El armisticio de noviembre de 1918 no supone el fin de la guerra para Silas Corey. Empeñado en autodestruirse, el detective-espía vegeta en un prostíbulo bebiendo, follando y jugando a las cartas (y haciendo trampas). La muerte de un competidor y compañero de oficio lo activará de nuevo, como a “Dinamita” Burma en Calle de la Estación, 120 (novela de Leo Mallet adaptada por Jacques Tardi al cómic).

El asesinato de Albert Percochet, y su advertencia: “Zarkoff, Wotan, Tú…Le…“, llevará a Corey y a su ayudante y criado Nam a verse involucrados en un complot en una Europa sumida en el caos y el miedo hacia el presente. Una Europa que restaña aún sus heridas y en la que cualquier populista y demagogo es capaz de canalizar descontentos en beneficio propio. La pareja protagonista se topará con todos los agentes del caos imaginables en su periplo por encontrar al heredero de Celestine Zarkoff, la tratante de armas a la que el investigador mandó a un exilio dorado en Neuchâtel (Suiza) en La red Aquila.

Cubierta de la edición de dibbuks

Como en aquella primera aventura, en El testamento de Zarkoff (Dibbuks, 2016) Corey se siente cómodo entre conspiradores. Asumiendo una identidad falsa, de veterano desertor, se embarcará en una búsqueda que amenazará continuamente su vida y la de una joven, Nina Koenekamp, por Alemania, Suiza y Francia. Corey será testigo de hechos que la Historia tiene olvidados, como la formación de la independiente república socialista bávara, efímera, voluntariosa, y nacida a imagen y semejanza de su hermana mayor rusa. Para ciertas “fuerzas vivas” (eufemismo que siempre ha querido maquillar con amabilidad a la Reacción), la existencia de una realidad política de tal calibre en el corazón de Alemania es una amenaza mayor que las condiciones de capitulación de Versalles. Además, la deserción en masa de las tropas germánicas, causa de la rendición alemana y la posterior abdicación del Káiser, ha herido el orgullo de una nación que se cree poderosa e invencible. Viajar a esa Alemania es internarse en la boca del lobo.

Fabien Nury y Pierre Alary superan su trabajo de la primera entrega a base de construir situaciones de ritmo frenético, que dejan sin resuello y con poco margen para tomar decisiones templadas. Estas nuevas aventuras de Silas Corey se suceden a velocidad de vértigo y se resuelven por instinto de supervivencia. La violencia llama a la violencia; quien pega primero no se asegura la ventaja que otorga el golpe final y certero. Corey, muy bueno en las distancias cortas, tendrá que deshumanizarse para participar en una partida sin reglas, cuyo trofeo es levantar los cimientos del continente noqueado.

El testamento de Zarkoff tiene momentos más dinámicos que su antecesor. El dibujo de Alary es también más enérgico: abundan las escenas de lucha, planteadas con una vivacidad que permite escuchar el ruido de los destrozos en el mobiliario, el crepitar del fuego inducido, el rasgar de la carne o el silbido del filo metálico. La coreografía de la lucha se vuelve a veces tan confusa como el propio enfrentamiento, pero no empaña la bella planificación de las páginas, alentada por los escorzos más maduros de un dibujante en plena forma artística y por los vivaces colores de Bruno García, bien ajustados a ese tono de extrema violencia -tanto patente como latente- que preside este cómic.

Imágenes de Silas Corey 2: El testamento de Zarkoff

La humanidad ha hecho esfuerzos ímprobos a lo largo de su existencia para destruirse, pero pocas veces estuvo tan cerca de lograrlo como en las cuatro primeras décadas del siglo XX. Sabemos, por el abundante material cinematográfico y literario, que la II Guerra Mundial fue una atrocidad de proporciones inimitables, pero no recordamos que aquella contienda fue la consecuencia de hechos muy graves y salvajes incubados por la miseria y la desesperación originadas por la voraz ambición imperialista y nacionalista de entidades geográficas que desaparecieron en paralelo a sus ínfulas. En el camino hacia su presunta hegemonía sólo dejaron víctimas. El testamento de Zarkoff quiere reivindicarlas. Se niega a olvidarlas, a que pasen al olvido de la indulgente y maniquea Historia escrita por vencedores cortos de miras.