Elantris se concibió como un aire fresco del anquilosado género de la fantasía. Nació de manos de Brandon Sanderson con la pretensión de revolucionarla, pero la ambición fue desmedida y se quedó a medias: la novela, que ha cumplido ya 10 años, tiene ideas y planteamientos originales pero su desenlace la aboca a ser más de lo mismo.

Ilustración de Alain Brion

Brandon Sanderson (Lincoln, Nebraska, 1975) irrumpió en la literatura fantástica como un elefante en una cacharrería. Trajo consigo un análisis muy crítico con el género: lo observaba anquilosado, estático, estancado en los esquemas narrativos tradicionales. En su opinión, la fantasía debía evolucionar por nuevos derroteros capaces de ofrecer algo más que lo de siempre, evitando repetirse en sus esquemas básicos una y otra y otra vez. Certero y provocador, removió los cimientos del género: planteó lo que gran parte pensaba desde hacía tiempo, obligó a los autores a arriesgarse en sus propuestas, retó a lo establecido. Sin embargo, esta posición tuvo también otro efecto imprevisto sobre Sanderson: creó unas inmensas expectativas sobre su obra de ficción. Quien así pensaba y hablaba, vehemente y convencido, por fuerza debía ser también capaz de presentar una propuesta canónica sobre este nuevo tipo de texto fantástico, los nuevos horizontes hacia los que el género debería mirar a partir de ahora.

Elantris (Ediciones B, 2006, 2016; originalmente publicada en 2005) fue esa primera obra publicada. Pero, para decepción de no pocos, se encontraba todavía muy lejos de las nuevas perspectivas a las que Sanderson se refería. Fue por tanto recibida con las mismas dosis de entusiasmo que de decepción.

Cubierta de la edición de Ediciones B, NOVA

Los entusiastas destacaron la novela, sobre todo, por los claros rasgos de originalidad efectivamente presentes en su trama. En Elantris, maravillosa ciudad de hombres luminosos y de milagros extraordinarios de transformación y traslación, la fuerza que todo lo impregnaba (el Dor) ha desaparecido de repente. De un instante a otro, toda esa fuerza ha cesado o, por lo menos, ha menguado tanto que nada ha vuelto a ser como antes: a este hecho traumático se le conoce como Reod. Ahora los habitantes de Elantris vagan por las calles viviendo en la miseria, algunos incluso totalmente fuera de sí. En la vecina Kae, capital del reino de Arelon, esta decadencia se ha hecho notar en forma de enfermedad, la Shaod, caracterizada por unas extrañas manchas en la piel, un cambio general de color hacia tonos grisáceos, y una parálisis interna del cuerpo que convierte, a quien la padece, en un muerto en vida. Ante este panorama, los sacerdotes de la religión local, seguidores del Shu-Korath, empujan a quien la padece al otro lado de las puertas de Elantris, ahora clausurada a cal y canto como una ciudad maldita, tras una simple ceremonia de purificación, con solo una túnica blanca sobre el cuerpo y una cestita de alimentos a modo de ofrenda a su Dios entre las manos.

Un día, el príncipe de Arelon, Raoden, hijo de Iadon, y prometido con la princesa del reino de Teod, Sarene, enferma de Shaod. Su padre, sin decírselo a nadie, y excusándose en una extraña muerte repentina, lo encierra en Elantris. Lo que debería haber sido el fin de los problemas del rico ex-comerciante Iadon, a quien su hijo discutía constantemente su capacidad para gobernar, se conviertirá en el principio de sus peores momentos en el trono. La llegada a Kae de la entrometida y metomentodo Sarene coincide también con la de un alto representante religioso (“Gyorn”) del imperio teocrático de Fjordell, Hrathen, venido en secreto con órdenes de su emperador (“Wyrn”) de conquistar Arelon bien por las buenas -convirtiendo a todos sus ciudadanos- bien por las malas en un plazo máximo de tres meses. Un reto para el curtido Hrathen, conquistador de otros reinos, al estar decidido a cumplir el encargo sin derramar sangre.

Aquí tenemos al triángulo protagonista de la novela. Raoden, un príncipe de buen corazón empujado a vivir en una ciudad repleta de miseria y de locura por doquier, donde tres bandas criminales se reparten todo el cotarro, con un cuerpo vivo pero sin vida al que cualquier leve resbalón podría causarle un dolor infernal capaz de transportarlo a los más profundos pozos de la locura. Sarene, una princesa inteligente y sagaz que querrá librar a su nuevo reino de un rey incapaz de gobernar, para llevarlo por los derroteros políticos por los que su “difunto” marido quería llevarlo, ayudado de insignes miembros de la Corte. Y Hrathen, un despiadado sacerdote de la religión rival a la de los reinos de Arelon y Teod, la Shu-Dereth, quien pondrá todo de su parte para conquistar los corazones y las mentes de la gente, empezando por su nobleza, sin ejercer la violencia. Los tres tendrán un círculo de confianza propio, más o menos amplio, y más o menos fiel, que servirá de complemento unas veces, y contraste otras, para reforzar sus más que extravagantes personalidades.

En estos mimbres podemos ver, más o menos, lo de siempre: un contexto reconociblemente medieval, la intervención de fuerzas suprahumanas, los conflictos morales de los héroes, las historias de aprendizaje y de superación… ¿Dónde estriba, pues, lo nuevo? En primer lugar, la novela llama la atención porque aquí la magia no es un recurso, su funcionalidad ha sido suspendida por una causa desconocida. Al ser así, los personajes van a tener que enfrentarse a sus problemas de forma más directa y expeditiva, a veces incluso a pecho descubierto, corriendo riesgos de naturaleza más grave o menos liviana a lo que estamos acostumbrados en la fantasía más tradicional. Este hecho refuerza el interés de las tramas y acentúa la importancia en la construcción de los personajes que, ya más libres, pueden salir (deben hacerlo) de los clichés o los corsés en los que vivían encerrados hasta ahora.

En segundo lugar, estos cambios permiten a Sanderson introducir nuevos elementos o bien tratar los viejos temas desde nuevas perspectivas. En Elantris cobran especial relevancia los debates sociopolíticos: Raoden nos habla sobre la moral y la política, sobre la necesidad de actuar desde una visión clara de país, del interés común y, especialmente, de los valores humanistas y de la recuperación de la dignidad respecto a los más débiles. Sarene refuerza con sus acciones a Raoden, pero también tiene un arco argumental propio en cuanto mujer, enfrentándose a los prejuicios ajenos inicialmente de forma indirecta, acudiendo también ella a las trampas ideológicas que todo estereotipo encierra en su seno, y después ya de forma directa, demostrando con sus palabras y acciones el valor cierto de la mujer como actor social o político. A través de Hrathen se habla del fanatismo y de la religión, de las distintas formas de entender y de relacionarse con Dios, y de cómo estas formas se traducen no sólo en una forma de hacer las cosas sino, y fundamentalmente, en una forma de ser. Los tres son discursos de una enorme contemporaneidad e infrecuentes en la literatura fantástica, presentes en la trama y argumentos con extraordinaria naturalidad gracias, en parte, a la introducción de estos novedosos aspectos ficcionales.

Sin embargo, y si inicialmente todas estas novedades alientan una lectura fulgurante y apasionada, con el tiempo esta ilusión se va apagando, poco a poco. Así sucede cuando comprendemos que la magia sólo ha sido suspendida, no suprimida. De hecho, para resolver algunas de las tramas, tal como están planteadas, va a ser necesaria su incursión. ¿Y cómo lo hace? Pues como siempre: recurriendo al Deus ex machina para avanzar hechos hasta entonces estancados, tramas hasta entonces poco definidas, preguntas hasta entonces dubitativas en su respuesta. La principal consecuencia de esto la padece un final que pasa de hacérsenos apasionante a resultarnos atropellado e inconexo. En él, el tiempo y el espacio se demuestran fatalmente gestionados -esos tres meses de plazo acaban atropellándolo todo-, con unos arcos argumentales que comienzan entonces a enredarse y a enfangarse sin necesidad. La novela adquiere un cariz totalmente distinto al inicial.

Ilustración de Alain Brion

Consecuencias catastróficas de estos cambios las experimentan los personajes que, si hasta entonces sí parecían originales y auténticos, modernos y llenos de vida, se ven obligados a partir de ese momento a agarrarse a flotadores salvavidas que los aplanan. La peor parada acaba siendo la princesa Sarene, rápidamente reducida de mujer contemporánea a cliché.

Por otro lado, un punto aparte se merece el fondo de la novela. Aquí sí debemos reconocer un esfuerzo exitoso en la introducción de temas actuales y cuestiones morales de calado, no sólo en cuanto a los aspectos generales representados por cada uno de los tres personajes principales (comunidad, política y religión, respectivamente), sino especialmente en los numerosísimos subtemas que se deducen de cada una de sus acciones o decisiones. La necesidad de Sanderson de dar a conocer los motivos por el que las cosas son como son le lleva a tratar aspectos relevantes como el concepto de pertenencia a la comunidad y la consciencia de que nadie está nunca verdaderamente solo (lo que conlleva una confianza en sí mismo y en los demás como verdadero motor de la acción humana). De esta buena voluntad surge el conflicto, manifestado a través de alguna tensión entre las lealtades de los protagonistas: Raoden oscila entre su antiguo reino y su actual comunidad (Arelon/Elantris); Sarene, entre su pueblo de origen y el de destino (Teod/Arelon), mientras que Hrathen lucha por decidirse entre su lealtad a cualquier precio hacia la institución que representa o anteponer otros valores que le llevarán a colisionar con las órdenes recibidas (Iglesia/Fe).

Al cerrar el libro, como balance general, queda ante nuestros ojos una novela llamativamente irregular. Tras un inicio fulgurante, novedoso, enérgico y prometedor, sobre todo en su primera parte (“La sombra de Elantris”), asistimos a un progresivo e imparable regreso a los esquemas clásicos y a las fórmulas manidas que culminan, especialmente en las últimas decenas de páginas, en un inexplicable cambio de ritmo y en un regreso a cauces mil veces transitados en otras tantas historias. Hasta el punto de llegar a introducir algo de lógica a este final, incluso en la edición X Aniversario, manejada para esta reseña, y que Sanderson califica de definitiva, a través de un “Epílogo” en parte redundante y en parte innecesario de haber sido Elantris una novela mejor ejecutada. Porque Elantris fracasa en el mismo punto donde lo hace el discurso crítico-literario de su autor: presenta un planteamiento magistral de los problemas, pero para ellos no encuentra ni un desarrollo ni, especialmente, una conclusión adecuadas.

Los más acérrimos defensores de Sanderson se aferran, para justificar esta irregularidad, al hecho de que Cosmere, intuido por primera vez en esta obra, es un universo ficcional inmenso, todavía indefinido en muchos puntos; por lo tanto muchas de las incógnitas planteadas, o no satisfechas con una respuesta adecuada -como la presencia y el sentido de la Dor-, serán aclaradas algún día. No obstante, es su fe en que esto será así la que hace que, lo que hoy es un simple artificio ficcional o un error habitual por un exceso de pretensiones, se convierta para ellos en una cuestión trascendental en busca de respuesta. Con todo, el análisis se basa en lo que hay escrito, no en lo que habrá o podría haber en el futuro, y sobre tal base, Elantris resulta un digno intento renovador que, no obstante, se ha quedado a medio camino. Sanderson ha planteado las cuestiones adecuadas para resolver los problemas del género fantástico, pero demuestra estar todavía lejos de haber encontrado las respuestas formales adecuadas para solucionarlos.

Brandon Sanderson según sus fans