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Portada de la edición conmemorativa de El último unicornio (Martínez Roca)

Peter S. Beagle (Nueva York, 1939) se ha ganado su pedacito de cielo en la fantasía literaria gracias a El último unicornio (1968; Martínez Roca, 2008). Dicha novela, que empezó a gestarse en 1962, goza de una gran respetabilidad en el género, pero sus inicios no fueron fáciles: al escritor le costó creer en el proyecto; le avergonzaba y le parecía una tarea “deleznable e ingrata”. Sólo cuando se convenció de haber escrito algo bueno pudo reconciliarse con él.

Beagle lamenta, en el prólogo a la edición especial conmemorativa (que es la de Martínez Roca manejada para elaborar esta reseña), que El último unicornio le obligase a retorcer y exprimir su imaginación, a sacar lo mejor y lo peor de sí mismo. En ese prólogo de reconciliación, en el que perdona todos los dolores y padecimientos, lo más relevante que hace es proclamar con orgullo su condición de autor de fantasía: “Es preferible reservar la creación de literatura fantástica a aquellos que no tienen nada mejor que hacer, como demuestran los cuentos de hadas de escritores por lo demás talentosos […]. No se trata tan sólo de la dificultad de hacerlo bien […] lo que más cansa es que, por más que lo consigas, tu único mérito será haber escrito una fantasía […]. Yo me siento igual, digno hijo de mi época crítica”.

Es esta sinceridad, omnipresente en cualquier esquina de su obra completa, la que otorga una identidad única al libro. El escritor no oculta el hecho de haberlo escrito para sí mismo, lo que resulta obvio al observar la peculiar galería de personajes, ecos de sus gustos, inquietudes y miedos, y también al tararear las constantes cancioncillas (brotan a razón de una por capítulo, más o menos) que lo saturan. No es raro, por tanto, que parezca, en tramos abundantes, un secreto críptico del que el lector desconozca la clave. Además, al particularizar tanto se incurre en un gran riesgo, el de que lo que se cuenta termine empalagando. Así ocurre, por desgracia, en más ocasiones de las que serían razonables.

Al lector le cuesta reprimir su extrañeza. Beagle se apoya en símiles y descripciones más personales que universales, con lo que dificulta la inmersión en su mundo fantástico. Por ejemplo: “[…] Tocó a la unicornio con una mano fría como una nube” o “[El rey Haggard] es un anciano tan mezquino como finales de noviembre”. El narrador se diluye para dar paso al bardo, al repetidor de historias orales que debe encontrar en su entorno las ayudas para ilustrar su relato. Debido a su faceta de juglar, va a dar una exagerada importancia a pequeñas narraciones alternativas (al estilo de El Quijote), que, lejos de aportar algo mínimamente novedoso o enriquecedor, logran lastrar la lectura y afear algunos de los instantes más bellos del libro.

Estos momentos de belleza poética surgen solos, porque Beagle tiene una enorme sensibilidad que aflora cuando toca hablar de sentimientos. La soledad, el odio, la tristeza, el amor son tanto o más protagonistas del relato que el mago Schmendrick o Molly Crue. Es más, existe una correspondencia entre estos sentimientos y los personajes, lo que facilita la construcción, desde el fondo de sus almas, de sus personalidades: Haggard representa la soledad; el hechicero patán, la tristeza (o frustración); Lyr, el amor que todo lo puede; el Toro Rojo es símbolo del odio.

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Fotograma de la película El último unicornio (1982), de los ilustradores Jules Bass y Arthur Rankin, autores también de una versión animada de El hobbit (1977) y de El retorno del rey (1980).

Precisamente, es el Toro Rojo, antagonista absoluto, la más fascinante de las creaciones de la novela (aunque Beagle reconoce explícitamente cuál es el origen de su monstruo, no es descabellado suponer como punto de partida de esta idea la inconsciente referencia al episodio mitológico en el que Jasón y sus argonautas se enfrentan a dos toros que escupen fuego desde sus hollares). Es a él a quien se le dedican algunas de las más consistentes frases: “Era de color sangre, pero no de la sangre que brota del corazón, sino de la que palpita de una vieja herida que nunca se ha cerrado del todo”. Es el Toro un ser pesadillesco, como todos los villanos que moran en las páginas de las obras de Beagle; no obstante, incluso en su maldad despiadada e irracional hay posos del cariño que pone el autor en todos sus trazos, en cada uno de sus textos.

El último unicornio fue película animada en 1982 (el guión era del propio Beagle) y luego tuvo una continuación en Dos corazones (2005), una historia más en la línea de Tamsin (1968) —seguramente la opera magna de Beagle—, protagonizada por una niña de nueve años llamada Sooz, ideal del coraje y de la inocencia.

Sooz se desplaza a Hagsgate, el pueblo sobre el que se eleva el castillo de rey, para implorar su ayuda a la hora de poner fin a la amenaza de un grifo. Dos corazones se lee igual de rápido que su predecesora y, como ella, sigue siendo un popurrí de canciones, cuentos, supersticiones y mitos amalgamados con poca armonía. Lo peor es, no obstante, la insoportable ñoñez que lo contamina todo y que acaba transformando el relato en una auténtica cursilería.