Nikopol es aún menos que nada, marioneta de un poder inefable; su aspecto físico, sus características somáticas, último reducto identitario ante la sofocación de las pulsiones personales y de las presiones culturales que sufre, se anula también. Su hijo, Nikopol, tiene su misma edad y, naturalmente, su mismo aspecto idéntico.

Recontextualizándose, Enki Bilal puede encontrar su doble, hallarse de nuevo a sí mismo allí donde antes nunca había estado. El doble como residuo de una vida pretérita, o no realizada, cuya incongruencia la marca la familiaridad que despierta (Das Unheimliche); los propios límites, somáticos incluso, se alteran y los viajes que se proponían cumplir se descubren como ya efectuados por tu (otro) yo: Nikopol hijo transita por los mismos escenarios que el padre pero con cierto retraso temporal, si bien es el padre el que ha llegado por último a ese tiempo-presente. Interesante símbolo para las relaciones centro-periferia, inestable relación dialéctica, desubicación de los territorios impuestos… y de la historia, entendida no ya como justificación del presente –tradición- sino como pasado en sí, que el ahora debe ajusticiar y reivindicar en sus secciones más frágiles. Y seguimos:

2025: Jill Bioskop consume píldoras de L.H.V. e investiga, periodista de riesgo, en Londres y Berlín. En su mano blanca como la cal aparece un rastro indeleble de sangre… recordatorio de los crímenes que ha cometido y que su cabeza sabe olvidar con química; nebulosa sintética, un estado átono de autosedación y ensoñación bestial; corre desbocada hacia el letargo opiáceo y así el delirio. Nikopol por su parte huye del sanatorio y requiere a Horus, que ha sido liberado por accidente de su cárcel astral; la nueva relación entre ambos aquí iniciada se explicará en el último volumen.

1986: Han pasado dos años desde los hechos narrados en el volumen anterior. La mujer trampa, quizá el menos sólido de toda la trilogía (Norma Editorial), establece el cambio de rumbo en el hacer de Enki Bilal. Mayor experimentación gráfica y guiones de intangibilidad deliberada. En un ejercicio de barroquismo, los personajes cada vez son más estáticos, de rostros impasibles, incluso todos se empiezan a asemejar entre ellos (ya no es Bruno Ganz, o más bien él es el arquetipo que surge de cada uno de los rostros). El amaneramiento de Bilal es incontrolable: la libertad del dibujante es total, ya famoso en aquella época, evidenciándose su intención de recubrir el conjunto con una película membranosa que desoriente al lector, que lo envenene adormeciéndolo, como les ocurre a sus protagonistas, quienes a medida que avance la historia carecerán de personalidad y matices característicos.

En La mujer trampa se fragua la irregular historia de amor entre Nikopol y Jill, de labios y cabellos azules, rescatada del torbellino sensorial al que ella acabará volviendo a recurrir, al final de los tres números. Los protagonistas no pueden aferrarse a nada, instalarse en ningún lugar, siempre perseguidos por la implacable pirámide suspendida en el azur. Tras haber liberado la ciudad-estado de París del régimen de Choublanc, Nikopol hijo es el líder izquierdista. Nikopol padre, por el contrario, va en busca de su esclavitud, de la eterna huida, va en busca de la banlieue.

Y los hombres repitieron lo que una vez fue escrito, e Iepe Rubingh, performer holandés, en 2003 organizó el primer torneo de chess-boxing. El deporte consiste en decidir un combate de boxeo, si no ha habido K.O. sobre el ring, mediante una partida de ajedrez. Los jugadores, aturdidos y magullados y aún con las manos vendadas, deben superar el esfuerzo físico anterior para concentrarse en anular la estrategia del rival y acorralar al rey. El campeón absoluto de este peculiar deporte es, coincidencia, Loopkin. De hecho, Frío ecuador (1992), que pone fin al relato del eterno viaje de Nikopol, ahora Loopkin, inspiró a Rubingh para patentar el chess-boxing, y además fue escogido mejor libro del año (de todos los géneros) por la revista francesa Lire.

En él la nebulosa alcanza el África del 2034: El Cairo y Ecuador-City, ficticio centro místico e imprevisto hábitat polar (sólo desde 2021) en la línea del ecuador. La atmósfera esponjosa, los hilillos blancos, se tornan emanaciones deletéreas, recreación del autor en los efectos de color, en densidades ambientales, en texturas y efectos climáticos… moscas, sangre, tormentas eléctricas. Nikopol hijo perseguirá la verdad sobre la relación de Loopkin y Jill, madre ahora de un vástago indescriptible, cuyo padre es Nikopol padre pero cuya semilla es de Horus, que la fecundó a través de su avatar humano: en realidad el protagonista es un signo vaciado, sin contenidos ni acciones, incluso la partida de chess-boxing Loopkin la vence poseído por los poderes divinos de Horus.  Sin historia, sin narración, en un momento nulo de la significación, -en el cómic- los recursos de los seres humanos para hallar orden son vanas y constantes mediciones con escalas, sistemas de grados de cálculo, códigos y patrones que pretenden descifrar, desentrañar y abrirse paso a través de la Niebla.

Con Frío ecuador Enki Bilal llevó a término su propio viaje. Ya instalado en París, reconocido como una de las referencias cruciales del cómic europeo contemporáneo, se permitió vender los derechos de la Trilogía Nikopol para el mediocre videojuego Nikopol: Secretos de los inmortales (2008) de Got Game Entertainment, y se permitió también rodar una olvidable película de semi-animación, él como director y responsable artístico, basada en los dos primeros volúmenes de la trilogía y titulada Inmortel (ad vitam), estrenada en Francia en el 2004. Bilal deja de ser el yugoslavo emigrado y se instala en la Metrópoli. Ha acabado su viaje y muy atrás queda “la partida brutal”, el “verdadero desarraigo”. Aún así, en su posterior tetralogía El sueño del monstruo se referirá a los hechos de la guerra de los 90 en los Balcanes, pero ya desde la distancia del Centro que asiste como espectador crítico e independiente. Su juicio político se refleja en sus últimas obras: “me ha asqueado la actitud de los europeos, en especial el apresuramiento de Alemania a reconocer la soberanía de Croacia, precipitando el hundimiento de Yugoslavia”; y un –buen- consejo al Tribunal de la Haya: “No están de un lado los buenos y del otro los malos”.

La trilogía Nikopol ilustra la “época nebulosa” que vivió a su llegada y primeros años en París. Plagado de pequeños detalles desestabilizadores de cadencia hostil y monomaniática, repeticiones, paramnesias… El paso de Horus por su cuerpo le ha lesionado el cerebro y le ha pervertido la dicción; como regalo del Dios al único terrestre que ha podido soportar la estancia en su cuerpo, Nikopol padre recibe la inmortalidad y la completa desmemoria para que pueda partir desde cero; redunda en su condición de significante vacío y puede verse como una metáfora de esa acomodación del antiguo emigrado en la ciudad de acogida que ha sabido olvidar(se) y eliminar la extranjerización a cambio de vaciarse y convertirse en nadie. Las últimas páginas del turbador y envolvente Frío ecuador son desoladoras pero, a la vez, establecen una nueva situación que no afecta a los personajes. Todos engañados, todos felices; el lector omnisciente es el único y desencantado testigo. Este es el otro factor que hace de esta una obra típicamente europea post-guerra (post-Balcanes en este caso), que versiona para la ciencia-ficción elementos narrativos de los autores de la melancolía (Joseph Roth, W. G. Sebald, cada uno describiendo su post-conflicto)

Cuando Nikopol regrese, no lo habrá hecho realmente, sin pasado y sin lugar; y en el ciclo diacrónico volverá a ver a sus conocidos, como Jill, amnésica por voluntad propia, que ya no lo serán. Dicen: “Encantada de haber tenido la impresión de conocerle…”, “El gusto habría sido mío”.