Mihály Zichy
‘kísértetek órája’
The Ghost Hour, 1880

Algernon Blackwood,
el maestro de lo sobrenatural.

Ofrecemos en exclusiva, y a modo de adelanto, el nuevo prólogo de Jesús Palacios (cedido para la ocasión) a la reedición de Valdemar de John Silence, investigador de lo oculto, que se publica este mes, y que incluye todas las aventuras sobre el detective paranormal de Algernon Blackwood que se enfrentó a toda clases de monstruos a base de pentáculos y otras artes arcanas.

“…permítame añadir que todavía no me he encontrado con un problema que no sea natural, y que no tenga una explicación natural. Es sólo una cuestión de cuánto conoce uno… y cuánto está dispuesto a aceptar.”

Algernon Blackwood, La némesis de fuego.

I

D os grandes maestros de la literatura de lo extraño, M. R. James y H. P. Lovecraft, se mostraron siempre extremadamente cautelosos acerca del recurso a lo esotérico y a la Ciencias Ocultas en la praxis del cuento de horror. Auténticos ingenieros del relato de fantasmas en la estela de Poe, un exceso de explicaciones racionales (o seudo-racionalistas, si se prefiere), de terminología paranormal y parafernalia ocultista, les parecía contraproducente, algo que desterraba el misterio y la ambigüedad fundamentales para la creación de una efectiva atmósfera ominosa y terrorífica, lastrando la acción de la historia con innecesaria verborrea experta, a menudo críptica y antiestética. Unas pinceladas de esoterismo podían ser justas y necesarias, aportando cierta dosis de verosimilitud a la más descabellada fantasía, pero un abuso de las mismas acabaría por tener el mismo efecto que un pintor de brocha gorda que intenta plasmar una miniatura y lo emborrona todo groseramente. En términos generales, tiendo a estar perfectamente de acuerdo con esta postura, y a menudo puede apreciarse que algunos escritores del género como Dennis Wheatley, Seabury Quinn o Sax Rohmer, por no hablar de otros que como Madame Blavatsky o Aleister Crowley procedían directamente del medio ocultista pero también cultivaron la ficción fantástica, dañan su ritmo narrativo y poder terrorífico con digresiones menos que más justificadas, llenas de retruécanos y lugares comunes esotéricos, a veces abundando incluso en molestos errores de bulto que en lugar de beneficiar el realismo de la narración despiertan la desconfianza y el rechazo del lector mínimamente conocedor de la materia.

Pero siempre hay una excepción a la regla –seguramente hasta habrá una excepción a esta regla excepcional–, y en este caso, pese a la opinión ligeramente reprobatoria de Lovecraft (quien por otro lado también declara su admiración por la mayoría de sus obras en las páginas que le dedica en su conocido ensayo El horror sobrenatural en la literatura), tiene un nombre propio: Algernon Blackwood

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Let the beauty
you love be what you do…
Ilustración de
Ashley Wood

Defiance Ilustración de Hugh Ebdy

II

Justamente considerado uno de los grandes del relato fantástico y de terror moderno anglosajón, Algernon Henry Blackwood (1869-1951) pertenece a esa estirpe británica especialmente significativa y esencialmente elegante que fraguó en el cambio del siglo XIX al XX los elementos constitutivos principales del cuento de fantasmas y la literatura de lo extraño contemporánea. Casi a la par que M. R. James, W. W. Jacobs, Arthur Conan Doyle, Henry James, E. F. Benson, William F. Harvey o Hugh Walpole, pero, muy especialmente, junto a lord Dunsany, Arthur Machen, Robert W. Chambers, M. P. Shiel y William Hope Hogson, Blackwood sentó las bases de una narrativa fantástica y asustante que introducía la tradición gótica victoriana en el meollo de la modernidad, dando el paso definitivo entre los viejos espectros vengativos y ensangrentados, con aires de melodrama isabelino, y los ectoplasmas, poltergeists y criaturas elementales o fenómenos extraños pertenecientes no a la esfera de lo sobrenatural en sentido estricto, sino más bien de lo metafísico, metapsíquico y seudocientífico, procedentes de dimensiones o niveles de realidad invisibles para el ojo humano, pero no por ello menos reales y «naturales». Es, por tanto, uno de los principales artífices del cuento de terror «materialista», en el sentido de que sus fantasmas, demonios o seres aparentemente fantásticos no son en realidad sino criaturas o epifenómenos de otros órdenes distintos de la creación, que al ser humano se le aparecen como manifestaciones divinas o infernales, debido a la distancia física, espiritual y mental que nos separa de ellos, pero en verdad perfectamente explicables e inteligibles en sus propios términos de realidad, cuando se tienen las claves adecuadas, los conocimientos del Iniciado, que permiten acceder precisamente a esas otras realidades superiores (o inferiores), que escapan a la percepción del hombre normal y corriente.

Sin embargo, hay que tener sumo cuidado al emplear el término «materialista» respecto a la obra no sólo de Blackwood, sino de la mayoría de sus compañeros de viaje ya citados. Nada podría estar más lejos de la sensibilidad del creador de John Silence que el materialismo. Imbuido de la atmósfera espiritual y mística de su tiempo, en abierta rebeldía contra el rampante triunfo del maquinismo propio del apogeo de la Revolución Industrial, Blackwood, como Machen, Yeats o Doyle, profesa una auténtica fe en la naturaleza trascendente del ser humano, y encuentra en las ciencias modernas, en los sorprendentes avances de las matemáticas, el psicoanálisis, la física cuántica, la microbiología y la astrofísica, o en descubrimientos e invenciones como la telefonía, la confirmación de que ese mundo espiritual que la religión ha intentado convertir en su patrimonio exclusivo, repartiéndolo a diestro y siniestro según sus oscuros designios e intereses, poco o nada espirituales, es una realidad objetiva más allá de la vulgar existencia cotidiana que nos rodea y oprime, a la que puede accederse con la apropiada actitud y evolución psíquica, y que no es también sino la mística y fabulosa realidad intuida por los mitos clásicos y el folclore popular, las creencias mágicas, tradiciones y leyendas ancestrales, el sustrato universal que se esconde en toda religión originaria y, en definitiva, ese Otro Mundo que se encuentra más allá del físico y material, más allá del velo de maya.

Un orden superior y trascendente al que estamos destinados de una u otra forma, y que imbuye e insufla con su hálito todo lo que existe. Todas las manifestaciones, terribles o hermosas, malignas o maravillosas, que irrumpen en nuestro universo, rompiendo brutal o sutilmente el tejido de la realidad cotidiana, provocando nuestro horror y fascinación, a menudo inseparables, proceden de ese dominio superior (o de otros inferiores igualmente inasibles), y son prueba irrefutable de su existencia. Por tanto, el materialismo de Blackwood lo es solo en relación a la naturaleza primitivamente religiosa e incluso supersticiosa del viejo cuento de fantasmas, que todo lo achaca a Dios y al Diablo, a demonios o espectros vengativos, maldiciones y hechizos, engaños y ficciones interesadas de la religión organizada y sus secuaces, mientras que el moderno Iniciado lo entiende y explica, a la luz aportada por la revolución científica, en términos propios del Espiritismo, la Teosofía, el estudio de lo paranormal, el panteísmo neopagano, la magia ritual entendida como Ciencia Oculta y las tradiciones místicas tanto orientales como occidentales.

Aunque Algernon Blackwood, como Machen, Lord Dunsany, Shiel o Chambers, está justamente considerado uno de los antecedentes directos de H. P. Lovecraft y, especialmente, de sus universalmente conocidos Mitos de Cthulhu, hay una diferencia fundamental con éste, que explica también el ligero rechazo del Maestro de Providence hacia el estilo narrativo del primero: lo que para Lovecraft es solo parafernalia ocultista que utilizar como artefacto técnico que aumente o dote de mayor poder terrorífico a sus ficciones, y por demás casi siempre explicable en términos, aquí sí, estrictamente materiales y materialistas (los dioses y monstruos de H. P. L. son fundamentalmente criaturas alienígenas tan físicas como nosotros, por más que sean inmensurables, indescriptibles, repulsivas y poderosas en un grado superlativo), es para Blackwood una parte indisoluble del relato, que funciona como exposición ficcional pero sincera de sus ideas espirituales y metafísicas. Frente al nihilismo fatal y desesperanzado de Lovecraft, nuestro autor mantiene una actitud optimista última, incluso ante los horrores más siniestros y los más arcanos terrores, de fe en la existencia de un progreso espiritual constante y un equilibrio cósmico que aunque poco o nada tiene que ver con las ideas religiosas ortodoxas del más allá, pone de manifiesto la necesaria realidad de un orden superior.

Debt to the Deathless
Ilustración realizada por
Seb Mcknnon

Ilustración realizada por Jordi Solano para Fabulantes

III

No debe chocarnos demasiado la actitud abiertamente espiritual de Blackwood, que no sólo no le impide evocar literariamente los miedos más profundos y los terrores más sutiles y escalofriantes, sino que, contraviniendo las consejas de M. R. J. y H. P. L., le permite inusualmente dotarlos de un mayor y más poderoso sentido de lo siniestro, que atrapa al lector y le acompaña durante mucho tiempo una vez terminada la lectura de sus obras. Porque Algernon Blackwood fue un auténtico aventurero tanto en el plano místico como en el físico. Un viajero que se vio en todo momento envuelto en una intensa búsqueda espiritual, sin por ello perder nunca de vista un pragmático sentido común y un elegante sentido del humor sanamente británicos, que le convierten en una de las figuras más sorprendentes y extrovertidas de un panorama habitualmente poblado por autores malditos, tortuosos y torturados. Nacido en las postrimerías del siglo XIX, el creador de John Silence, amante de la Naturaleza salvaje y los mitos clásicos, del pasado legendario y las tradiciones ancestrales, se convertirá también en autor de best-sellers, estrella de la radio e incluso pionero de la televisión, que no dudó en utilizar para, con lógica implacable, divulgar sus ideas y relatos fantásticos.

Criado en Shooter’s Hill, una zona antaño perteneciente al condado de Kent y hoy ya parte de Londres, su padre, un acomodado funcionario de correos, era un hombre de profundos y excesivamente rectos sentimientos religiosos, que intentó inculcar en su hijo, enviándole al cumplir los quince años a estudiar, entre 1885 y 1886, en una comunidad protestante regentada por los Hermanos Moravos en el interior de Alemania, en Königsfeld, el recuerdo de cuya severidad y austera educación es precisamente evocado con siniestra ambigüedad en su relato “Culto secreto” (incluido en esta edición). No cabe duda de que este empeño paterno en llevar por el recto camino de la cristiandad al joven Blackwood influyó decisivamente… en sentido inverso. Este no tardó en sentir un temprano interés por la mística oriental, el hinduismo y el budismo, así como por el Espiritismo, pero sobre todo en desarrollar un profundo panteísmo neopagano, una adoración por la Naturaleza como receptáculo de una divinidad difusa y omnímoda, que, por supuesto, no carece de aspectos tan oscuros y pánicos como cautivantes, lo que reflejó magistralmente en joyas del relato macabro como Los sauces, Lobo corredor, El Wendigo, El hombre al que amaban los árboles o, dentro de la serie de Silence, “El campamento del perro”.

Según confesión propia, a los veintiún años, Blackwood era una especie de virgen disfuncional: no había tocado el alcohol ni el tabaco, pisado un teatro o las carreras, los billares o jugado a las cartas. Aunque no lo dice, se adivina que tampoco había conocido mujer. Todo eso iba a cambiar cuando en 1890 decidiera abandonar Inglaterra para instalarse en Canadá, donde se convirtió en granjero, cazador y, finalmente, llegó a regentar un hotel, arruinándose varias veces en el proceso, pero cayendo rendido ante las inmensidades del frondoso paisaje canadiense, que le serviría de escenario para muchas de sus historias. Después de su experiencia en la vida salvaje, el traslado a Nueva York, donde malvivió residiendo en casas de huéspedes, compartiendo cama, comiendo patatas fritas y panecillos empapados en salsa para matar el hambre, empeñando y desempeñando su abrigo para aguantar el invierno y tener algunas monedas a la vez, le pareció un infernal contraste, y, como más tarde Lovecraft y antes Machen, desarrolló un profundo desprecio por la sordidez y el materialismo de la vida en las grandes urbes. Finalmente encontró un trabajo de reportero en el New York Evening Sun, que le enseñó el lado más sucio de la profesión periodística, pero que al menos, con su magro sueldo de tres dólares semanales, que redondeaba traduciendo obras del alemán y del francés, le permitió sobrevivir algo más holgadamente y asistir a las reuniones de la Sociedad Teosófica, frecuentando también librerías, bibliotecas y la compañía de otros periodistas y escritores, si bien él distaba mucho de considerarse todavía a sí mismo como tal.

En 1899 retornó por fin a su Inglaterra natal, pero sólo para iniciar un largo periodo de vagabundeo por Europa, viajando y practicando el montañismo –como hiciera en otra escala Aleister Crowley–, visitando Italia, Francia, España, Austria, los Balcanes y Suecia. Los veranos de 1900 y 1901 los dedicó a recorrer el Danubio, experiencia que luego reflejaría en Los sauces, para recalar finalmente en Suiza, donde fijó su residencia. Años atrás, poco antes de su partida, se había convertido en miembro de una de las ramas de la original Golden Dawn, la más célebre sociedad mágica y ocultista británica del periodo, al igual que hicieran otros literatos como Yeats, la amiga de éste, Maud Gonne, el astrónomo y autor de historias de brujería Brodie-Innes, a su vez buen amigo de Stoker, y el galés Arthur Machen, quizá el escritor de ficción fantástica con el que guarda más similitudes en muchos aspectos, tanto literarios como vitales.

Fue durante una de sus breves estancias en Inglaterra cuando, por consejo de un buen amigo, Angus Hamilton, se decidió a enviar a una editorial el fruto de sus esfuerzos como narrador. El resultado fue la publicación de un primer libro de relatos, The Empty House and Other Ghost Stories (1906), al que seguiría The Listener and Other Stories (1907), alcanzando finalmente un éxito notable y sorprendente con John Silence, Physician Extraordinary (1908), donde reunió las aventuras de su más conocida creación, el médico del alma e investigador del mundo psíquico John Silence. A partir de ese momento y hasta poco antes de su fallecimiento, Blackwood se convirtió en prolífico autor no sólo de relatos de ficción sobrenatural para revistas como Pearson’s Magazine, The Strand, The Pall Mall Gazette, Lloyd’s, The Morning Post, The Occult y un larguísimo etcétera que llega hasta la mismísima Weird Tales, sino también de novelas místicas y esotéricas, de aires simbolistas, alquímicos, paganos y cabalistas, como The Human Chord (1910), The Centaur (1911) o The Garden of Survival (1918), entre otras, libros infantiles como The Extra Day (1915), Sambo and Snitch (1927) o The Fruit Stoners (1934), además de multitud de historias románticas, cuentos de crimen y misterio, un libro de memorias acerca de su juventud, Episodes Before Thirty (1923), que no hace referencia alguna a sus experiencias psíquicas, mágicas o paranormales tanto en la Golden Dawn como en el no menos célebre Ghost Club, al que también perteneciera, e incluso obras teatrales como The Starlight Express (1915), adaptación en colaboración con Violet Pearn de su novela A Prisioner in Fairyland, de 1913, cuya música incidental sería compuesta ni más ni menos que por James Elgar. Durante la Primera Guerra Mundial, Blackwood serviría primero en la Cruz Roja, para pasar más tarde a trabajar en el Servicio Secreto dirigiendo una red de agentes en Suiza y Francia, engrosando así la lista de autores de ficción ocultista que han desempeñado alguna función en el no menos oculto mundo del espionaje, como Hanns Heinz Ewers, Dennis Wheatley o el propio Aleister Crowley.

Pese a que la mayoría de aficionados y conocedores de su obra, incluyendo a su biógrafo Mike Ashley, coinciden en señalar que nunca volvería a alcanzar las excelencias literarias de sus primeros libros de relatos, entre los que destaca especialmente este que reúne las aventuras de John Silence, lo cierto es que la popularidad de Blackwood fue creciendo con el tiempo, gracias especialmente a que supo ganarse un nuevo público a través de la radio, convirtiéndose en narrador de audio-dramas basados en sus propios relatos a partir de 1934 –alguno de ellos puede escucharse todavía en viejas grabaciones que pululan por Internet, y resulta realmente curioso y hasta escalofriante escuchar la voz del fantasma radiofónico de uno de los autores de cuentos de fantasmas más famosos…–, y, después de sobrevivir al Londres derruido por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, en pionero de la televisión, narrando sus historias en alguno de los primeros programas literarios de la BBC. Su última colección de relatos fantásticos originales, The Doll and One Other, fue publicada en 1949, mientras que sus memorias serían reeditadas con nueva introducción del autor y más ilustraciones en 1950. Un año después, Blackwood fallecía con 82 años de edad, tras haber vivido una existencia sin duda plena, rica y repleta de experiencias, tanto normales como paranormales, tanto físicas como metafísicas, sin despreciar nunca su pertenencia a todas las esferas de la creación. Las que están a nuestro alrededor y las que nos rodean invisibles, por arriba y por abajo, entretejiéndose con el universo tangible sin que seamos capaces de percibirlas la mayor parte de las veces. Escritor, periodista, viajero, deportista, aventurero, fue también un genuino investigador de lo Oculto, casi precisa y exactamente como su personaje más popular, alter ego reconocido del autor, y del que nos ocuparemos ahora.

Ilustración de
Ashley Wood

Smaug Ilustración de John Howe

IV

Puede que John Silence no sea exactamente el primer detective de lo Oculto, pero si se permite a un viejo aficionado al género que sabe más por aficionado que por viejo expresar libremente su opinión, es el mejor. Le precede, desde luego, la seminal figura del Dr. Martin Hesselius, afortunada creación de Joseph Sheridan Le Fanu, que inspirara también a su vez el personaje del Dr. Abraham Van Helsing, la némesis del Drácula de Bram Stoker. Como ellos, Silence es un doctor, un médico del espíritu, a quien mueven por demás ideales altruistas que poco o nada tienen que ver con el trabajo de un detective privado o no de razón. Pero a diferencia de la mayoría de sus colegas, la creación de Blackwood posee una peculiaridad que le es de ayuda fundamental para resolver sus «casos»: genuinos poderes psíquicos, que le permiten moverse a veces en el plano astral donde se libran las batallas por el alma de quienes acuden en su busca, así como mantener un contacto telepático o ultrasensible con sus clientes y con las fuerzas que les acosan. En este sentido, se parece más a un personaje del cómic moderno como el psicodélico Dr. Extraño, recientemente llevado a la pantalla (2016), que a colegas posteriores como Carnacki, el Duque de Richeleau o Jules de Grandin, quienes aunque sabios conjuradores e Iniciados, carecen, o al menos no han desarrollado en la misma medida, de las dotes psíquicas de nuestro personaje. Si bien lógicamente desprovisto de la parafernalia y el exótico vestuario del héroe de la Marvel –aunque no le son ajenos los secretos de poderosos estupefacientes alteradores de la conciencia como el hachís (el de entonces, claro)–, en varias de sus aventuras, como “Una invasión psíquica”, “La némesis de fuego” y “Culto secreto”, no resulta difícil imaginarle luchando en el medio astral en medio de tormentas de energía y visiones psicodélicas.

Por cierto que Blackwood, que no se privó tampoco de escribir con cierta frecuencia excelentes relatos de crimen y misterio que darían a su vez para varias antologías, también basó algunas características de Silence en el inevitable Sherlock de Conan Doyle, pero pese a las apariencias, se me antojan más las diferencias que las similitudes: nuestro médico del alma evidencia una mayor empatía con sus clientes, que son para él verdaderas víctimas, enfermos desahuciados por el resto de posibles médicos y doctores, hasta el punto de que sólo les queda la esperanza de acudir a un doctor de lo imposible, que el genial detective de Doyle. Aunque a veces se hace acompañar por un servicial y entregado ayudante, Hubbard, quien también se ocupa ocasionalmente de narrar sus aventuras, éste es un personaje errático, no siempre presente ni de gran importancia. De hecho, al contrario que en el canon establecido por el binomio Holmes (héroe narrado) y Watson (ayudante narrador) e imitado hasta la saciedad, los relatos de Silence varían su voz narrativa según el caso, estando unos en primera persona, otros en tercera y combinando en algunos distintas perspectivas, al incluir una narración dentro de otra, como en “Antiguas brujerías”. Es posible que esta indecisión por una u otra voz e incluso el sorprendente cambio de registro que ofrecen a veces entre sí los siete relatos del ciclo obedezca al hecho de que, en principio, se trataba de historias sobrenaturales con personajes ocasionales y diferentes, a las que Blackwood decidió dotar de un mismo protagonista, unificándolas así para su publicación en un solo volumen.

No podía haber tomado una decisión más acertada. Aunque algunas de las historias de Silence ya habían aparecido en revistas, su publicación en 1908 en un solo tomo, compuesto entonces por seis cuentos, le consagró de inmediato y para siempre como maestro del género, ganándole incontables seguidores, admiradores e imitadores. ¿Qué es lo que hizo y sigue haciendo de John Silence, investigador de lo oculto un libro tan fascinante e irrepetible? Bien mirado, Silence dista mucho de tener la personalidad exuberante y divertida de Jules de Grandin, el detective ocultista de Seabury Quinn. Sus casos son menos espectaculares, en términos esotéricos y terroríficos, que los protagonizados por Carnacki, el cazafantasmas de William Hope Hodgson, y desde luego resultan mucho menos trepidantes y exóticos que las aventuras del Richeleau de Dennis Wheatley o las desquiciadas y deliciosamente absurdas hazañas del Harry Dickson de Jean Ray, por no hablar de los personajes pergeñados por otros autores como Sax Rohmer, Manly Wade Wellman, Robert E. Howard y un largo etcétera, entre el gótico eduardiano y la explosión del pulp. La respuesta es, en realidad, muy sencilla: la exquisita pluma de su autor, su capacidad para describir poéticas ensoñaciones fantásticas, para crear atmósferas de amenaza que se funden y confunden con un agudo sentido de la maravilla inextricablemente entretejido con la realidad, su preciosismo en absoluto cargante o gratuito al construir con prosa evocadora a la vez que precisa escenarios naturales que se tornan sutilmente en sobrenaturales, penetrando al tiempo en la psicología del miedo y la extrañeza de sus personajes, cuyos pasos se pierden entre dimensiones, atravesando imperceptiblemente los abismos del tiempo y del espacio, moviéndose entre una realidad soñada y la ensoñación de nuestra realidad.

En las aventuras de John Silence, sin duda una de las cumbres de la literatura de Blackwood en particular y del género fantástico en general, no importan tanto los ingeniosos argumentos y enigmas, a veces no muy difíciles de resolver por parte del lector, ni la personalidad sobriamente altruista y un tanto cargante de su protagonista, como el sentido delicadamente sensual y esteticista de la descripción del que hace gala su autor. Fanático de la Naturaleza, que conocía y sentía íntimamente con matices, como ya se ha señalado, panteístas y paganos, Blackwood es capaz de insuflar en sus paisajes agrestes y boscosos una frondosidad netamente literaria que los pone casi delante de los ojos internos del lector, invitándole a sumergirse en ellos hasta perderse y terminar rodeado de una naturaleza viviente, bullente también de otra vida espiritual y mágica, secreta, amenazadora y fascinante al tiempo, como ocurre en “La némesis de fuego”, “Culto secreto” o “El campamento del perro”. Pero lo mismo puede decirse de sus descripciones urbanas y, sobre todo, de su evocación de viejas ciudades perdidas en la no menos vieja Europa, con sus misteriosas calles y callejas, sus catedrales y edificios seculares, poseídos a su vez por una vida interior secreta y desconocida, preñada de presagios ominosos pero encantadoramente siniestros a la vez. Por eso el mejor relato de John Silence, y uno de los mejores relatos fantásticos de todos los tiempos, “Antiguas brujerías”, apenas necesita de la participación de su supuesto héroe, quien actúa aquí tan sólo como oyente y exégeta de la extraña aventura de su apocado protagonista real. Obra maestra del terror ancestral, brujeril y folk, de prosa sinuosamente felina, puede leerse una y mil veces saboreando con cada una de ellas un nuevo y distinto matiz de lo onírico, fantástico e inquietante, dejándonos engatusar por el autor y sus poderes de evocación mágica, cayendo bajo el hechizo de su ciudadela medieval poblada de peligrosos pero fascinantes espectros y sombras del pasado. Historia de amor fou y femme fatale a la que uno gustaría sucumbir, su modelo y estructura narrativos tienen algo también de inusualmente moderno, casi kafkiano, que la emparenta definitivamente con joyas del mismo aroma como la película El hombre de mimbre (The Wicker Man, 1973) de Robin Hardy –adaptación de esta estupenda novela-, o la deliciosa serie infantil para niños raros Los chicos de Stone (Children of the Stones, 1977). Sólo por este cuento ya habría pasado merecidamente Blackwood a los anales de la mejor literatura fantástica y macabra de todos los tiempos.

¿De dónde surge este poder onírico de la mejor prosa de Blackwood? ¿Esta capacidad evocativa que me atrevo a llamar mágica en sentido literal, que caracteriza los mayores logros de la serie de John Silence? Pues, contraviniendo definitivamente las advertencias de M. R. James y Lovecraft, de la profunda convicción ocultista y mística de su autor, emparejada, claro está, con su talento literario y habilidad narrativa. Tal y como señalara una reseña de la reedición de John Silence. Physician Extraordinary en 1914, que incluía ya el séptimo y sorprendente relato “Una víctima del espacio superior”, escrito para la ocasión, «Algernon Blackwood es el primer escritor que avala efectivamente el renacimiento de la maravilla a la luz de la ciencia moderna. Escribe sobre Ocultismo en términos de psicología del siglo XX. Su héroe, John Silence, es un Sherlock Holmes del alma, cazando y abatiendo los fantasmas de la obsesión prenatal. Y John Silence, según el testimonio de otros libros de su autor, es el propio Algernon Blackwood. El conocimiento secreto de los Rosacruces en las yemas de sus dedos» (Current Opinion, 1914).

En efecto, la mayoría de argumentos y, sobre todo, descripciones que figuran en sus relatos, tienen uno o varios rasgos autobiográficos, se inspiran en alguna de sus muchas aventuras y experiencias personales, a las que añade después el elemento fantástico de manera tan progresiva y natural, que éste se inscribe perfectamente en lo cotidiano, haciendo tambalearse nuestra percepción del mundo a gusto del autor. Espiritualizándolo elegante y sutilmente, poblándolo de sombras amenazadoras y grietas entre dimensiones, hasta conseguir que creamos en lo imposible y veamos lo invisible. Como ya señalamos, “Culto secreto” evoca (con una venganza) el colegio de los Hermanos Moravos en el interior de la Selva Negra, al que Blackwood fuera enviado por su padre y donde pasó casi dos años en su adolescencia; “Antiguas brujerías” se inspira en la ciudad francesa de Laon, con su catedral de orejas gatunas, descubierta casualmente por el autor y sus compañeros de viaje al abandonar inopinadamente un tren abarrotado para acabar pasando dos noches en el pintoresco Auberge de la Hure en, según el propio autor, «una atmósfera infestada de brujas». Por supuesto, “El campamento del perro” evoca una auténtica acampada veraniega en una de las singulares islas del Báltico, en compañía de otros cinco excursionistas… Estas son las experiencias materiales de las que parten los relatos, pero, ¿y las otras?

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Machine Sabbath Ilustración de Ashley Wood

V

Nunca quiso Algernon Blackwood referirse con detalle a sus experiencias psíquicas o paranormales en sus escritos autobiográficos, entrevistas o artículos. Sabemos por el historiador del Ocultismo Israel Regardie, miembro él mismo de la Stella Matutina, una de las sociedades ocultistas heredera de la Hermetic Order of the Golden Dawn in Outer, que se inició en una de las ramas de ésta hacia 1890 más o menos (la fecha exacta es difícil de precisar), lo que confirma también el estudioso del tema Ellic Howe. Sabemos que como miembro del Ghost Club, compuesto por toda suerte de intelectuales abiertamente interesados en el dominio de lo psíquico, investigó personalmente casas encantadas, poltergeists y otros fenómenos inexplicables. Sabemos que durante su estancia en Nueva York y posteriormente a lo largo de su vida y viajes frecuentó la Sociedad Teosófica, la Sociedad Rosacruz y otras asociaciones místicas, espirituales y espíritas. Pero todas las experiencias reales con lo «sobrenatural» que pudiera haber acumulado durante esta extensa y duradera relación con el mundo de lo Oculto, prefirió volcarlas siempre en forma de literatura fantástica, haciendo que resulte muy difícil discernir dónde acaba la ficción y empieza la realidad. O, al menos, algún tipo de realidad.

No es éste, desde luego, el lugar apropiado para abordar un debate acerca de la existencia objetiva o no del mundo espiritual, de otras esferas o dimensiones de la existencia, y de las criaturas o fenómenos que asociamos a éstas. Tengo la impresión de que el propio Blackwood, como cualquier artista sensible a las posibilidades de lo imposible, se sentía a menudo dividido entre un cierto escepticismo desencantado y la abierta necesidad de creer en un vislumbre, al menos, de lo ultramontano. Quizá obedeciendo a ese espíritu equívoco prefiriera por ello reflejar sus profundas inquietudes espirituales a través del menos comprometido formato de la ficción ocultista, donde (im)precisamente se dan cita las especulaciones esotéricas y metafísicas con su realización puramente literaria, que a nada compromete en definitiva. Sin embargo, su caso no es tampoco el de Machen, quien acabara repudiando a la Golden Dawn y denunciando con desprecio a sus vendedores de humo místico y elixires mágicos, ni mucho menos, como ya se dijo, el del ferozmente materialista Lovecraft. Todos sus relatos fantásticos y, muy especialmente, los protagonizados por Silence, reflejan un profundo y respetuoso acercamiento a lo Oculto, que implica, como mínimo, una relación especial con éste. Y seguramente, según creo, un contacto directo y personal con determinadas experiencias de lo trascendente y espiritual que, bien fueran objetivas o subjetivas, cargan de autenticidad, convicción y verosimilitud las manifestaciones y descripciones de lo sobrenatural que aparecen en su obra.

La exquisita descripción de la relación de los animales con lo invisible, especialmente de perros y gatos, que ocupa la mayor y mejor parte de “Una invasión psíquica”, pero que también oficia como importante elemento de “Antiguas brujerías”, “El campamento del perro” y otros cuentos ajenos a Silence como El valle de las bestias, sólo puede ser fruto de una aguda observación real y directa del fenómeno, enriquecida sin duda por la prosa del autor, pero producto también sin duda de experimentos formales con la participación de sujetos animales (me atrevo a asegurar, conociendo el profundo amor de Blackwood por la Naturaleza, que «ningún animal sufrió daño o maltrato alguno durante la confección de estos relatos», no se preocupen). También la pormenorizada evocación de los efectos del consumo de hachís en estado puro que aparece en el mismo “Una invasión psíquica”, así como otras alusiones a sustancias alucinógenas que gotean golosas por varios de sus cuentos, parecen más que meras referencias literarias, reflejo de experiencias reales del autor con drogas alteradoras de la conciencia. Sea o no así, estoy convencido de que Blackwood «sentía» vivamente la presencia de lo invisible a su alrededor, como algo más que un mero subproducto mental invocado voluntariamente en busca de inspiración creativa: «Para escribir un relato de fantasmas –confiesa en el prólogo de 1938 a La casa vacía (Siruela, 1989)– debo sentirme antes “espectral”, estado que no puede suscitarse artificialmente». Reconozco que esta convicción acerca de la experimentación directa de Blackwood con otra u otras realidades invisibles, procede de un episodio personal que me voy a permitir referir brevemente, pues supone en mi opinión la confirmación casi absoluta de lo expuesto, y es igualmente pertinente para reconocer cómo en el caso de nuestro autor su relación íntima con lo Oculto es fuente primordial del poderoso efecto de su ficción.

Hallándome hacia 2009 o comienzos de 2010 trabajando en el libro La Bestia en la pantalla. Aleister Crowley y el cine fantástico, por encargo de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, sumergido por tanto hasta el cuello no sólo en la teoría y praxis de la magick crowleyana, sino en todo el ambiente esotérico y alucinado de su tiempo, contemporáneos y seguidores, cierta madrugada en la que había permanecido trabajando intensamente hasta hora tardía, habiendo consumido además una cantidad quizá inapropiada de una de las sustancias a las que era adicto el propio Crowley, tras acostarme en mi habitación, y mientras trataba de conciliar un sueño que se negaba a ser profundo, traduciéndose más bien en inquieto duermevela, limbo onírico entre la vigilia del dormitorio completamente a oscuras y una pesadez somnolienta que me arrastraba lentamente a la inconsciencia, tuve literalmente una visión de lo que cierta parte de mi cerebro reconoció como una suerte de seres inter-dimensionales, ajenos por completo a la naturaleza humana. Esto fue lo que vi: «…saliendo de aquel mar creciente de sombras, brotó una luz pálida y espectral que paulatinamente se extendió a nuestro alrededor, y desde el corazón de aquella luz vi las formas de fuego apiñarse y reunirse. Y no eran formas humanas, ni formas de nada que reconociese como vivo en este mundo, sino perfiles de fuego que se asemejaban a glóbulos, triángulos, cruces y los cuerpos luminosos de varias figuras geométricas. Se hicieron brillantes, palidecieron, y luego volvieron a hacerse brillantes con un efecto casi de palpitación». Esto fue, repito, lo que vi exactamente, solo que quien lo describe aquí es, claro, Hubbard, el fiel ayudante de John Silence, en las páginas del relato “La némesis de fuego”. Es decir, Algernon Blackwood.

Por supuesto, soy muy consciente del abanico de argumentos perfectamente racionales que pueden esgrimirse para explicar este episodio alucinatorio, producto del cansancio, el consumo de estupefacientes y la obsesión compulsiva por un tema de naturaleza fantástica y esotérica. Entre ellas, una favorita de todos los tiempos es la de que se trataría simplemente de un recuerdo inconsciente reprimido de mi primera lectura del relato de Silence, que afloraría rescatado por mi alucinado cerebro para la ocasión, habiendo olvidado, por supuesto, su procedencia. Lo cierto es que soy incapaz de recordar si había leído o no entonces este cuento concreto del libro, pero puestos a invocar racionalizaciones, me resulta más verosímil y, al menos, mucho más interesante, la mía propia. Tanto los personajes de Blackwood –y él mismo, posiblemente– como yo aquella extraña noche, a través de un canal abierto en nuestra psique por medios artificiales o por una especial sensibilidad de nuestra conciencia agudizada por éstos, entramos en contacto con formas arquetípicas, genuinos «elementales», procedentes de un inconsciente colectivo universal, alimentado por la existencia de una realidad objetiva y separada de nuestra experiencia consciente por su propia naturaleza inhumana, carente de propósito, personalidad u objetivos definibles o cognoscibles para nosotros. La estructura geométrica de estos seres responde, desde luego, a la propia estructura esencialmente geométrica del tejido mismo de la realidad, bien conocida por la ciencia de los fractales y otras teorías matemáticas modernas confluyentes.

Con este episodio no quiero decir, en absoluto, que Blackwood ni mucho menos quien esto suscribe hayamos entrado en contacto con lo verdaderamente supra-natural, con otra dimensión o dimensiones, en caso de que existan. Tan sólo constatar a través de una anécdota personal y muy verídica lo próxima que está la capacidad narrativa de nuestro autor, especialmente en los relatos consagrados a John Silence, a rozar la experiencia literal de lo inefable, se trate tanto de una experiencia subjetiva como de una improbable pero auténtica excursión momentánea al reino de lo psíquico y espiritual. En el fondo, esto carece de importancia, ya que nadie puede ni debe creer lo que le cuentan, sino tan sólo valorar qué efecto produce en su propia imaginación. Es en este sentido en el que Blackwood triunfa sobre los prejuicios de Lovecraft o James, y sobre la torpeza de muchos otros cultivadores de ficción ocultista: en sus mejores páginas, como en “Antiguas brujerías” o “El campamento del perro”, el lector sensible no se encuentra leyendo meramente una historia de terror o fantasía asustante y entretenida –que siempre lo son, afortunadamente–, sino reencontrándose a sí mismo, explicándose en términos inesperados, rescatándose de un pasado individual y colectivo no por soñado menos auténtico. Ante descripciones tan envolventes, atmósferas ancestrales tan cargadas de erotismo, escenarios tan realistas y al tiempo alucinados como los que desfilan por las páginas de las aventuras de John Silence, nos sentimos absortos, hipnotizados, incluso abducidos hacia el interior de una vorágine de sueños, deseos y vidas pasadas, imaginarias o no, de una increíble belleza y realismo, a menudo terroríficas pero siempre cautivantes, gracias a su encantada prosa mesmérica y sensual. No me cabe duda de que las excursiones y acampadas de Blackwood a orillas del Otro Lado debieron ser tan frecuentes y fecundas como aquellas que le llevaran a los lagos canadienses, las islas del Báltico o las riberas del Danubio.

Parafraseando por última vez al propio Blackwood, todos llevamos nuestras investigaciones en un «mundo de sombras», entre meros símbolos de una realidad que puede ser concebiblemente «mental o espiritual», pero que es, en todo caso, desconocida, si no incognoscible. Al volver a leer las aventuras de John Silence me he encontrado a mí mismo viajando desencarnado por los abismos del tiempo y el espacio, persiguiendo siempre la misma fugaz sombra que aparece y desaparece eternamente ante mí, encarnación tras encarnación, con su enigmática sonrisa de esfinge, reviviendo el mismo drama original una y otra y otra vez… La diferencia entre los relatos de Silence y los del resto de sus colegas detectives de lo Oculto es que estos respiran una autenticidad esotérica profunda, una inquietante belleza arcaica y salvaje, melancólica, sensual e inasible, que exuda el erotismo mudo de pasiones sin límite ni fecha de caducidad, elegante y sutilmente puesta de manifiesto por una prosa poética no exenta de sentido del humor, donde la acción y la aventura no aplastan el sentido de la maravilla y la magia, negra, blanca o de todos los colores del arco iris, funciona de alguna extraña forma, al tiempo que la sobria erudición del Iniciado, personificada por Silence, pareciera aportar alguna luz al final del túnel haciéndonos un poco más llevadera la existencia. Al fin y al cabo, ¿por qué no pensar que somos todos fantasmas de un cuento de Blackwood, que retornan a la vida sólo cuando alguien abre sus páginas, volviendo a leernos y llenándonos nuevamente así de pasiones, miedos y deseos con sus propios anhelos? Sería tan hermoso…

Witches Ilustración de Seb Mckinnon

Witches Ilustración de Seb Mckinnon

Referencias
Bibliográficas

Ashley, Mike: Algernon Blackwood: An Extraordinary Life. Carroll & Graf, 2002.

Blackwood, Algernon: La casa vacía. Siruela, 1989. Reedición en 2003.

– El valle perdido. Siruela, 1990.

John Silence, investigador de lo oculto. Valdemar, 2017

Culto secreto y otros relatos. Alianza, 2006.

Howe, Ellic: Los magos de la Golden Dawn. Kier, 1990.

Lovecraft, H. P.: El horror sobrenatural en la literatura. Valdemar, 2010

Llopis, Rafael: Historia natural de los cuentos de miedo. Júcar, 1974.

VV. AA.: Los vigilantes del más allá (Antología de detectives de lo sobrenatural). Valdemar, 1990.