Daniel Defoe fue uno de los escritores más activos -y activistas- de la historia de la literatura. Además de denunciar innumerables injusticias sociales, o quizás a pesar de ello, se convirtó en uno de los mejores narradores de temas “negros”. Insigne biógrafo de bucaneros, también supo estremecer con sus Cuentos de crímenes, fantasmas y piratas.

Un pirata convertido en leyenda del mar Caribe y señor del océano Índico, de un confín a otro del planeta; fantasmas burlones que ponen en jaque a bandas de malhechores; el Diablo, chismoso, que se mete en los asuntos más triviales de los mortales; un honorable cazador de bandidos que, en realidad, es el “padrone” del hampa londinense… Estas son algunas de las criaturas que deambulan entre la realidad y la literatura por las páginas de Cuentos de crímenes, fantasmas y piratas, una recopilación de relatos de Daniel Defoe publicada por la editorial Valdemar (reedición de 2015), que ofrece una perspectiva distinta del creador de Robinson Crusoe.

Todos conocemos al inglés Daniel Defoe (1660-1731) por haber forjado uno de los personajes paradigmáticos de la literatura universal, capaz de competir en la misma liga que Don Quijote, Ulises, Fausto, Emma Bovary, Hamlet o Anna Karenina. También es bien conocido Defoe por otra de las grandes heroínas de la historia literaria, Moll Flanders, ingeniosa protagonista de una de las primeras novelas sociales.  Sin embargo, hay un corpus menos difundido de su escritura, más relacionado con otra de sus múltiples facetas con la pluma, la de cronista de lo bizarro y portentoso, que nos lleva, con una prosa sencilla pero llena de detalles, a adentrarnos en casas solariegas habitadas por espectros, caminos solitarios donde acechan asesinos y contrabandistas, y procelosos mares donde el valor y la crueldad de los piratas son el único poder indiscutible.

Si de alguna forma se pudieran definir las peripecias vitales de Daniel Defoe (pionero de la novela moderna inglesa gracias a La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe), sin duda, el calificativo de “animadas” se quedaría corto. Escritor, periodista, panfletista, disidente religioso, defensor acérrimo de la libertad de culto y pensamiento, comerciante, reincidente deudor e incluso espía a sueldo de la corona inglesa fueron algunos de los desempeños y tribulaciones de Defoe, un hombre dotado de unas inquietudes que desbordaron la época que le tocó  vivir y que hicieron de la expresión escrita un eficaz instrumento de propaganda ideológica a la par que de creación literaria. Sus excesos, los notables acontecimientos de los que fue testigo y su curiosidad se reflejan en esta obra recopiladora que tratamos.

Los diferentes relatos aquí tratados aparecieron en panfletos y otras publicaciones periódicas en distintas etapas de la vida de Defoe. El texto con el que concluye el libro, “El rey de los piratas”, se incluyó en cambio en su Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas (1724), firmada con el pseudónimo de Capitán Charles Johnson y conformada por diecisiete biografías de otros tantos filibusteros, bucaneros y piratas, que la convierten en la mejor documentada relación de la historia de la edad de oro de la piratería, entre fines del siglo XVII y principios del XVIII. “El rey de los piratas”, en concreto, trata sobre las hazañas y crueldades del pirata Avery, terror de Madagascar y las rutas comerciales del Índico, y una leyenda también en las Bahamas y las colonias británicas de Norteamérica.

Como refiere el título del libro, son tres los temas que aborda Daniel Defoe en Cuentos de crímenes, fantasmas y piratas. La primera parte, dedicada a las apariciones espectrales, recoge las narraciones de varios misteriosos sucesos donde predomina el ambiente sobrenatural y la aparición de espectros, pero sin deleitarse en detalles macabros y espeluznantes. Más bien estaríamos ante un cronista ávido de tales historias, que, sin llegar a tomar un partido claro por la naturaleza fantasmagórica de los hechos, deja una puerta abierta a su autenticidad y se mueve por la trama con una notable dosis de humor e ironía.

Daniel Defoe disfrutaba escribiendo sobre temas sobrenaturales. Se advierte en las páginas de este libro y en la minuciosidad desplegada a la hora de componer las reacciones de los protagonistas ante su experiencia con el “otro mundo”, con almas en pena que no dudan en defender la hacienda de algún allegado o interesarse en los asuntos legales de una herencia. Ahí están el relato “El fantasma de todas las habitaciones”, en el que el espectro de un anciano se enfrenta burlón a una cuadrilla de bandidos; “El espectro  y el salteador de caminos”, un cuento bastante improbable, pero no exento de gracia;  “El clérigo y el testamento oculto”, con diversas disquisiciones de crítica social; “La extraña experiencia de dos hermanos”, que introduce el sugestivo asunto paranormal de la bilocación; “El diablo se burla de un sumiller”, con almas en pena, vino y exorcistas, de nuevo adelantándose en el siglo XVIII a los temas que dotarán la novela de terror del siglo XX;  “El diablo y el relojero”, en el que el demonio se convierte en un inesperado e implacable juez, zafándose de cualquier lógica y consideración cristianas; siguen “Recelo ante las miradas de un oso… o de un asno”, sobre los falsos fantasmas que puede crear el miedo, “El fantasma aprovechado”, que implica a gentes de fantasía desbordada cuyo único objetivo parecería ser la cosecha macabra de apariciones, “Los jamones del cuáquero”, otro ejemplo de crítica social y desprecio hacia la institución policial, incapaz de afrontar una plaga de ladrones, “El adivino de la feria de Bristol”, y, finalmente, “La aparición de Mrs. Veal”, una narración merecedora de una consideración aparte.

Con éstos y otros relatos, Defoe se adelantó a otro maestro de los cuentos de espectros, M. R. James, a la hora de establecer el género fantasmagórico como una de las piedras fundamentales de la literatura de ficción inglesa del siglo siguiente, el XIX, y puso también los puntales del género gótico. Ese interés por lo sobrenatural lo reflejó Daniel Defoe en otras obras. Así, en la secuela de Robinson Crusoe publicada en 1720 refiere una visión del mundo angelical; apenas seis años después publicó su Historia política del Diablo, a la que siguió en 1727 Un sistema de magia y Un ensayo sobre la historia y realidad de las apariciones, en este mismo año.

Como buen dissenter presbiteriano, Defoe aprovecha estos relatos -o quizá sería mejor decir “historias”- de fantasmas para disparar certeras andanadas de crítica social. Aunque los cuentos le ofrecen un respiro ante sus continuos problemas con la justicia por sus escritos políticos, su esencia contestataria no le permite eludir la oportunidad que siempre le ofrecen la pluma y el papel. Al igual que las aventuras de Robinson Crusoe guardan numerosos mensajes críticos hacia la sociedad inglesa de principios del siglo XVIII, los relatos cortos son el medio ideal para plantear ese pensamiento protestante más inconformista con las hipocresías de un país dominado por la Iglesia de Inglaterra. Esos toques satíricos quizá le restan interés ante el lector que sólo busca un escalofrío, pero a cambio se obtiene una preciosa pintura de la Inglaterra de su época que pocos historiadores ortodoxos de sus tiempos dieron con sus enjundiosos ensayos.

Pero no nos equivoquemos. A pesar del aura de incipiente racionalismo que le acerca a las corrientes ilustradas que verán la luz en Europa a fines de ese siglo, Defoe es un escritor dispuesto a demostrar que la razón no excluye necesariamente la existencia de “otras realidades”. Una y otra vez pone en boca de testigos la marcha de los relatos y de la acción de los espíritus en los mismos. Refiere incidentes que evidencian la presencia de fantasmas como algo natural, relacionado con las propias creencias religiosas y como contraposición a la relajada moral de la época. Para Defoe, la existencia de un mundo sobrenatural es el gajo que complementa la existencia de un mundo natural. La comprensión de uno depara la comprensión del otro.

Aparición

Grabado de una aparición: el muerto regresa de entre los vivos. Alguno, como la señorita Veal, con intenciones benévolas.

El relato “La aparición de Mrs. Veal”  (1706) es un buen ejemplo de la habilidad de Defoe a la hora de tratar el evento sobrenatural  y plasmarlo sobre el papel. La pluma del escritor oscila entre el momento sobrecogedor del encuentro con el fantasma y la relación de los detalles más ordinarios de ese contacto que muestra al Defoe panfletista y periodista, anteponiendo la curiosidad como elemento transformador de la realidad.

Su título completo era A True Relation of the Apparition of One Mrs. Veal, the Next Day After Her Death to One Mrs. Bargrave at Canterbury. The 8th of September , 1705. Defoe recurre en su introducción a un mecanismo periodístico, la atribución de la narración de los hechos a testigos de los mismos, algunos conocidos suyos: “No se trata de hechos falaces, pues han sido confirmados en todos sus aspectos por otras personas de probada honorabilidad”. Y, no obstante, Defoe deja a continuación un espacio para la duda, una sombra que planeará sobre el lector durante todo el relato de un caso “en verdad extraño en todos sus aspectos y circunstancias”. En la narración, la señora Bargrave recibe la inesperada visita de su íntima amiga la señora Veal, quien le habla de un viaje que va a hacer. Las dos mujeres conversan sobre recuerdos de la niñez, sobre poesía y acerca de los libros piadosos que ambas gustaban leer, algunos de ellos sobre la muerte y la vida después de la muerte. No contaremos todos los detalles para salvaguardar el interés del lector, pero sí indicaremos que Mrs. Veal había muerto, muy lejos de allí, justo en el momento en que Bargrave recibía su visita.

Esta historia tuvo un notable éxito tras su publicación y algunos críticos de la obra de Defoe la califican como “el primer relato moderno de fantasmas” que anticipa la literatura gótica, aunque para entonces este género fantasmagórico ya merecía la atención de otros escritores y comenzaba a tener una gran aceptación por parte del  público. El origen de la narración, además, no parece estar en el propio Defoe, y se podía escuchar en corrillos y tabernas por buena parte del país. Sin embargo, fue nuestro autor quien le dio por primera vez esa forma escrita y quien convirtió el suceso legendario en una crónica de algo que pudo haber ocurrido, como trata, a lo largo de todo el relato, de convencer el narrador al lector. Como dato curioso, en el texto se menciona un misterioso Libro de la muerte, de un tal Drelincourt, que ambas amigas, la  viva y la difunta, comentan en su espectral encuentro.

La segunda parte del libro que aquí se trata abunda en relatos sobre crímenes y criminales famosos. Estas narraciones muestran al Defoe periodista, indagador de tugurios, visitador de antros de mala muerte, huésped ocasional de cárceles por sus deudas impagadas y sus panfletos incendiarios, y morboso admirador de los bajos fondos de Londres.

Defoe

Daniel Defoe, padre de Robinson Crusoe

Cuando narra sus historias de crímenes y criminales, Defoe escribe también desde la experiencia. Y no sólo como periodista de sucesos. Por su activismo panfletista, Defoe fue expuesto a la picota en 1703, con un cepo que le dejaba a merced del escarnio público. También pasó una temporada en la cárcel de Newgate, donde pudo conocer a la flor y nata del hampa londinense, y las historias más truculentas que en aquellos días estaban en boca de todo el mundo. A partir de entonces no dejó de recabar información sobre ese sórdido mundo y, muchos años después, a manera de un dieciochesco Truman Capote, centró su atención y su pluma en el famoso criminal Jonathan Wild, ahorcado por sus trapacerías. El relato que incluye el libro que nos ocupa fue inicialmente escrito en junio de 1725 bajo el enjundioso titulo de True and Genuine Account of the Life and Actions of the Late Jonathan Wild.

Además de esta narración sobre la “Vida y hechos de Jonathan Wild”, nuestro tomo incluye “Los crímenes de John Sheppard” y “La historia de John Sheppard contada por el mismo”. Defoe ofrece un recurso que después sólo se repetiría en la literatura contemporánea, esto es, recurrir a la relación de un mismo suceso contado desde la perspectiva de un narrador y del propio protagonista del mismo, con toda la ironía y tristeza, pero también el humor que podía mantener en su lóbrega celda el protagonista condenado a muerte y relator de sus propias  y criminales peripecias. También Defoe fue el primero en narrar crímenes reales basándose en las entrevistas personales que había realizado en la cárcel de Newgate. Es éste, pues, uno de los relatos donde Defoe muestra su mejor arte literario como cronista de los sufrimientos y pecados ajenos siempre con un toque de humor. Como ejemplo, vaya aquí esta alusión del reo sobre una de sus malhadadas compañeras: “Tampoco es cierto que, como igualmente se ha escrito, yo maldiga a Elizabeth Lyon por haberme traicionado con Mr. Jonathan Wild. Nada de eso; quiero, a pesar de su traición, que sea perdonada y pueda llevar de aquí en adelante una vida más honrada y honesta. Que Dios la perdone, pues, porque yo ya la he perdonado; y que la perdone igualmente el resto de la humanidad, aunque haya pocas mujeres en Londres tan lascivas, malvadas, borrachas y aprovechadas como ella”.

La última parte del libro corresponde, como se ha dicho, a las aventuras y desventuras del pirata Avery, relato que inaugura también la magna obra sobre historia de la piratería del propio Defoe. En esta narración, la prosa se vuelve si cabe más fluida, a guisa de reportaje marino o de crónica perfil del protagonista y sus secuaces. Defoe plasma en su indudable admiración por las hazañas del pirata ese libertarismo que le acompañó toda su vida y que reflejaba el ambiente disidente religioso en el que creció y que desarrolló en su obra panfletaria. Testigo en su infancia de terribles acontecimientos como la Gran Plaga de Londres o el devastador incendio que arrasó esa capital en 1666, los infortunios y cambios de viento en la suerte de los filibusteros no eran sino un atractivo más de esa vida libertaria que pinta en todo su esplendor “El rey de los piratas”.

Son más de medio millar las obras atribuidas a Daniel Defoe, entre artículos, panfletos políticos, sociales, religiosos y económicos, cuentos y novelas. Estos relatos sobre crímenes, fantasmas y piratas nos ofrecen una visión más fresca del padre de Robinson Crusoe. Defoe fue un escritor que pretendió dotar a sus personajes de una vida especial. Sus argucias como periodista y publicista político le ayudaron mucho en tal propósito. Pero sobre todo fue su capacidad para destacar las miserias y bondades de su tiempo y sus coetáneos lo que dotó a sus obras de la calidad y visión necesarias para pasar a la posteridad como uno de los grandes de la literatura.