y se acaba distanciando de su origen humano para convertirse en una suerte de semi-dios.

Entre los contemporáneos de Lem también gozaron de éxito otras “novelas de contacto” con algunas características similares. Cita con Rama y Cánticos de la lejana Tierra, ambas de Arthur C. Clarke, son dos de las más conocidas, pero fueron muchos más los escritores que reconocieron la influencia del polaco en sus trabajos. Ursula K. Le Guin nunca ocultó su admiración por el talento de Lem, a quien comparaba con Borges, y la Asociación de Escritores de Ciencia-Ficción de América le hizo miembro de honor a pesar de que sus obras no habían sido oficialmente traducidas al inglés.

Por su parte, el gran exponente de la ciencia-ficción soviética no profesaba demasiada admiración por sus colegas del otro lado del charco. Lem criticaba la ligereza de muchas de las novelas del género que triunfaban en Estados Unidos y sólo expresó su interés por Philip K. Dick, con el que compartía ciertas temáticas. El maestro americano del solipsismo, sin embargo, lejos de tener cariño a su homólogo polaco, hasta dudaba de su existencia. En 1974, probablemente víctima de sus episodios esquizofrénicos, Dick envió una carta al FBI en la que aseguraba que las obras de Lem eran creaciones de un comité comunista de Varsovia que pretendía controlar la opinión pública estadounidense.

Lem, que ejerció de profesor de literatura polaca en la Universidad de Cracovia, defendió el europeísmo literario, una cualidad que hoy parece haber heredado Andrzej Sapkowski (La saga de Geralt de Rivia), el nuevo prodigio de las letras en Polonia, y citaba entre sus maestros a escritores del viejo continente. Sin embargo, en sus obras también parece haber referencias a la literatura latinoamericana. Un vacío perfecto (1971) recoge una colección de críticas a libros imaginarios, tal y como hacía Borges, y en Solaris se inventa una disciplina científica y la riega con varios extractos de testimonios y documentos.

No sería justo acabar este paseo por Solaris sin mencionar las dos adaptaciones que el cine ha hecho de la novela. La primera, de Andrei Tarkovsky, consiguió el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes en 1972, mientras que la segunda fue una apuesta personal del estadounidense Steven Soderbergh 30 años más tarde. Lem no quedó contento con ninguna de las dos obras, demasiado centradas en la relación entre Kelvin y Harey y mucho más planas que la narración original, aunque siempre se negó a valorar la interpretación que daban los dos filmes. “Dejo esa tarea al lector”, invitó.