La-ciudad-del-grabado-K-J-Bishop

El editor de Bibliópolis eligió un detalle del Estudio para Bénédictine, del pintor checo Alphonse Mucha para ilustrar esta portada.

En 2003 la australiana K. J. Bishop escribió La ciudad del grabado, por la que ganó varios premios (incluido un bien otorgado Horror Guild), y en la que levantó un universo que no ha cesado de revisitar —en formato breve— desde entonces. Luis García Prado estuvo rápido al introducirla en el selecto catálogo de su editorial Bibliópolis, tan llena de rarezas y de obras maestras.

A la mente del lector de fantasía vienen inmediatamente, con sobrado fundamento, ecos de La estación de la calle Perdido, de China Miéville, y de Pilar Pedraza. La ciudad del grabado es genuinamente posmoderna: sus vívidas escenas se incrustan con gran facilidad en el subconsciente, donde pasan a reinar como pesadillas. Bishop comparte con la autora toledana el rasgo gremial que caracteriza a los escritores con formación artística: ese estilo sugerente, evocador, que es piedra de toque de la narración. Una cierta autoridad moral en materia de bellezas debe asistir a los narradores-artistas cuando en todas sus obras hay abundante decadencia. O putrefacción. Lo bello parece ser una máscara, una fatua impostura, que no engaña a los expertos. Mervyn Peake lo dejó claro para el resto de sus seguidores-profetas.

Quiere la posmodernidad erigirse como elemento de denuncia del exceso, de la insatisfacción que produce la rutina, del modo de vida que se ha impuesto como patrón. Por eso necesita representar al progreso no como un avance sino como un estigma: Ashomoil, la ciudad del grabado, la capital del relato, es la representación del triunfo efímero y volátil de lo humano, de lo material, frente a lo natural. Su propio nombre ya lleva implícita la ruina (ash es en inglés ceniza, y la ceniza es, a su vez, alegoría recurrente de abandono y desidia), y su mera existencia, la condena. La ciudad-estado (tan flamenca, tan italiana) de Ashomoil debe subsistir diariamente a su propia depravación, a la selva tropical que rodea sus murallas —tributo a lo siniestro de El corazón de las tinieblas— y al smog, la nube de polución que tiñe su cielo.

The-Etched-City-K-J-Bishop

Portada(2003) de La ciudad y el grabado (The Etched City), de la editorial inglesa Prime Books. La ilustración es de la propia K. J. Bishop.

Como las de Pedraza, es esta una novela sobre monstruos y sobre lo monstruoso. En ella, los personajes no se comportan con un ápice de humanidad, están pervertidos, muertos por dentro. Sienten emociones y algunos hasta son capaces de enamorarse con ardor, pero el amor es causa, consecuencia y síntoma de malestar, de enfermedad. A Gwynn, el pistolero protagonista, le conquista una enigmática mujer de nombre Beth Constanzin con un dibujo de una esfinge y un basilisco, símbolos del secreto, de la duplicidad, del misterio. Un retrato que equivale a traumas, a sufrimientos, a perdición.

Bishop tiene ciertamente una pluma privilegiada que se mueve entre lo subyugador y lo desconcertante, sin desmerecer lo bonito. Los personajes están muy bien construidos, en especial los femeninos (Beth pasa de la extravagancia al delirio sin perder un ápice de su fascinación; Raule, la enfermera, es una distorsionada voz de la conciencia que rehúsa ejercer de ejemplo moral); los elaborados diálogos esconden vetas del Allá lejos de Joris-Karl Huysmans y de la poesía decadentista francesa; las descripciones son estallidos de color que desmienten al cadavérico conjunto.

La estructura de la obra es atrágica, es decir, no es una tragedia a pesar de respetar algunas de sus convenciones. No hay redención de los héroes, no hay aprendizaje, ni siquiera hay recompensa, ya que de lo contrario habría vida. Pero como La ciudad del grabado es precisamente una negación a cualquier atisbo de vida (esperanza, optimismo), lo único que hay es una aspereza tan árida como el desierto del País de Cobre, seguro homenaje al inhóspito paisaje australiano. Tiene que ser en este escenario, proemio de la obra que podría entenderse casi como relato aislado, donde los hombres ejerzan de sombras, los héroes de bellacos y los instantes felices tengan gusto amargo.

Beth, con obsesión maníaca, sostiene que “el arte es la creación consciente de fenómenos numinosos”. “En casi todo lo demás —prosigue— con lo que los pobres humanos de hoy están llenando el mundo veo una supresión de lo numinoso, un apagamiento del fuego del mundo. Estamos creando un mundo inerte; estamos construyendo un cementerio”.