Obra cumbre de la ciencia-ficción de ideas, Ediciones B, combina tres relatos unidos por un contexto común (en un escenario apocalíptico) y reflexiona sobre las interrelaciones entre Ciencia y Religión.

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Portada de autor desconocido en la que se recogen varios de los aspectos más destacados de la novela

Cántico por Leibowitz (Ediciones B, 2016; originalmente publicada en 1959) ha envejecido fantásticamente bien: siguen totalmente vigentes sus reflexiones y apenas se perciben problemas de sincronía y coherencia generados por el paso del tiempo. La lectura es disfrutable al máximo y de forma plena. A pesar de esta virtud, y del reconocimiento que obtuvo entonces (Premio Hugo de 1961 a la mejor novela), las nuevas generaciones de lectores mantienen en el olvido a esta inmensa novela. Sin duda, éstos son unos tiempos pésimos para hablar de Dios, y más desde la ciencia-ficción.

Otro tanto pasa con su autor. Walter Michael Miller Jr. (USA, 1923-1996) tuvo una fulgurante carrera como autor de relatos de ciencia-ficción. Durante la década de 1950 publicó alguno de los mejores textos del período, entre los que cabe The Darfsteller (Premio Hugo a la mejor novela corta en 1955) y el ya mencionado Cántico por Leibowitz -a la postre, reunión de tres novelas cortas-. Para Miller escribir era casi una catarsis. Las circunstancias que le llevarían a la escritura derivan de su participación, muy joven, en el cruento frente europeo durante la IIª Guerra Mundial (estuvo en la legendaria batalla de Montecassino, en 1944, con la que los aliados tomaron Roma). Tal fue el dolor visto, y tales las cicatrices, que abrazó la fe católica y optó por la literatura como una forma de exorcizar a sus fantasmas. Nunca pudo deshacerse de ellos del todo: deprimido, desapareció durante décadas de la vida pública hasta su suicidio en 1996.

La suma de todas estas circunstancias -históricas, sociales y personales- define las claves fundamentales para interpretar el mensaje profundísimo de esta novela. Pues tras su aparente santurronería, su negro pesimismo respecto a la naturaleza humana, incluso cierto nihilismo en cuanto a la impotencia de todo credo o creencia para revertir el final trágico de nuestra especie, existe en su fondo un potente halo de esperanza. Es posible, además, encontrarnos entre estas páginas también con un moderno y refinado análisis sobre las posibilidades de una plena compatibilidad entre la religión y la ciencia; la creencia subjetiva en Dios y la creencia objetiva en las matemáticas y el método científico, entonces considerado casi como subversivo. El planteamiento temático que hizo de esta obra una excepción cuando se publicó la mantiene todavía hoy, por lo originalísimo de su desarrollo y enfoque,  como una novela de ideas clave del género y de las ideas que explora.

A este carácter seminal ayudó mucho la claridad tanto en su estructura como en su desarrollo. Aunque temporalmente recorremos varios siglos y vamos más allá de un milenio respecto a nuestro presente, espacialmente no nos movemos de la abadía de la Orden Albertiana de Leibowitz. En este recinto fortificado, situado en medio del desierto, se conservan bajo cadenas y siete llaves los últimos vestigios de la humanidad modernizada. Mil años antes, un cataclismo nuclear (el “Diluvio de Fuego”) la ha devuelto hasta la Edad Media, no sin antes haber atravesado una etapa post-apocalíptica, conocida como la Era de la Simplificación, durante la cual las estructuras y las creencias válidas entonces, consideradas responsables del desastre, fueron abolidas, perseguidas y erradicadas. Tal fue el clima de hostilidad y de violencia contra éstas y sus representantes que, de forma clandestina, un antiguo científico se vio obligado a promover la memorización y la ocultación de textos como la única vía para recuperar los avances técnicos conseguidos en tiempos menos oscuros. Ese científico se llamó I. E. Leibowitz, y esa abadía fue su refugio, además de ser el lugar donde se perpetúa su obra.

En cada una de las tres partes que componen el conjunto, a su vez novelas cortas puestas en relación con respecto a su contexto común, se nos da una perspectiva diferente sobre cuál es la labor de Dios sobre el destino de su creación más complicada: el ser humano.

En la primera parte, “Fiat Homo” (Hágase el hombre), se nos habla sobre la Iglesia como institución, sobre su deber de conservar y comprender el conocimiento humano, con independencia de sus puntos de acuerdo o no con éste. Los clérigos de la abadía de Leibowitz dedican su tiempo y esfuerzo vital a memorizar y copiar hasta la extenuación textos que apenas comprenden (llamados “Memorabilia” en la novela), y a guardar otros hasta que el ser humano esté nuevamente preparado para enfrentarse a ellos. Esta labor es conocida y respetada en Nueva Roma, desde donde observan con interés a esta curiosa Orden cuyo patrono está todavía pendiente de canonización. Pero, un día, el novicio Francis descubre la localización de nuevos textos, tras su encuentro con un extraño hombre. Ante el peligro de que estos hechos pudiesen desbaratar la canonización del patrono, y trajera imprevisibles complicaciones para la Orden, asistimos a una reflexión profunda sobre la relación posible de la religión con el conocimiento, con el ser humano y con su naturaleza.

En la segunda parte, “Fiat Lux” (Hágase la luz), han pasado varios siglos desde los descubrimientos del novicio Francis. Las autoridades civiles, los conflictos militares de naturaleza política, la curiosidad por los avances de la ciencia han vuelto a emerger para intentar condicionar el presente y el futuro de las personas. Hannegan representa a la autoridad política, al intento de suplantar el poder de Dios por el poder del hombre, a colisionar la autoridad de Nueva Roma con la del gobierno Texarkano (sí, la abadía está situada en algún punto del estado de Texas). Mientras, thon Taddeo es un religioso seglar, relacionado por vínculos familiares con Hannegan -lo que complica sus ya de por sí elicadas posiciones de poder-, que dirige a un grupo de investigadores que intentan volver a desarrollar la Ciencia en servicio del hombre y de Dios. El descubrimiento del hermano Francis despertará su curiosidad y, nuevamente, los temores de la abadía, pues temen que los Memorabilia puedan llegar a utilizarse para unos fines poco halagüeños para ellos y para Dios. El foco se pone aquí en la posibilidad de compatibilizar la religión con la Ciencia.

En la tercera y última parte, “Fiat Voluntas Tua” (Hágase tu voluntad), la perspectiva respecto a la parte anterior se mantiene, si bien el foco se traslada desde la Ciencia al poder político dominado por el ser humano en contra de Dios. Han pasado los siglos, y la división entre la autoridad del hombre y la de Dios se ha acentuado. Las armas nucleares se han vuelto a desarrollar y, como entonces, la amenaza de un cataclismo amenaza al planeta. Ante este contexto, la Orden Albertiana de Leibowitz se moviliza para intentar garantizar que, pase lo que pase, el conocimiento se conservará y el futuro del ser humano se asegurará en otros lugares lejos de La Tierra. En este contexto, la Orden recuperará la misión de su fundador. Y, de nuevo, la humanidad recibe un mensaje de esperanza respecto a su futuro, pero siempre y cuando, en el conflicto entre ambas autoridades, se elija a Dios omnipotente antes que al ser humano imperfecto. En el texto se reflexiona y motiva este argumento, mientras se repasa cómo y de qué forma, la religión y la Ciencia pueden ser no sólo compatibles sino mutuamente interdependientes.

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Ilustración de cubierta a una edición anglosajona de Cántico por Leibowitz a cargo de Peter Thorpe

Frente a una estructura clara y rocosa tenemos a unos personajes más bien irregulares pues, en estas novelas corales, se tiende a dibujar con más precisión a los principales que a los secundarios. Esta tendencia provoca que la parte más coral de todas, “Fiat voluntas tua”, sea también la más débil: con personajes confusos, con relaciones poco claras y con un mensaje distorsionado por culpa de hilos argumentales demasiado enredados como para resultar interesantes o entretenidos. Sin embargo, este defecto es menos relevante cuando se lee esta parte en perspectiva, pues las dos precedentes son extraordinarias: con personajes bien definidos y pulidos, un contexto claro e interesante, y mensajes de fondo con un atractivo y una modernidad indiscutibles.

Independientemente del gusto de cada cual, permanece indiscutido que el pulso narrativo extraordinario de Walter M. Miller Jr. en Cántico por Leibowitz sitúa a esta novela como una de las cumbres de la ciencia-ficción en la literatura de ideas. Y, a la vista de la calidad que se atesora en sus páginas, resultará complicado que alguna vez pueda ser sacada de ahí. Esta es una de las grandes novelas del género de todos los tiempos, y merece ser leída. Amén.