La sensación de desazón, el nudo en el estómago, la lengua seca o la garganta retorcida no son emociones fáciles de explicar. Como el miedo, nos conquistan y nos dominan desde dentro, estrujan nuestros corazones a traición, sin mediar previo aviso. De forma etérea en todo pueden asentarse, proviniendo desde cualquier lugar e invadiéndonos en cualquier momento. La vida nos tiene reservados instantes de desconcierto, inexplicables e inconmensurables, inolvidables e inaprehensibles.

Trasladar estas emociones a la creación literaria se ha encontrado permanentemente con la incapacidad lógica de transmutar la vida misma en el negro sobre blanco. Las fronteras de la lectura refrenan lo que debería ser una conquista relámpago y una victoria sin paliativos, reservando el pánico y el terror, el desconcierto y la inquietud, a los rigores de un género tan encorsetado en su canon que, no pocas veces, se ha visto caricaturizado y ridiculizado hasta la hipérbole.

La excepcionalidad ha recubierto a lo extraño en la literatura. Nombres, más que referencias o estilos, caracterizan el conocimiento popular de este género. Y, aún así, no están todos los que son, ni son todos los que están. Máxime en tiempos recientes, donde los clichés del canon vampirizan a las excepciones, permitiendo su permeabilidad dentro de la marea deforme e imprecisa del crossover, devaluando herencias y tradiciones.

En este contexto, la edición de Atalanta de Cuentos de lo extraño (2011), del ignorado e imprescindible Robert Aickman (1914-1981), supone un acto de justicia y un síntoma de esperanza. Justicia, por devolver al primer plano una de las figuras de lo extraño más importantes, y menos conocidas y reconocidas del siglo XX. Esperanza, pues la puesta en valor del riquísimo patrimonio ignorado son síntoma de una literatura con potencial y recursos suficientes para su recuperación. Iniciado el rescate con su relato “Páginas del diario de una joven”, ganador del Premio Mundial de Fantasía en 1975 e incluido en la magnífica antología Vampiros (Atalanta, 2010), sigue ahora con la traducción al castellano de su antología de relatos Strange Stories.

Al ser esta la traducción de una antología, tenemos que ceñirnos a los criterios del antólogo inicial, a su gusto y a su selección. Quizás por eso el lector no encuentre en este tomo ni los relatos más representativos de la obra de Aickman ni tampoco los mejores en calidad; máxime teniendo en cuenta lo irregular de una trayectoria en la que la literatura cedió no poco espacio a otros temas y manías personales. Sin embargo, contextos circunstanciales a un lado, las seis piezas contenidas aquí sí son un muestrario más que suficiente para dar idea de la amplitud de recursos, manejo de estilos y maestría en el uso de los tonos del Aickman creador.

En el descubrimiento de las constantes de este volumen, y de su conexión con el conjunto de su obra, el lector debe apreciar con especial atención tanto la configuración semántica de los espacios, como la determinación simbólica de la feminidad y el cuidadoso tratamiento a la figura de la mujer.

La ambientación y el espaciamiento trabajan colaborativamente en superar, e incluso en algunos casos subvertir, los corsés de lo previsible. Aickman entiende las posibilidades del extrañamiento como consubstanciales a la cotidianidad. Desde lo más corriente y natural, común y reconocible, es posible extraer nuevos significados capaces de liberar a la realidad de su certeza original, enviándonos con la velocidad del relámpago a las tenebrosas tierras de lo desconocido. Y es que todavía manteniendo en su contexto más común un viaje aparentemente intranscendente a una isla mediterránea (“El vinoso ponto”), a Venecia (“Nunca vayas a Venecia”) o al bosque (“En las entrañas del bosque”); o el continuo trasiego del ferrocarril (“Los trenes”), la comunicación telefónica (“Che gelida manina”) o una deteriorada casa de muñecas (“La habitación interior”); existen otras formas distintas al cliché con que romper significados.

La tradicional dualidad frío/calor o cerrado/abierto también abandona su polaridad. Lo cotidiano está en aquello que se percibe como exento de extremos e inalterado, homogéneo en su percepción y constante en su interpretación. La normalidad se imprime a través de la falta de novedades: lo permanente o lo desapercibido, lo constante o lo ausente. El extrañamiento se produce cuando lo nuevo aparece, la rutina se rompe o se volatiliza sin saber cómo ni por qué. Esta dualidad se transforma en los márgenes de un camino estrecho que todos recorremos en delicado equilibrio, cuya estabilidad es quizá el más poderoso de los imaginarios, como su inestabilidad la más común de las pesadillas. Aickman nos conduce con precisión y maestría por los finos límites que nos sujetan a un lado y a otro, en peligro permanente de caída, en inconsciencia constante de las muchas probabilidades de que ocurra. Lo extraño convive íntimamente en lo cotidiano.

La mujer se revela además como una figura omnipresente. La feminidad se construye en todos los relatos, sin excepción, en símbolo de la provisión (“El vinoso ponto”), de la protección (“Los trenes”), de la superación (“La habitación interior”), o el ideal (“Che gelida manina” o “Nunca vayas a Venecia”) o vital necesidad (“En las entrañas del bosque”) al que cualquier hombre, inconsciente o conscientemente, permanece prendado y dependiente. Incluso no estando la mujer situada en el centro, o la feminidad no sea una perspectiva evidente, la construcción de su rol se sitúa en todos los cuentos como una aspiración, una referencia, una necesidad para la comprensión plena del motor de la historia. Un retrato de sexo amplio, generoso, positivo y sutil como muy pocas veces se podrá encontrar, y que convierte la obra de Aickman en una creación todavía más extraña y extraordinaria de lo que el simple título anota.

El terror se disuelve en su universal: la inquietud. Un contexto en el que cualquier sensación es posible en cualquier momento. Sin duda, resultaría mucho más sencillo para un autor ceñirse a los rigores de lo oscuro y lo tenebroso, de la duda y el desconcierto, el caos y la sinrazón. Pero Aickman no es autor de gustos sencillos, ni de retos superables con el simple recorrido de los caminos de costumbre. Cuentos de lo extraño afronta con valor e inteligencia el transformar en pavor, en inquietud, en desconcierto, cualquier elemento en cualquier momento, de forma imprevista y casi sin que nos demos cuenta, a traición… ¡como debe ser! Éste es el síntoma de su maestría.