Aunque las comparaciones son siempre odiosas, en este caso resultan adecuadas para establecer distancias entre The Ring, novela y best-seller de Koji Suzuki, y la película homónima de Hideo Nakata, una obra terrorífica que inventa méritos a su intrascendente material original.

Tomokichi Fukurai gozaba de una reputación extravagante y sospechosa entre sus compañeros de profesión. El doctor Fukurai era psicólogo, y cubría un curioso ámbito de investigación: la parapsicología. A principios de la primera década del siglo pasado, en los estertores de la era Meji (1868-1912), hubo un furor en Japón por el espiritismo, que se tradujo en varios ejemplos exagerados e histéricos. No pocos japoneses creyeron conocer a médiums o creerse médiums. Los charlatanes proliferaban mientras los auténticos talentos psíquicos mantenían ocultos sus poderes al mundo.

Chizuko Mifune era una de las pocas personas tocadas por el don de la clarividencia. Nacida en la prefectura de Kumamoto, en la meridional isla de Kyushu, Mifune decía ser capaz de ver el futuro a base de mantener la disciplina de su cuerpo y acompasar la respiración. Su cuñado se había convencido de sus capacidades cuando un grupo de soldados de su región natal, dados por muertos durante la guerra ruso-japonesa (1904-1905), regresaron a casa ilesos desde Nagasaki, tal y como la joven había predicho. El cuñado se puso inmediatamente en contacto con Fukurai, docente e investigador en la universidad imperial de Tokio, y Chizuko no tardó en convertirse en su cobaya.

Fukurai quería demostrar a la comunidad científica que sus estudios no eran palabrería, y que la mente era una fuerza poderosa capaz de transformaciones palpables; por eso, sometió a Chizuko Mifune a experimentos muy concretos: el profesor aseguraba que la muchacha podía imprimir imágenes en cartulinas blancas metidas en sobres con el solo poder de su pensamiento. Mientras las sesiones no fueron públicas las pruebas funcionaron. En el momento en que Fukurai cedió a la presión científica y periodística e invitó a espectadores, fue acusado de fraude. Los asistentes, entre los que se encontraba el físico samurai Kenjiro Yamakawa, argumentaron que el doctor Fukurai y su fenómeno de feria estaban conchabados. El parapsicólogo encajó mal el golpe; Mifune todavía peor: se suicidaría al poco, con 25 años.

El fracaso, y el descrédito, no desanimaron al doctor Fukurai. Apenas unos días después del tropiezo con Mifune, encontró a otra supuesta mística, Ikuko Nagao, de 40 años y orígenes humildes. Nagao se reveló más talentosa que Mifune, no puso reparos en hacer demostraciones públicas, y durante algún tiempo su talento fue apreciado y reconocido. Pero en una nueva prueba ante el público, que pudo haber sido alterada por competidores de Fukurai, la médium fracasó estrepitosamente. Esta vez sí, la reputación del doctor quedó tocada irreversiblemente, a pesar de que siguió investigando. Su legado es el Instituto Fukurai de Psicología, en la ciudad de Sendai; su línea maestra de estudio sigue siendo lo paranormal.

Escena central del que tal vez sea el vídeo casero más terrorífico de todos los tiempos. Los tambaleantes pasos de Sadako, se dice, están inspirados en la danza contemporánea japonesa Ankoku Butou, propuesta (por, entre otros, Kazuo Ohno y Hijikata Tatsumien los años 60 del siglo XX como teatro luctuoso por las víctima de la Segunda Guerra Mundial (Fuente: jiritsujp.blogspot.com.es).

Tomikichi Fukurai es una figura mítica entre los japoneses amantes de lo sobrenatural, casi un mesías. No es de extrañar, por tanto, que sus trabajos inspiraran a Koji Suzuki (Shizuoka, 1957) en su novela Ringu, o The Ring (1991, revisada en 2003; edición española en Mondadori, de 2004), más conocida por la terrorífica adaptación cinematográfica a cargo de Hideo Nakata en 1998. El libro, que ganó el Premio de Literatura Fantástica en Japón, fue un best-seller en su tierra de origen, donde superó los tres millones de ejemplares vendidos tan sólo en el primer año de publicación. Marcó el camino a seguir por otras obras de tendencia parecida y fue el origen de una saga larga y liosa con ramificaciones literarias y manga que tuvieron su reflejo en el cine. Como consecuencia de este éxito monumental, Suzuki empezó a ser considerado el “Stephen King japonés”, y puede no ser una analogía desencaminada: su estilo tiene ese gusto por el detalle acumulativo, muchas veces entorpecedor e inútil, que caracteriza también al escritor estadounidense.

The Ring tiene el enorme hándicap de su adaptación cinematográfica (japonesa). De hecho, es en deferencia a ésta por la que hemos etiquetado la novela “de terror”, pues en verdad no da miedo, es bastante tediosa, su atmósfera es inadecuada para cualquier tipo de reacción pavorosa y su trama merece un fruncimiento de ceño. Es más bien una ficción apocalíptica, un thriller paranoico que juega con el miedo a las nuevas tecnologías y al contagio de epidemias. Suzuki parte de una buena idea, da algún brochazo interesante, especialmente cuando narra las peripecias de sus protagonistas aislados en una remota isla por un tifón, empieza manteniendo el suspense, pero pierde fuelle en el acopio de pequeños detalles, que es precisamente el gran punto fuerte del filme.

La ironía es maquiavélica: Nakata entró en el proyecto alentado por Suzuki, admirador de su hasta entonces magra filmografía, y cambió para siempre las reglas del cine kwaidan, o de fantasmas (algunas tendencias críticas afirman que con Nakata empezó un nuevo género, el neo-kwaidan). Absorbió todo cuanto de inquietante había en la novela de Suzuki y no tuvo reparos, ni escrúpulos, en remangarse cuando tuvo que ponerse a podar lo sobrante, que era mucho. El alumno superaba al maestro y daba para la posteridad la más escalofriante de todas las películas de J-horror (u horror japonés), y de paso, quizás, una de las más destacables de todo el género mundial del susto. El éxito del filme se debe a la extraordinaria inteligencia con la que aprovecha sus recursos visuales y su trama inconexa, simple trampolín por el que desfilan escenas agobiantes. El as de oros de la baraja del triunfo es Sadako.

La historia de Sadako no es nueva: bebe de la vieja leyenda de Okiku, sirvienta de un violento jefe de policía. Habiendo roto uno de los platos de la vajilla preferida de su amo, éste la castigó brutalmente, torturándola y amputándole un dedo cada día hasta que la joven, habiendo conseguido escapar, se suicidó arrojándose a un pozo. La maldición cuenta que cada noche se escucha su voz surgiendo del pozo contando ‘un plato, dos platos…’ (El fantasma de Okiku en ilustración del gran Katsushika Hokusai, La casa de los platos, 1831–32, Museum of Fine Arts de Boston)

La niña de los cabellos largos y de movimientos ortopédicos e implacables dio lugar a numerosas imitadoras que explotaban algún rasgo o defecto físico para producir congoja en el espectador. El hecho de que, además, fuera precisamente una niña contribuía a magnificar el efecto aterrador (y es una obsesión de Nakata: en su siguiente Dark Water, también sobre una obra -breve- de Suzuki, el mal vuelve a tener corta edad). El odio de la Sadako cinematográfica era tan palpable, tan tangible, que helaba la médula cada vez que su presencia se manifestaba o insinuaba. Nakata, además, tuvo el instinto de centrar la investigación de su protagonista Asakawa, que en la película es una mujer y no un periodista machista, en la terrorífica niña.

Dicho fantasma da pie a muchos contrastes: por ejemplo, su edad: en la novela sobrepasa la treintena, mientras que en el filme “muere” con 10 años; su modus operandi: Suzuki se olvida de las llamadas telefónicas que sentencian a las víctimas, tras emplearlas una única vez, al principio, y claramente de forma circunstancial (es cierto que en esta ocasión Nakata juega sucio, pues Wes Craven ya ha estrenado su primer Scream, poniendo el énfasis en las capacidades terroríficas de una terminal telefónica); su maldición: el vídeo con el que la disemina es tedioso en el libro, porque se repite hasta la náusea y porque se disecciona machaconamente, por lo que pierde esa inquietud que genera en el largometraje; su “razón de ser” o su “causa-efecto”: a este respecto, conviene echar un tupido velo sobre las explicaciones del novelista, pues parecen cháchara de feriante. Nakata gana porque mantiene en sombras parte del pasado de la chica, y apenas la saca más que para asustar.

No obstante, hay algo que sí hace bien Suzuki: es un maestro retratando la histeria. El paso del tiempo se acorta mejor en la novela, en la que se tiene constantemente la impresión de que sus protagonistas pierden segundos, minutos y oportunidades de manera inexorable. Los muertos de Sadako presentan los síntomas de una apoplejía, son cadáveres crispados que se llevan las manos a los cabellos, como intentando arrancárselos. “El mal sin fin que se burla del sufrimiento humano” encarnado en Sadako no es más que un pánico paralizante hacia lo desconocido, una versión salvaje de la desconfianza hacia el otro, de los efectos que el contacto con el prójimo puede causar. Suzuki, pesado narrador omnisciente, diagnostica con certeza los males de su sociedad, de su pueblo, señala sus aprensiones, condena su autarquía y lanza un mensaje catastrofista que tiene poco de esperanzador por el egoísmo de sus compatriotas.

Ahí está su gran mérito. El único. Porque Suzuki, sin necesidad de compararse en el espejo que le tiende involuntariamente Nakata, comete también pecados terribles. Crea una dupla protagonista infame y antipática. Asakawa, periodista con 10 años de experiencia y estigmatizado por sus crónicas paranormales, va por el mundo con estos pensamientos: “La mejor manera de cerrarle la boca a una mujer era no responderle“. Nótese el desprecio, la hiel, que desprenden sus palabras. Su compañero de correrías, Ryuji Takayama sería, en cualquier sociedad sana, el prototipo de psicópata: un raro que se jacta de ser un violador y de reírse con inconsciencia enfermiza de la muerte. Lo peor es que un tipo así es tolerado por Asakawa: decide implorar su ayuda por un motivo peregrino, alaba una inteligencia que las más de las veces está presentada en el texto como una interrelación de obviedades procesadas de chiripa por un deus ex-machina, y encima le ríe la gracia de su acto delictivo como quien carga con un gamberrete ingenioso pero inocuo. Quizás en Japón Asakawa o Takayama pasen por sujetos normales, pero más allá de sus islas tendrían serios problemas adaptativos o con las leyes. Suzuki apuesta por estos dos marginados, por estos dos sujetos semiperiféricos, aunque no parece hacerlo intencionadamente, sino más bien como un hecho irremediable.

En The Ring, Suzuki hizo literatura de una leyenda urbana, que magnificó hasta el paroxismo de la histeria. Así empiezan las epidemias, y así también los recortes en aras de la seguridad. Su Sadako, aquella chica con potencial extrasensorial para plasmar sus impresiones y recuerdos en cartulinas y ondas catódicas, no se conforma con ser un mero fantasma: trasciende el más allá para erigirse en seria amenaza para la integridad de una especie. Ayudada, de manera inestimable, por la estupidez inherente a la raza humana.

Años después, David Gordon Mitchell rodaría It Follows. La herencia paranoica de la Sadako literaria perviviría en sus fotogramas como un virus.