Ilustración de Bastian Kupfer para Fabulantes.

Nunca por manido dejará de ser cierto el modismo: “la realidad supera siempre a la ficción.” Con una mano sobre la Biblia y con la otra apretando ansioso el gran coño universal (el de nuestras madres, hermanas, amigas, hijas y abuelas), Donald Trump jura hoy su cargo como el 45º Presidente de los Estados Unidos de América. Tras miles de horas practicando delante de un espejo, Trump conseguirá intercalar una docena de muecas entre las 35 palabras que componen el juramento con el que mudarse a la Casa Blanca. Después de I do solemnly swearel magnate sacará la lengua a los discapacitados. That I will faithfully execute,” dirá, mientras arruga la nariz frente a los homosexuales. El guiño cómplice a los supremacistas blancos coincidirá con the office of President of the United States,” que subrayará escupiendo subrepticiamente sobre los inmigrantes. And will to the best of my ability (carcajada contenida, mientras recuerda sus cuatro bancarrotas y los cientos de trabajadores que ha dejado en la calle) preserve, protect and defend the Constitution of the United States.” Incapaces de elaborar una taxonomía completa de sus expresiones, seguro que a la gran mayoría de los mortales se nos escaparán los ademanes disimulados y los mohines más sutiles del prohombre neoyorquino.

Sin embargo, en su infinita magnanimidad, al culminar la oración el recién ungido Presidente nos premiará con un gesto inconfundible dirigido a nosotros, los perdedores: una arcada nauseabunda dedicada a todos aquellos que no encajamos en la definición de WASP (en Fabulantes todos somos morlocks, así que poco tenemos de anglosajones, blanquitos y protestantes). Tras los aplausos, una mirada urticante a las cámaras bastará para recordarnos a todos que Trump ha llegado para quedarse, y que sus 60 millones de votantes no se conformarán con menos que con cambiar el mundo. ¿Conseguirá su mandato, a golpe de realidad, superar no sólo a la ficción sino también a la ciencia-ficción? Abran hueco en la estantería junto a 1984 y Un mundo feliz, porque es el momento de añadir nuevos títulos. Bienvenidos, lectores, a nuestro Especial sobre Distopías.

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A Donald Trump no le gusta la literatura (“si fuera mujer, le pondría un cuatro: le faltan tetas y le sobran quebraderos de cabeza”), pero la literatura respira prendada de personajes como él. Desde que Evgueni “el hereje” Zamiátin escribiera Nosotros, en 1920, existe toda una categoría literaria que trata su llegada al poder: la ciencia-ficción distópica. Si leyéramos que un multimillonario ególatra, artero, ofensivo, inculto, arrogante, machista, mentiroso, xenófobo, con arranques de ira y delirios de grandeza, estuviera a punto de convertirse en el político más poderoso del mundo, nos encontraríamos seguro ante un relato distópico (de hecho, ya existe un semi-antecedente literario: Stephen King imaginó en La Zona Muerta, de 1979, precisamente a una especie de Trump irresponsable que, desde la Casa Blanca, originaba un conflicto nuclear).

“Se entiende por distopía aquel sistema de gobierno que se asume en la lectura como peor que la sociedad desde la que escribe el autor,” explica el doctor Fernando Ángel Moreno, profesor de Teoría del Lenguaje Literario en la Universidad Complutense de Madrid. “Suelen ambientarse en el futuro por dos motivos. En primer lugar, la proyección en el futuro favorece la aceptación del lector de que es un sistema plausible en su propia realidad, por extraño que resulte en el presente. En segundo lugar, estimula la sensación de que una serie de problemas mal resueltos corren el peligro de recrudecerse hasta transformar la sociedad en un entorno horrible para el ciudadano.” Dicho mal y pronto, la distopía es lo contrario a la utopía: una representación negativa de lo que nos depara el futuro. Para estar prevenidos ante el mandato de Trump, ¿qué mejor que repasar algunas de las distopías más preclaras de la historia de la literatura?

El término. Antecedentes

El mapa de la tierra de Utopía según Thomas More, 1518. El término distopía, se dice, fue empleado por primera vez en 1868 por John Stuart Mill (cuán liberal es el concepto de distopía) en una intervención parlamentaria. Sinónimo es cacotopía.

El origen de las utopías hay que buscarlo en la obra homónima de Thomas More. More imaginó una isla-estado con una sociedad en perfecta armonía, a imagen de Platón y su República. En la obra de More no existía la propiedad privada y los ciudadanos trabajaban seis horas al día; a pesar de que la Iglesia Católica le hiciera un hueco en su apretado santoral, en la isla estaban permitidos el divorcio, la eutanasia y el matrimonio del clero, ideas que todavía no encajan bien en el Vaticano; como tampoco encaja el estricto control de la población que funcionaba en el estado de More; y, sorprendentemente, la sociedad fomentaba la esclavitud (con cadenas de oro para extranjeros y delincuentes, eso sí). More, que no daba puntada sin hilo, bautizó su obra con un título polisémico: Utopía (1516), un juego de palabras en griego entre ou-topos (lugar que no existe) y eu-topos (buen lugar).

Hoy, gracias a esta obra, entendemos por utopía la representación de un proyecto perfecto pero inalcanzable. Desgraciadamente, la idea de utopía se encuentra en eterna contradicción, ya que es imposible conjugar en una visión colectiva la aspiración personal de todos y cada uno de los individuos dentro de una misma sociedad. Por muy doradas que fueran sus cadenas, seguro que los esclavos de la obra de More nunca pensarían que vivían en una sociedad perfecta. Para ellos el futuro sería distópico, una aberración provocada por unos gobernantes convencidos de la infalibilidad de su legado. De igual forma, por mucho que a los morlocks de Fabulantes nos parezca una distopía que Donald Trump vaya a tener el control de las claves nucleares del gobierno de los Estados Unidos, intuimos que en los tres últimos pisos de la Torre Trump en la Quinta Avenida de Manhattan su victoria en las elecciones se viviera en clave utópica.

Utopía y distopía funcionan como una cinta de Moebius, un artefacto que por la perspectiva del observador parece tener dos caras, pero que en realidad presenta una sola.

Han sido muchas las obras que ahondan en el concepto de utopía desde que en el siglo XVI Thomas More pusiera punto y final a su libro. La ciudad del sol (1602) de Tommaso Campanella, La nueva Atlántida (1627) de Francis Bacon, El otro mundo (1662) de Cyrano de Bergerac, Los viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift, La teoría de los cuatro movimientos (1808) de Charles Fourier, 3448 d.C. (1833) de Alexander Veltman, Viaje y aventuras de Lord William Carisdall en Icaria (1840) de Etienne Cabet, La raza futura (1871) de Edward Bulwer Lytton, Erewhon (1872) de Samuel Butler y Mirando atrás (1888) de Edward Bellamy, entre otras, se adaptan de una u otra manera a las guías que marcó el pionero británico. Todas estos trabajos, en ocasiones más cerca del ensayo que de la novela, presentan sociedades ficticias a las que los escritores trasladan problemas de su actualidad, donde los discuten y les dan respuesta, muchas veces en clave política. La búsqueda de fórmulas maestras que sirvan como modelo a la sociedad desde la que escribe el autor es una característica innegociable de las utopías. Pero cuando esta fórmula, en apariencia perfecta, se resquebraja y deja de funcionar (basta con que ocurra para uno solo de sus ciudadanos), la obra se convierte irremediablemente en distópica.

Por muy intuitivas que parezcan las definiciones de utopía y distopía, y especialmente la distinción entre ambas, es habitual encontrarse problemas cuando se intenta trazar una lista de obras canónicas. Esto es un rasgo común en la ciencia-ficción, un género bastardo y caleidoscópico, que difumina las fronteras académicas y brilla desde la mezcolanza.

Para homosexuales, extranjeros o mujeres (las mejores chicas de moral ligera están en Rusia, en palabras de su presidente, Vladímir Putin), la distopía hace años que llegó a Rusia.

La distopía despega… y habla ruso

A finales del siglo XIX comienzan a aparecer las primeras novelas de ciencia-ficción con rasgos distópicos, pero las bases de este género no se sentarán hasta la publicación de Nosotros en 1924. Zamiátin, su autor, tuvo el amargo honor de escribir la primera obra impresa prohibida en la Rusia revolucionaria. En ella nos presenta a D-503, el ingeniero responsable de construir el vehículo estelar del Estado Único, un cohete cuya misión es expandir por el universo las bondades del régimen definitivo. El protagonista de la novela se mueve en un mundo en el que no existe la privacidad, el sexo está regulado y cada actividad del día encaja en un horario aprobado por el gobierno. D-503 vive feliz, en una utopía, hasta que el encuentro con una mujer fatal le hace toparse con los límites del sistema.

Antes de Zamiátin, autores de la talla de Verne, Wells y London habían experimentado con utopías fallidas y viajes frustrados por mundos maravillosos. Los quinientos millones de la Begún (1879) de Jules Verne, La máquina del tiempo (1895) y Los primeros hombres en la Luna (1901) de H. G. Wells, y El talón de hierro (1908) de Jack London, son los mejores ejemplos de historias de sociedades con un tinte utópico que degeneran hasta llegar al conflicto.

Para comprender bien la obra fundacional del género distópico, hay que atender a la literatura que se estaba haciendo en Rusia durante el cambio de siglo. Porfiri P. Infántiev y Valeri Y. Briúsov esbozan a principios del XX comunidades desconocidas a caballo entre la utopía y la distopía (en español se disfrutan en Pioneros de la ciencia ficción rusa, 2013 Alba Editorial), pero el gran precedente de Zamiátin lo encontramos en Alexander Bogdánov. Este último, rival de Lenin en los albores de la organización bolchevique, compuso dos novelas cortas, Estrella roja (1908) y El ingeniero Menni (1913), con la intención de que sirvieran para formar a la pequeña burguesía y al proletariado ruso en aras de una revolución marxista. En ellas explica cómo Marte ha evolucionado a una sociedad comunista, discute sus opciones políticas para lidiar con los problemas de superpoblación y escasez de recursos, y detalla el funcionamiento de fábricas, escuelas, hospitales, museos y bibliotecas. En las obras de Bogdánov, el protagonista, arrinconado ideológicamente, se ve obligado a adoptar soluciones drásticas, impulsivas, irracionales, que nada tienen que ver con el idealismo, sino con la más cruda condición humana. Allí se entreven, por primera vez, vástagos de las doctrinas totalitarias que germinaban en la época, como el colonialismo atroz, la supremacía de la raza, la fe ciega en el líder, y conceptos tan terribles como Lebensraum (literalmente, “espacio vital”), guerra total y genocidio.

Contemporáneas a Nosotros, hijas de la Primera Guerra Mundial y temerosas de unos fascismos que todavía no habían llegado a cristalizar, surgieron tres distopías que vale la pena recordar. R.U.R. (1920) de Karel Čapek, es una obra de teatro en la que las máquinas adquieren conciencia y se revelan contra sus creadores. Ópera prima del autor checo, entre sus curiosidades destaca por ser el origen de la palabra “robot.” Aelita, la reina de Marte (1923), narra un nuevo viaje al planeta rojo, donde una raza descendiente de los atlantes se ha rebelado contra la oligarquía. Esta novela de Alekséi N. Tosltói, conocido como “el camarada conde”, guarda paralelismos con los trabajos ya mencionados de Bogdánov, pero también con la tercera distopía que queremos señalar: Metrópolis (1925) de Thea Von Harbou, esposa del cineasta Fritz Lang. Tanto Aelita como Metrópolis pasaron a la historia por sus adaptaciones cinematográficas, que las convirtieron no sólo en las primeras distopías que llegaron a la gran pantalla, sino también en películas esenciales del imberbe cine europeo.

“Existe una clara diferencia entre la novela de Zamiátin y sus precedentes,” apunta el profesor Fernando Ángel Moreno. “Toda la estética y el desarrollo de la trama se centran en el entendimiento de un sistema socio-político complejo antes que en la mera aventura o el choque entre sociedades. Además, las propuestas dramáticas y simbólicas de Nosotros han resultado fundamentales para la construcción de muchísimas de las distopías posteriores.”

En los años 20 y 30 del s. XX la distopía llegó a Europa y nadie pudo evitarlo, es más, de alguna manera se esperaba que frenara el auge de los partidos comunistas (¿era una utopía para Churchill o Henry Ford?).

Distopías contra los totalitarismos

Las primeras herederas de Nosotros, ya sean anteriores a la Segunda Guerra Mundial o inmediatamente posteriores, abundan en los totalitarismos y en la anulación del individuo. Así ocurre con Un mundo feliz (1932), en la que Aldous Huxley traza una sociedad esculpida por el conductismo. Los individuos en la novela de Huxley responden continuamente a los condicionamientos psicológicos que han recibido durante su infancia. El paraíso hedonista de Un mundo feliz vive una utopía de sexo y consumo, en la que todas las necesidades están cubiertas por los entes públicos. Un salvaje, nacido libre y no condicionado, dará la respuesta crítica a este estado infalible. En esta misma línea, pero con una visión optimista, aparece en 1948 Walden dos. Considerada comúnmente como una utopía, puesto que carece de la crítica del salvaje, esta novela de B. F. Skinner presenta una comunidad experimental en la que hay solución para todos los conflictos. Su autor, uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, construye unos personajes que rechazan el libre albedrío. Walden dos y Un mundo feliz encajan muy bien en la metáfora de la cinta de Moebius: la primera es utopía y la segunda distopía sólo porque sus autores así las encuadran, ya que a ojos del lector ambas sociedades podrían compartir las mismas características distópicas.

La autora sueca Karin Boye aprieta otra vuelta de tuerca a las relaciones estado-individuo con Kallocaína en 1940. Boye, concienciada pacifista, se suicidó en el momento en el que las tropas alemanas e italianas entraron en Grecia, percibiéndolo como el fin de la cultura humanista. En este trabajo, el último publicado antes de su muerte, transpiran sus temores ante los métodos de control estatal y la pérdida de libertad que sufría Europa. El autor de R.U.R., Karel Čapek, también reflexiona en los años 30 sobre el auge de los fascismos. La guerra de las salamandras (1936) se presenta como sátira del nazismo y como una mordaz crítica a todos los estamentos que participan en la sociedad de entreguerras. Pero el verdadero protagonista de la ciencia-ficción a partir de 1940 es George Orwell. Poeta, periodista, y miliciano del POUM en la Guerra Civil española, Orwell es una figura básica en la literatura del siglo XX. En sus obras ataca los totalitarismos, aborda temas de injusticia social, y se posiciona a favor de una democracia socialista. Él es el padre de expresiones mundialmente utilizadas, como “Gran Hermano” y “guerra fría,” además del autor de dos de las más famosas novelas de ciencia-ficción distópica de la historia: Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949).

Esta última, 1984, completa junto a Nosotros y a Un mundo feliz, la terna de las grandes distopías. Orwell reconoció que la inspiración para su novela la tomó de la obra de Zamiátin, que reseñó años antes para un periódico británico. En 1984 Orwell alerta de los peligros de los crecientes sistemas de vigilancia del estado y de la falta de privacidad, describiendo una ideología dominante responsable de practicar continua propaganda y revisionismo histórico, que vacía de contenido el lenguaje cotidiano y fomenta el culto a la personalidad del líder.

Desafortunadamente, muchas de las pesadillas de Orwell hoy no nos sonarán tan extrañas. Trump hereda de Obama el sistema de vigilancia masivo más potente que ha existido nunca, con ojos y oídos en todos nuestros dispositivos electrónicos, y un ejército de drones capaz de exterminar a cualquier persona en cualquier lugar del mundo y sin rendir cuentas a nadie. El gabinete de políticos, empresarios y cabilderos que le acompañan tampoco incita a la tranquilidad. Junto a Trump, la semana que viene comenzarán a trabajar Mike Pence (Vicepresidente, fanático religioso y activista anti-LGTB), Rex Tillerson (Secretario de Estado, ex-director ejecutivo de Exxon Mobil, la petrolera más grande del mundo, y amigo personal de Vladimir Putin), Steve Bannon (jefe de estrategia de la Casa Blanca, supremacista blanco y ex-director del portal de extrema derecha Breitbart News), Scott Pruitt (director de la Agencia de Medioambiente, notorio escéptico del cambio climático) y Jared Kusher (su yerno).

Seguidores de Trump, en un mitin en 2016 en Pennsylvania

La distopía posible del presidente Trump

La suma de intereses del propio Trump y de su singular caterva darían a Orwell, a Huxley o a Zamiátin buenísimos mimbres para una novela. El trumpismo no esconde una filosofía, sino una retórica avasalladora y totalitarista. Desde Twitter, su singular tribuna, enarbola la bandera del yo-contra-todos, del despotismo y de la autosuficiencia. Trump y sus acólitos cumplen una por una las 14 características de ese totalitarismo difuso que Umberco Eco llamó “fascismo eterno.”

Para empezar, los seguidores de Trump veneran como textos sagrados la Biblia y la Constitución (1), poniendo a los padres fundadores al mismo nivel que a los santos católicos, y aplicando a Estados Unidos una pátina de pueblo elegido. Rechazan la ciencia y la razón (2) en cuestiones como el darwinismo y el cambio climático. Actúan sin atender a las consecuencias (3), valoran la acción por encima de la reflexión, recelan del mundo cultural, y están enfrentados a artistas y académicos. Rechazan el pensamiento crítico (4), negando la palabra a los medios de comunicación incómodos y atacándoles con exabruptos. Tienen miedo a lo diferente (5), son racistas por defición y de ahí su enfrentamiento con activistas como Black Lives Matter, o los planes de identificar a los musulmanes y de expulsar a los latinos. Su público electoral son las clases medias frustradas (6). Son tan abiertamente nacionalistas y xenófobos (7) que consiguieron el apoyo de organizaciones como el Ku Klux Klan y partidos supremacistas al grito de “Hail Trump!” Sienten envidia y miedo del “enemigo” (8), ya sean periodistas, políticos, o minorías desfavorecidas. Siguen el principio de guerra permanente (9), son antipacifistas, ponen énfasis en reconstruir el ejército y en hacerlo mucho más fuerte “para que nadie se atreva a molestarnos.” Son elitistas (10) y desprecian a los débiles, como demuestran las burlas a los discapacitados. Impulsan el culto a la muerte (11) y la violencia, hasta en los mítines de campaña: “in the good old days…” Son machistas y vinculan el poder con el sexo (12). Arrojan dudas sobre la legitimidad del parlamento (13) y de los partidos, con promesas como “drenar el pantano de Washington y sacar a todos los políticos.” Y, por último, utilizan un léxico pobre y una sintaxis elemental (14) para limitar el razonamiento complejo y crítico: “Sad! Fake news!”.

La distopía pierde la inocencia: el subgénero tras la catástrofe

El exterminio masivo de la Segunda Guerra Mundial, por primera vez documentado y retransmitido, supuso un cambio importante en la mentalidad de los escritores de ciencia-ficción. Tras la guerra, practicamente se esfumó el optimismo utópico que empujaba al género desde la Ilustración, dejando paso a nuevas temáticas. A partir de 1950 empiezan a ser recurrentes las historias con un trasfondo post-apocalíptico. Buena prueba de ello son las tres obras consecutivas de John Wyndham: El día de los trífidos (1951), El kraken despierta (1953) y Las crisálidas (1955), en las que la humanidad se enfrenta a diferentes catástrofes a escala planetaria. En 1960 Walter M. Miller Jr. publica Cántico por Leibowitz, ganadora del premio Hugo, donde deja patente el miedo a la guerra nuclear. Muy diferente en su estilo, pero con un argumento en el que se entreve un planeta al borde del colapso es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela de Philip K. Dick de 1968 en la que se inspiró Ridley Scott para rodar Blade Runner. Una década más tarde, Russell Hoban utilizó el lenguaje como metáfora del apocalipsis en Dudo errante (1980), un libro que nos traslada a una Edad Media post-nuclear, y de los ochenta rescatamos también El cuento de la criada (1985), en la que Margaret Atwood viste a EEUU de teocracia cristiana. Hay muchísimas más novelas distópicas que ahodan en escenarios apocalípticos pero, por nombrar una más antes del cambio de siglo, destacaremos Hijos de los hombres (1992) de P. D. James, que dio origen a la película homónima de Alfonso Cuarón.

El cine, como veremos más adelante, ha hecho suyo con éxito el relato distópico en las primeras dos décadas del siglo XXI, pero esto no siempre fue así. De hecho, desde Metrópolis de Fritz Lang hasta que François Truffaut filmó Fahrenheit 451 -el trabajo con el que Ray Bradbury inició su incursión en el género (1953)-, la ciencia-ficción distópica apenas dejó huella en la pantalla grande. Los relatos que Bradbury publicó en 1953 exploran un régimen político obsesionado por el control intelectual de sus ciudadanos, hasta el punto que los libros están prohibidos y la ciudadanía se encuentra enganchada a un entretenimiento televisivo que sustituye al ámbito familiar y al intelectual. Otra gran distopía preocupada por el dominio mental sobre la población fue La naranja mecánica (1962) de Anthony Burgess. Adaptada a las salas de cine por otro de los genios del celuloide, Stanley Kubrick, esta novela es una cruda historia sobre la alienación de la juventud en un entorno oprimido. Violenta y genial a partes iguales, la novela de Burgess describe un gobierno que, al igual que el de Trump, encaja con todas las reglas del “fascismo eterno.”

No, no es un villano de James Bond, se trata de Geert Wilders, líder del xenófobo partido liberal de Holanda; puede ser uno de los representantes de las distopías reales del mañana en Europa, junto a Marine Le Pen o el húngaro Orban.

La naranja mecánica se sitúa como una continuadora de Un mundo feliz por el papel que juegan en la trama los condicionamientos psicológicos a los que se somete al protagonista. Sin embargo, nadie podría decir que la obra de Burgess recrea el paraíso hedonista que inventa Huxley. Mucho más cercano a este edén está La fuga de Logan (1967), una fábula sobre el control de la natalidad co-escrita por William F. Nolan y George Clayton Johnson, y que también acabó convirtiéndose en película.

Las distopías se reiventan

Un nuevo subgénero distópico que nace a caballo entre el cine y la literatura, y que va más allá del escenario apocalíptico es el de los relatos de zombis, o infectados. Una década y media antes de que George A. Romero estrenara La noche de los muertos vivientes (1970), el escritor Richard Matheson publicó Soy leyenda, que trata el aislamiento en una sociedad post-humana. Mucho más moderna, aunque igual de recomendable, es Guerra Mundial Z (2006), en la que Max Brooks detalla la reconstrucción de una sociedad destruída y el afán por la supervivencia de la raza humana. Quizá la obra que mejor represente esta categoría sea el cómic de Robert Kirkman Los muertos vivientes (2003), con gran éxito de lectores y de televidentes, en su formato televisivo. De cómics, igualmente, nos ocuparemos más adelante.

La lucha por la supervivencia asociada a los relatos de zombis es otro tema común en muchas de las distopías ya comentadas, como también lo es la reconstrucción, o recreación, de una sociedad a muy pequeña escala. Con esta temática podemos destacar El señor de las moscas (1954), la primera novela de William Golding, Premio Nobel de Literatura en 1983. Resulta curioso que otro ganador del Nobel, José Saramago, también experimente sobre este asunto con una novela que nosotros queremos incluir entre nuestra lista de distopías: Ensayo sobre la ceguera (1995). Entre Golding y Saramago, y tratando también el fenómeno de las microsociedades se encuentra Rascacielos (1975) de J. G. Ballard.

Hay dos factores que chocan en la exploración de estos grupos a pequeña escala, pero que literariamente funcionan muy bien: por un lado está la evolución psicológica de los personajes y cómo degeneran o se adaptan a los roles arquetípicos, y por otro la faceta política de reorganización social. Siempre existe un punto utópico cuando se discute cómo hacer una nueva sociedad desde la nada. Tanto es así, que muchos críticos consideran básica esta vertiente política de la distopía, hasta el punto de limitar si una obra pertenece o no al género por la profundidad del sistema político que se describa. La ausencia de ese estado fuerte, opresor, que domina los tres clásicos llama la atención en Mercaderes del espacio (1953), de Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, una crítica al capitalismo que divide la sociedad en vendedores y consumidores. Con tintes casi proféticos encontramos la obra de John Brunner Todos sobre Zanzíbar (1968), una novela con un transfondo ecologista, preocupada por la superpoblación y la destrucción de la naturaleza a manos de las grandes corporaciones.

Puede que la distopía ya se encuentre en estado larvario en nuestras instituciones. ¡Atención al terrible mensaje de García Albiol (PP), miembro electo del Parlamento Catalán! Como demuestra el caso Trump, a las distopías sólo tenemos que dejarlas crecer…

Casi como respuesta a Brunner nacen las ecotopías, término inventado por Ernest Callembach que engloba a las obras que plantean la creación de paraísos ecológicos, y del que Kim Stanley Robinson (La trilogía de Marte) y Ursula K. Le Guin sean quizá los mayores exponentes. Le Guin, una de las autoras de calidad más prolíficas en ciencia-ficción y fantasía, siempre plantea en sus obras dilemas sociales como la sexualidad, el reparto de riqueza, o la organización política. La mano izquierda de la oscuridad (1969) y Los desposeídos (1974), ambas parte de una saga conocida como el Ciclo de Hainish, son dos de sus distopías más celebradas. Otro acercamiento a la degeneración del capitalismo y el exceso de poder de las multinacionales, en este caso desde un trasfondo mucho más centrado en los avances tecnológicos, es Neuromante (1984) de William Gibson. Con ella nace un nuevo subgénero, el cyberpunk, donde se mezclan elementos de la novela negra, con inteligencias artificiales, implantes cibernéticos y drogas tecnológicas. Primas-hermanas del cyberpunk, aunque con mucha menos producción distópica, son el biopunk (La chica mecánica, 2009, Paolo Bacigulpi), el dieselpunk (Mad Max) y el steampunk -donde el futuro tiene tintes victorianos, con sombreros de copa y máquinas a vapor-.

Precisamente por sus elementos históricos, el steampunk se encuadra a veces entre las ucronías, otro subgénero de la ciencia-ficción que también se conoce como novela histórica alternativa. Las ucronías y las distopías se han encontrado en varias novelas, como la célebre obra de Philip K. Dick en la que nazis y japoneses se reparten EEUU tras ganar la guerra: El hombre en el castillo (1962), o la trilogía de Keith Roberts (Pavana, Los gigantes de caliza y Tierra de cometas), que postula una victoria de la Armada Invencible en Inglaterra, el fracaso de la Revolución Industrial y una inevitable guerra nuclear.

Las últimas distopías (hasta ahora)

Sin la perspectiva suficiente para saber hacia dónde evolucionarán las distopías, lo que sí podemos hacer es señalar media docena de obras que, de una u otra manera, parece que ya han marcado un hito en la ciencia-ficción de las dos últimas décadas, aunque sólo sea por haberse convertido en películas de éxito. Clones (1996), de Michael Marshall Smith, tiene la virtud de introducir una nueva temática, la de humanos como piezas de repuesto, que funcionará más adelante en Nunca me abandones (2005) del autor japonés Kazuo Ishiguro, y en la película La isla. Otro japonés triunfó en 1999 con Battle Royale, Koushun Takami, reflexionando acerca de la violencia de la que se alimenta el fascismo a través de un macabro pasatiempo. Los juegos del hambre (2008) de Suzanne Collins, fue el inicio de una trilogía que descolló utilizando una temática similar. Sin salirse de la fórmula del juego con la que enganchar al lector, los norteamericanos James Dashner (trilogía El corredor del laberinto, 2010) y Ernest Cline (Ready Player One, 2011) son los últimos en haber dado con la receta bestseller-Hollywood. Y fuera de toda fórmula, pero con una calidad tal que la elevó al premio Pultizer, encontramos por último La carretera (Cormac McCarthy, 2006), una cruda historia de supervivencia -en el fondo y en la forma- de un padre y su hijo en un mundo post-apocalíptico.

Por hacer un apunte de la breve producción distópica en castellano, nos gustaría destacar tres novelas y una antología. En primer lugar, la sorprendente La bomba increíble (1950) de Pedro Salinas, la única narración larga del poeta de la Generación del 27, en la que describe una sociedad que ha convertido la ciencia en religión y la búsqueda de la verdad mediante la experiencia en el más fuerte de sus dogmas. Mucho más moderna es Sangre a borbotones (2002), una novela de Rafael Reig en la que el petróleo se ha terminado, España es un protectorado de EE.UU., Madrid una ciudad navegable, y la gente vive asustada de dos grandes corporaciones que controlan los hilos ocultos de la sociedad: Telefónica y Chopeitia Genomics. Con una novela de vampiros protagonizada por un pintor yonki que se enfrenta a un apocalipsis, Emilio Bueso ganó el premio Celsius en 2013. Su obra, Cenital, es la última de las que queremos recomendar antes de cerrar la parte literaria con una antología: Mañana todavía (Fantascy, 2014), un compendio de doce distopías en el que participa el propio Bueso junto a varias voces conocidas del fantástico en castellano, como Javier Negrete, Elia Barceló, Laura Gallego, Félix J. Palma y Rodolfo Martínez.

Aunque resulte increíble, el fascismo de Mussolini y el nazismo de Hitler fueron utopías para millones de personas, como también se llamó a la Cuba de los Castro “el paraíso socialista,” a Mao “el gran timonel,” a Kim Il-sung “el supremo líder” y a Stalin “el padre de las naciones.” Ni el nazismo ni la filosofía Juché son exportables a otras naciones, igual que un Castro no puede gobernar Honduras ni el Partido Comunista Chino hacer la revolución en Mali. Sin embargo, ya advirtió Umberto Eco que “el fascismo es un juego que puede jugarse de muchas maneras, pero el nombre nunca cambia.” Y en Fabulantes, como Porco Rosso, preferimos ser cerdos a fascistas. Fuck Donald Trump!

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Ilustración de Mariano Henestrosa para Fabulantes.