Con Tim Powers (Buffalo, Nueva York, 1959) llegó el steampunk, o casi, porque si bien no lo inventó —la patente la tienen K. W. Jeter y Michael Moorcock (este último, en Warlord of the Air, 1971)— sí que lo configuró en sus definitivos trazos. En Las puertas de Anubis, Powers introdujo tecnología moderna en la edad victoriana, abriendo así la caja de Pandora: desde ese momento, el steampunk ha sido rama omnipresente del fantástico inventado (no decimos escrito ya que ha trascendido la propia literatura, convirtiéndose también en objeto de deseo de otras manifestaciones artísticas).

Las puertas de Anubis es la primera gran novela de su autor. Y también la primera en ser tutelada por un editor profesional. Antes de este punto de inflexión, Powers había publicado un par de obras (la más importante de las cuales es Esencia oscura, de 1979) inmisericordemente mutiladas cuando fueron presentadas a la imprenta. Este libro tuvo mayor suerte. Fue un éxito absoluto, de crítica, de público, de galardones: Powers logró alzarse con el segundo premio Philip K. Dick en 1984, algo más que un honor para quien fuera íntimo amigo y asiduo del círculo del enfant terrible de la ciencia-ficción, fallecido sólo dos años antes tras una larga vida de excesos. Según cuenta Powers, Dick llegaría a escribir una página del libro, presa codiciada desde entonces por estudiosos y aficionados.

La entrada triunfal de Powers en el panteón de lo fantástico se produjo con una novela que distorsiona la bonhomía de la obra de Charles Dickens, el aventajado observador y retratista de las miserias del diecinueve británico. El americano va más allá, ofreciendo una versión alucinada, terriblemente violenta, salvaje, del epicentro del Imperio (y del Imperio en sí mismo) inglés. Britannia rules the waves, de eso no cabe duda, pero, bien porque los tiempos y los hábitos se han transformado, o porque el concepto de moral ha dejado de ser pilar social, o quizás porque Powers tiene un sentido del humor de color betún, Inglaterra, y Londres con ella, son ahora escenarios demenciales, pesadillescos, en los que no es extraño encontrarse con licántropos cambia-cuerpos, homúnculos mágicos o payasos psicópatas. Precisamente, Horrabin, el asesino payaso, es una vuelta de tuerca despreciable del hampón judío Faggin, maestro callejero de Oliver Twist, así como Jacky (o Elizabeth Jacqueline Tichy) es el reverso de tantas heroínas dickensianas.

Jacky es un buen ejemplo de lo enrevesada que es la trama preparada por Powers: chica de buena cuna por nacimiento, abandona su estrato social para perseguir, disfrazada de mendigo (en masculino), a Joe Cara de Perro, el licántropo (antes, hechicero egipcio) que cambia de cuerpo y que terminará siendo huésped de esa carcasa humana llamada Brendan Doyle, protagonista por desgracia divina. El argumento no es sencillo, y se entrelaza una y otra vez, hasta ser una enmarañada madeja que pende de un finísimo hilo del que Powers va tirando con una solvencia admirable. Así, todo casa a la perfección, no hay puntada sin hilo, detalle menor ni casualidad manifiesta. Como en una novela de Agatha Christie, van dándose pistas que permiten al lector aventurar el rumbo de la historia y sorprenderse incluso cuando los abundantes golpes de guión certifican aquello que ya se había intuido con bastante anterioridad. Las puertas de Anubis es un prodigio narrativo, un barullo aparentemente caótico sostenido, amén de por un talento descomunal, por la firmeza y sangre fría de la pluma del autor.

Lo más desconcertante, con todo, no es lo que cuenta Powers, sino la reacción de Brendan Doyle y de buena parte del elenco principal. Los personajes aceptan su destino con total resignación, como si verse privados de su cuerpo y tener que habituarse a otro distinto, por ejemplo, sea lo más normal del mundo. El destino de Doyle parece sellado por una providencia maligna que le somete a un sinfín de horribles tormentos. Uno de los rasgos de las novelas de Powers es el maltrato sistemático al que somete a sus protagonistas: el asedio a Brendan Doyle alcanza cotas de sadismo inhumano que terminan por desquiciar al timorato profesor de literatura inglesa. Conforme va enloqueciendo, va haciéndolo también el argumento: las páginas finales acaban siendo un puro delirio que converge en un sobrecogedor epílogo, que ata todos los cabos no sin antes arrojar el último y seguramente más inquietante interrogante.

Las puertas de Anubis es, indiscutiblemente, un descenso a los más profundos infiernos psicológicos y materiales. No es una novela agradable, ni complaciente, ni agradecida, pero tiene ese poder magnético que poseen los libros que cambian la vida de quien los lee, al saber hacerse inolvidable e imprescindible. Sólo las más excepcionales obras son capaces de revolucionar las convenciones de todo un género. Por eso Las puertas de Anubis es prácticamente un género propio.