Ilustración realizada por Lucía Serrano 

Salman Rushdie vuelve a sus orígenes en Dos años, ocho meses y veintiocho noches: abandona la frustración desesperada, la “ira”, que le embargó tras Los versos coránicos y la amargura post-11-S para postularse como un recopilador de historias. En su obra, el arte de contar se vuelve eje narrativo y da nuevos argumentos para el premio Nobel, al que es eterno candidato.

Cada vez que Salman Rushdie (Bombay, India británica, 1947) publica, algo se mueve en el mundo editorial. Tras sus archiconocidas desavenencias con el islamismo ortodoxo y la fatua contra su vida, se convirtió en un adalid de la libertad de expresión. Una libertad que ya había ejercido antes con valor cuando publicó su magnífico retrato de la India mítica ahora perdida en Hijos de la medianoche (1981) o su todavía imprescindible ensayo La sonrisa del jaguar (1987) sobre la Nicaragua sandinista. Ambos textos son comentarios sociales, análisis directos de una comunidad que él diseccionaba y criticaba a través de su pluma. Pero algo cambió para siempre en su obra cuando en Los versos satánicos (1988) trató la figura de Mahoma con esa misma libertad.

Desde entonces, a la nostalgia orientalista y a la agudeza intuitiva, a la inteligencia y al romanticismo característicos de Rushdie, hay que sumarle una defensa explícita de la libertad de expresión que introdujo, con mayor o menor habilidad, en todas sus obras posteriores. Una nueva perspectiva incorporada a su proyecto intelectual personal de analizar las relaciones entre Oriente y Occidente, comprobando las dificultades por las que atraviesa su constante e irresoluto intento de encaje, y centrándose en el relato y en las historias como el mecanismo existencial a través del cual las distintas mitologías culturales acababan reunidas bajo el paraguas unitario de la humanidad. Así es como Rushdie entiende y explica que todos nosotros seamos, aun con nuestras diferencias irreconciliables, miembros de una misma humanidad.

La libertad conecta en Rushdie directamente con la diferencia, con la pluralidad y con la diversidad. De forma que no se trata (sólo) de ser distintos -la diferencia-, ni siquiera de ser muy distintos o de ser distintos de formas muy diferentes unos de otros -la pluralidad-, sino de convivir pacífica y comprehensivamente con todas y cada una de esas diferencias en igual grado y sin preferencias o exclusiones entre ellas -la diversidad-. Este pensamiento se ve reflejado en su obra a través de sus personajes, sobre todo principales, observando cómo, en su conexión con la trama, realizan un camino ético inverso al del tolerante: en Rushdie surgen del sentido universal de lo humano para conectarse después con el sentido concreto de su cultura y sociedad particulares.

En Dos años, ocho meses y veintiocho noches (Seix Barral, 2015; originalmente publicada en ese mismo año) tenemos, hasta ahora, la más equilibrada y coherente novela elaborada por el autor británico, un nuevo esfuerzo por mostrarnos a través de su literatura este su mensaje de conciliación y libertad.

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El escritor anglo-indio Salman Rushdie

El escritor angloindio Salman Rushdie

La Duniazada como metáfora

Dos años, ocho meses y veintiocho noches comienza con una historia de amor entre dos seres, y dos mundos, muy diferentes entre sí. Por un lado, está Dunia (nombre que significa “el mundo”), la joven yinnia y bella princesa del Reino de las Hadas, heredera del reino del Monte de Qâf. Por otro lado, está el maduro y ajado filósofo Ibn Rushd, más conocido por el sobrenombre latino de Averroes. Entre ellos se yergue un amor y una pasión sin límites de cuyo sexo desenfrenado nacen una infinidad de hijos, tantos y tan distintos que reciben el nombre colectivo de “la duniazada” (“la gente del mundo”). Una tribu invisible e ignota, jamás consiciente de su naturaleza dual (mitad humano, mitad yinni) que acaba desperdigando el paso del tiempo.

Un amor tan grande permanece, incluso, con el paso de los siglos. Ocho, en concreto, cuando ambos vuelven a encontrarse. Pero el motivo no es, ni mucho menos, el deseado por los dos. Los enemigos de ambos, el poderoso yinn oscuro Zumurrud Shah y el filósofo Al-Ghazali, han establecido un pacto para la imposición de la ley de Dios a la humanidad a partir del miedo y la violencia. En cuanto se entera, Dunia despierta a Ibn Rushd de su descanso eterno para notificárselo y pedirle consejo sobre cómo proceder en el conflicto venidero, que será conocido como La Guerra de los Mundos. Una lucha dialéctica entre la razón y lo irracional, entre el País de las Hadas y los yinni oscuros, entre el amor y el miedo, entre la paz y la violencia, encarnados en los partidarios de Dunia o Zumurrud, respectivamente.

La gran diferencia entre ambos bandos, a pesar de todas las demás, estriba en aquello que los une y los define como miembros de una facción. Ambos bandos se definen de forma muy distinta en cuanto a su vínculo con lo espiritual y lo material. Este análisis crítico de fondo sobre la íntima relación entre lo material y los defensores de la palabra de Dios a través de la violencia le sirve al narrador para, en distintos puntos de la novela, llevarnos a hablar del terrorismo yihadista, del precio de sus vidas ante el suicidio, de la facilidad con que se puede prohibir lo desconocido… entre otros subtemas o temas secundarios presentes y contemporáneos, a pesar del tiempo difuso de la narración. La Duniazada se define como un deber ser, como una idea comunitaria basada en el amor, como una unión de las personas por encima de las diferencias, donde lo bueno de cada uno se superpone a los defectos gracias al respecto hacia el conjunto.

Portada
de Dos años, ocho meses y veintiocho noches

 

Ilustración de Kristian Llana

Un homenaje a las historias

La trama de esta novela es como una matrioska, donde una leyenda alberga en su interior a otras historias, y éstas a otras, y así sucesivamente hasta que alcanzamos la dimensión de los personajes individuales. Se trata de una conexión desde lo universal a lo particular, donde las historias demuestran su transculturalidad al demostrar que los marcos que las definen pueden encajar tanto en un contexto oriental como en otro occidental. Esta intención se logra jugando con el espacio narrativo, llevándonos desde el País de las Hadas hasta Bombay, pasando por Londres y Nueva York, demostrándonos como el espacio físico y el espacio mítico pueden ser perfectamente compatibles. Muy interesante es, a este respecto, el discurso oculto de la ciudad como un espacio cosmopolita y abierto.

Otro aspecto destacable es el juego con los distintos tiempos narrativos, con el cuándo suceden las diversas historias que aquí se nos muestran. La búsqueda de la universalidad tiene lugar en todas las dimensiones, también en la temporal. Para demostrárnoslo, el narrador insiste en marcar una línea temporal pasado-presente-futuro, en demostrar cómo las historias tienen encaje posible en cualquiera de sus muchos puntos, y en cómo podrían estar sucediendo ahora mismo (a nuestro alrededor) al no conseguir situarnos nunca de forma estable en un punto concreto de esa línea.

A veces da la sensación de que están jugando con nosotros, al cambiar de repente los marcos temporales, pero es esa desorientación la base narratológica de una universalidad temporal que queda en evidencia cuanto más avanza la novela, y cuanto más claro está que esa enigmática cifra del título (desperdigada por doquier) suma, de hecho, mil y una noches con sus respectivos días. Una cifra que es, en sí misma, toda una declaración de intenciones.

Pero, por encima de todo, están los personajes de Rushdie, siempre de una riqueza encomiable en cuanto a su profundidad y detalle.

No sólo Dunia, la princesa del Reino de las Hadas, consigue una completitud digna de encomio en cuanto a su personalidad y carácter, valores y motivaciones. Otros personajes como, especialmente, Gregorio Manezes, y secundarios de menor enjundia, como la alcaldesa Fast y su hija Tormenta, la desquiciada Teresa Saca o la enigmática Alexandra Fariña, completan un elenco rico en matices capaz de engancharnos a sus personalidades individuales y relaciones colectivas a lo largo de casi cuatrocientas páginas que pasan ante nuestros ojos a la velocidad del rayo. En parte, gracias a esas historias cautivadoras que Rushdie articula y son, en el fondo, el verdadero motor narrativo de esta novela extraordinaria.

Portada
de la versión estadounidense de la novela

 

Ilustración de Kirill Khrol (Tormenta)

El regreso del Rushdie soñador

Desde Los versos satánicos no leíamos una novela de Salman Rushdie tan soñadora como la que se despliega en Dos años, ocho meses y veintiocho noches. Tras los sucesos de 1988 y del 11-S, de fuerte impacto en su persona tanto como en su literatura, su voz parecía haberse perdido en las embarradas aguas de la amargura, de la rabia y de la indignación ante un fanatismo irracional desbocado, frente al que él intentaba de alguna forma advertirnos y ajustar cuentas. Pero aquel tiempo parece haber quedado, definitivamente, atrás. Ahora, el aprendizaje de aquellos años se ha incorporado en su obra de una forma más pausada y reflexiva, transformada en una perspectiva nueva, en un mensaje que hacernos llegar, conservando sus mejores esencias e incorporándole un humanismo democrático enriquecedor tanto para la obra como para el lector.

Eso sí, no a todos sus lectores tradicionales o de más largo recorrido les podrá gustar este nuevo Salman Rushdie. Principalmente, porque se muestra ahora mucho menos cándido que en relatos como Harún y el mar de las historias (1990) u Oriente, Occidente (1994). Pero también mucho menos irascible y belicoso que en Furia (2001) o en Shalimar el Payaso (2005). Ambos tonos han confluido en una ficcionalización explicativa de la violencia religiosa y la imposición moral a través de una defensa liberal del amor, discurso articulado desde su marco creativo de las relaciones Oriente-Occidente y el “mar de las historias” entendido, esta vez, más como un nexo entre personas distintas que como una esencia constitutiva de su ser. Un cambio fundamental que podría no gustar a todo el mundo.

Dos años, ocho meses y veintiocho noches no es una novela perfecta en lo formal. La construcción narrativa de unas historias dentro de otras lleva a una lógica confusión en el manejo del espacio y el tiempo que, si bien con el paso de las páginas adquiere un sentido y aporta un valor a lo escrito, será incapaz de mantener la tensión en los lectores más impacientes o más necesitados de un terreno constantemente estable sobre el que pisar. Ya se sabe, los sueños se construyen en el aire y con materia etérea, y una novela que hable de sueños no puede dejar de volar de vez en cuando. Como también rechinan a veces esas cuñas discursivas que la voz narrativa intenta encajar y que, al estar ya presentes en la trama, resultan redundantes e innecesarias para quien las lee.

Pequeños problemas aparte, estamos ante una novela rebosante de magia y de inteligencia, donde la visión contemporánea de los problemas del mundo se proyecta en personajes y leyendas inolvidables, diseñadas a modo de moralejas explosivas, listas para explotarnos en los ojos y el cerebro para su disfrute y comprensión. Mostrándonos que la historias, además de lo aparente, esconden tras de sí una parte de cada uno de nosotros, de nuestro pasado, de nuestro presente y, por supuesto, de nuestro futuro.

Ilustración realizada por Matthew Griffan