Ilustración realizada por Eduardo de Jevenois para Fabulantes

En todas las listas de novelas imprescindibles y de autores imperdibles de la ciencia-ficción, se mire por donde se mire, se busque por donde se busque, y a pesar de la heterogeneidad en gustos y manías propias de cada uno, todavía hay constantes que señalan la unanimidad y marcan la posibilidad de acuerdo alrededor de varias obras maestras. Las estrellas mi destino (Gigamesh, 2009), de Alfred Bester (1913-1987), es una de ellas.

Inseparable de su otra gran obra, El hombre demolido (1953), insigne opera prima del autor norteamericano, forma un tándem cuyo objetivo no desentona con una de las grandes líneas del género en la década de 1950: la exploración social y personal a través de la creación literaria, proyectando atmósferas y temas a partir de las otrora transgresoras reglas de la ciencia-ficción –a golpe de tratamiento ritualista casi convertidas hoy en cliché–. Con el mérito añadido, en el caso de Bester, de realizar esa exploración desde una originalísima perspectiva psicológica que consiguió dotar a sus personajes de una vitalidad, personalidad y fuerza aún hoy saboreada con deleite por cualquier lector de estas obras.

El sabor a clásico de Las estrellas mi destino nace de su planteamiento: la venganza se convierte en el motor de cambio para la personalidad del Hombre Medio que era Gulliver (Gully) Foyle, quien, tras ser dejado en el espacio por la nave Vorga T-1339, desamparado ante una suerte próxima a la muerte, sobrevive con la necesidad de hacer pagar su vileza a quienes lo abandonaron a tan mortal destino. Todas sus decisiones y acciones estarán orientadas a esta causa sin saber que, con los cambios ocurridos en su personalidad, será un hombre muy distinto y con una misión muy diferente el que finalmente emerja de todas las vicisitudes sufridas y atravesadas durante la novela.

Habitualmente comparada con El conde de Montecristo (1844-45) va, sin embargo, mucho más allá de la novela de Dumas. Pues aunque sí es verdad que ambas poseen argumentos análogos y personajes principales de clara similitud, también es cierto que Bester crea toda la novela desde una perspectiva mucho más rica que la de su referente francés. Las aventuras dejan paso al retrato psicológico de un hombre que, a partir de una fortaleza adormecida, potencialmente capaz de superar situaciones prácticamente insuperables para ese “hombre medio” con el que emparenta por actitud vital, rompe su cascarón y se transforma en un hombre capaz casi de conseguir cualquier meta personal y colectiva que se proponga o tuviere a bien asumir.

El final de la novela, también analizado habitualmente por la crítica como sorpresivo o inesperado, fugaz o emocionante, no es si no –desde este punto de vista– el coherente resultado de un proceso de descubrimiento personal. Las estrellas mi destino vuelve a distanciarse de la obra de Dumas al obviar la redención, la ruptura con el “ego” anterior y la creación de un “nuevo yo”, para adoptar aquí la forma de una evolución, de un autodesarrollo capaz de reorientar y trascender el “ego” originario hacia una meta vital clara, positiva y funcional respecto a una idea del ser y del estar en la sociedad –de la que el “ego” carecía y motivo por el que se sumía insistente e inadvertidamente en la apatía del “hombre medio”–.

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Cubierta ilustrada por Noriyoshi Ohrai para una edición japonesa de Las estrellas mi destino.

Originalmente serializada en 1956 en la revista Galaxy magazine. Apareció por primera vez como novela en el Reino Unido baje el titulo de Tiger! Tiger! – en referencia al poema de William BlakeThe Tyger“, cuyo primer verso figuraba en la primera página del libro de Bester. La novela es conocida generalmente bajo ese titulo en aquellos circuitos en donde se difundió está edición.

Por otro lado, Alfred Bester dibuja un entorno bastante más complejo que el tan manido de estrato y clase social. La clase sigue siendo un factor de relevancia, por supuesto, pues explica el poder de control que tienen las personas o los clanes a partir de su sentido de pertenencia y posibilidad de dominación. Pero no es la clase la que toma los mandos de la explicación en la trama, sino el poder y sus consecuencias. Desautorizando un tratamiento  habitual como aquel que concede poder a las personas en función de su lugar en la estructura social (otra vez Dumas), y dando mayor empaque a ideas contemporáneas según las cuales el poder se adquiere/conserva en base a lo que se es capaz de conseguir –de hecho, Foyle acumula poder desde la individualidad perdida en el espacio hasta el apoteosis final de la novela–.

El jaunteo [transporte instantáneo de un lugar a otro basado en la exclusiva voluntad del viajero] rompe las reglas de relación social basadas en el territorio, creando una imagen y construyendo una idea de pseudoglobalización anterior en varias décadas al nacimiento del concepto, y en un lustro a la idea iniciática de McLuhan de una “aldea global”. Rompiendo con los límites, fronteras y muros que por entonces jalonaban el planeta. Ofreciendo ideas y abriendo los ojos a realidades hasta entonces impensables o terroríficas –para no pocos, que tenían en aquellas barreras su esperanza en contener al diferente–. Presentando su idea del mundo, la idea de la sociedad sobre la que pivota el “ego” contenido de Foyle que sólo al final se manifiesta.

A estas notas muchas cosas más se le podrían añadir: la imaginación desbordante, el lenguaje directo y sin contemplaciones, los diálogos chispeantes y por veces absolutamente surrealistas, o el mérito de evitar caer durante la mayor parte del tiempo en el anacronismo casi inevitable en el que insistentemente incurren las novelas (¡sobre todo de ciencia-ficción!) de su misma longevidad. Y todo ello, aún así, poco más aclararía sobre una obra tan maravillosa e intensa que necesita ser leída para poder ser descubierta en toda su inmensidad.

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Alfred Bester