1957. Vista de la esquina de un salón, en tonos malvas. A la izquierda, una ventana, a la derecha, una chimenea blanca; papel de pared con motivos vegetales. En mitad de la sala hay una cuna vacía y una pelota junto a la misma. Más allá de la cuna, sobre el sofá, hay un biberón, como el arma homicida en la escena de un crimen. La misma habitación, en 1942, luce también motivos vegetales en la pared, hojas más grandes, ahora en tonos pardos. Sobre una alfombra verde en mitad de la sala, la estructura de una escalera llena la estancia vacía. En 2007 la habitación sigue desierta; los motivos vegetales han dado paso a paredes lisas, en tonos mostaza. Vemos un sofá-cama verde, abierto, como la ventana. Los visillos ondean con la brisa.

Cubierta de la edición de Salamandra.

De nuevo 1957. Sobre una mesa, junto a un sillón, destaca un libro amarillo. Una mujer, vestida de rosa, se pasea por la habitación, sin recordar el motivo por el que ha venido hasta aquí. A la derecha, un pequeño panel, como una ventana a otra época, nos lleva hasta 1999 –hasta un gato negro en 1999-. A continuación, la estancia desaparece para dar paso al paisaje de un bosque invernal, con cúmulos de nieve y árboles desnudos, correspondiente a 1623. Sobre él  flotan, como suspendidos en sendos paneles, 1957 y 1999, la mujer olvidadiza y el gato, que se lame una pata. Con ellos da comienzo el baile, la coreografía espacio-temporal que constituye Aquí, un maravilloso libro sobre la historia de aquello que, a lo largo de millones de años, ha ocurrido, ocurrirá o está ocurriendo en en el sencillo rincón de una habitación. Publicado en 2014 (su versión en castellano corre a cargo de Ediciones Salamandra), supone la materialización definitiva de una visión pionera en el mundo del cómic, a cargo de uno de los más grandes innovadores del género: Richard McGuire (Nueva Jersey, 1957). [1]

Originalmente, Aquí fue concebida como una historia de 6 páginas, divididas cada una en 6 viñetas que, a su vez, se dividían en distintos paneles donde se desarrollaban distintos episodios ocurridos a lo largo del tiempo en ese espacio concreto. Fue publicada en 1989 en la revista Raw (Vol. 2, #1).[2] Si la historia de 1989 puede verse como un pequeño estudio o ejercicio formal, su desarrollo final a lo largo de 304 páginas adquiere la dimensión de una sinfonía, donde el espacio de la habitación hace las veces de un pentagrama sobre el que se van deslizando, como notas, distintas temporalidades.

Una de las grandes diferencias con respecto a la versión original la encontramos en la estructura narrativa. McGuire abandona la estructura secuencial propia de las viñetas (cada una de las cuales reproducía la esquina de la habitación) por una única toma a doble página, en la cual el espacio de la habitación pasa a ocupar la totalidad del pliego, actuando como un telón de fondo sobre el que planean los distintos paneles/tiempos, propiciando así una lectura simultánea de los mismos. Sobre este telón de fondo, McGuire ahonda en su juego de superposiciones temporales, tejiendo un auténtico palimpsesto que nos lleva desde el origen de la tierra hasta un (¿lírico?) futuro más allá de nuestra extinción.

Viñetas de Aquí, de Richard MacGuire. Ediciones Salamandra.

Frente al estilo uniforme de la versión original (líneas sencillas, blancos, negros y grises), encontramos una riqueza visual mucho mayor que, además, juega un papel fundamental en el desarrollo de la historia, ayudando a caracterizar y separar los distintos tiempos, dotando de una mayor complejidad al mosaico. Por un lado tenemos la incorporación del color, que McGuire aplica de manera exquisita. Además, encontramos distintas aproximaciones al dibujo que aparecen enfrentadas unas a otras (o superpuestas, si se prefiere); por ejemplo, las formas y colores usados para describir el espacio de la habitación –completamente planos, hechos de forma vectorial- contrastan con las texturas del lápiz y la acuarela usadas para paisajes y figuras. Estos últimos adquieren así una densidad diferente, que les hace proyectarse en el espacio casi como fantasmas –pasados y futuros-.

Fruto de esta alternancia de colores y texturas se genera una serie de ritmos que dan al libro una indudable cualidad musical. Intencionada, por lo demás, pues McGuire no oculta que la música –la idea de música al menos- fue en muchos sentidos el hilo conductor del proyecto.  Hemos hablado de sinfonía, pero quizá habría que hablar también de danza y teatro, si tenemos en cuenta el uso que el autor hace de diálogos y acciones. Aquí abandona la estructura tradicional de las viñetas, pero hay un elemento secuencial que aún permanece, y es el que se desarrolla a lo largo de los distintos paneles. Haciendo uso de los mismos, McGuire despliega sobre el espacio fijo pequeños arcos temporales, elipsis que funcionan como las distintas melodías que componen una pieza musical, pero también como coreografías en sí mismas –fragmentarias, de movimientos inacabados-. Independientes entre sí, pero complementarias; como en el método de la libre asociación de ideas [3], nada es descartado, y las secuencias se concatenan, remitiendo -o no- unas a otras, según su propia lógica interna. Algo parecido sucede con los diálogos, donde pasados, presentes o futuros dialogan entre sí, completando unos las frases de otros, respondiéndose unos a otros, como ecos.

Al estar distribuidas a lo largo de las páginas, las secuencias hacen que los paneles se conviertan en elementos de repetición; y es que las repeticiones, como generadoras de ritmo que son, constituyen un ingrediente fundamental en el libro. Además de las repeticiones “en secuencia” encontramos repeticiones y variaciones sobre un mismo tema/momento. Unas veces, con relación a personajes concretos (la sucesivas fotos de familia de cinco hermanos –”¡sonreíd!”-, entre 1959 y 1983) o momentos concretos (el vuelo suspendido de una flecha en 1402); en otras ocasiones, las repeticiones tienen carácter temático (distintos árboles de Navidad, distintas maternidades, parejas, personajes disfrazados, bailarinas, interjecciones a lo largo del tiempo…). Otro tipo de “repetición” que cabría mencionar sería el de la cita o referencia, concretamente de diversos motivos empleados en la versión original de Aquí, como la señora que limpia en 1986 –”cuanto más limpio más sucio está todo”, dice-, o el gato de 1999 que abre la historia.

Una de las páginas de la versión original de 1989, publicada en la revista Raw (Vol.2, #1)

A la hora de hablar del concepto de tiempo en el libro, resulta útil la descripción del mismo que  hace Aristóteles en su Física: “[…] Por un lado, él fue y no es más, por el otro lado él será y no es todavía“.[4] La existencia del tiempo es empíricamente obvia pero, como apunta el fragmento citado, no así lógicamente, en cuanto parecería estar constituido por el no ser. Claramente Arisóteles no pensó en la posibilidad de dibujar una solución, pues el libro de McGuire concilia maravillosamente los dos extremos de esa paradoja. Por otra parte, la  importancia de la conexión entre acciones y tiempo en Aquí también nos remite a la concepción aristotélica, para la cual tiempo y movimiento (o cambio si se prefiere) están estrechamente relacionados. El filósofo matiza que tiempo y movimiento no son lo mismo, puesto que el movimiento sólo está presente en aquello que es movido, mientras que el tiempo se encuentra homogéneamente en todos lados; asimismo, el primero puede ser rápido o lento, es decir está determinado por el tiempo, mientras que el tiempo no lo está. Los desarrollos –lentos o rápidos- de las distintas secuencias y los diversos ritmos que generan resuenan con está visión; por otro lado, en Aquí sería el espacio de la página el que permanece impertérrito.

Junto con la naturaleza del tiempo, cabe analizar también la de las acciones, los movimientos a los que va ligado. En este sentido habría que destacar, por encima de todo, su cotidianeidad. Hay una total falta de grandeur, de grandes gestos, de heroísmo… y, sin embargo, el conjunto adquiere el carácter de una narración épica cuya grandeza reside precisamente en las pequeñas cosas, momentos e intimidades. Desde el niño que hace el pino en 1933 a la rutina matinal de una mujer durante los años 50, que pregunta (y repregunta) a su marido si lleva su cartera y sus llaves antes de que éste vaya al trabajo. Desde el divertido juego amoroso de una pareja indígena en mitad de un bosque en 1609 a la coqueta pomposidad de una pareja de aristócratas en 1725. Entre las favoritas de un servidor está la página en la que se ve a una muchacha de 1970 tumbada en el suelo y abstraída en la lectura de un libro, indiferente por completo al gigantesco bisonte que tiene tras ella (casi 11.000 años atrás, para ser exactos), todo ello en medio del silencio azul de un interior de 1915. En la sencillez de estos momentos y situaciones hay  algo que les da un carácter universal (cosa que hace que al lector le resulte fácil identificarse con ellos) pero en muchos casos son el producto de las experiencias personales del propio McGuire (bisontes aparte). El biberón de 1957 (el año en el que nació), al comienzo de la historia, nos da la primera pista de que la casa, realmente, es su casa. Pero gracias al tratamiento que le da el autor, es también la nuestra. Todo el mundo está invitado a ser parte de la historia, como un personaje más.

Esta particularidad nos lleva a un hecho que, aunque a estas alturas pueda parecer una obviedad, hay que resaltar: Aquí es una historia sin protagonista. Al menos en el sentido, precisamente, de personaje. El protagonista, si lo queremos llamar así, sería el espacio.  Es algo que ya ponen de manifiesto tanto el propio título como aspecto físico del libro, cuya portada y contraportada nos muestran lo que vendría a ser el exterior de la casa, con la ventana por un lado y el tiro de la chimenea por otro. Y, entre esas dos paredes del libro, como un río, el lector presencia el fluir del tiempo, de los tiempos de ese espacio. Es como si las paredes hablasen, literalmente. Atropelladamente, mezclando desordenadamente todo tipo de anécdotas –en las que participa, eso sí, todo un coro de personajes-. A través de sus historias cuenta el espacio la suya propia. Así es como descubrimos que la casa donde sucede buena parte de la acción fue en su momento un importante asentamiento indígena, o que, en frente, se yergue una antigua casa colonial en la que estuvo Benjamin Franklin. Casi como quien asiste a un parto, seremos testigos del proceso de construcción de la misma casa con la que ya tanto nos habíamos familiarizado a través de un sinfín de bromas, anécdotas, accidentes y dramas. Y fue poco después cuando vimos cómo los personajes iban desfilando, haciendo mutis por el foro, a través de años y épocas, hasta volver al mismo sitio donde comenzó todo… el mismo salón malva de 1957 y la misma olvidadiza mujer, que por fin recuerda qué era lo que había venido a buscar: el cuaderno amarillo.

Viñeta de Aquí, de Richard MacGuire. Ediciones Salamandra.

NOTAS:

[1] Curiosamente, McGuire no se considera en absoluto una autoridad en el género, y así lo afirma en una extensa y muy recomendable entrevista conducida por Xavier Guilbert en enero de 2015, durante la feria de Angoulême, en la que relata los pormenores del libro, las dudas e inquietudes que marcaron su proceso creativo, la importancia de la música en el mismo, así como las circunstancias personales que influyeron decisivamente en la confección del libro. La entrevista (en inglés) puede consultarse aquí.

[2] Raw fue una antología de cómics editada por Art Spiegelman y Françoise Mouly y publicada por Mouly entre 1980 y 1991. Punta de lanza del movimiento del cómic alternativo de los años 80, sirvió como contrapunto intelectual a la visceral Weirdo de Robert Crumb, más directamente ligada a la tradición underground inaugurada por Zap Comix. Fue, junto a Heavy Metal (la versión americana de Métal Hurlant, más orientada a los géneros de ciencia-ficción, fantasía y erótica), una de las principales plataformas para el cómic europeo en Estados Unidos.

[3] La asociación libre es el método descrito por Sigmund Freud como la «regla fundamental» de la técnica psicoanalítica; consiste en que el analizado exprese, durante las sesiones del tratamiento, todas sus ocurrencias, ideas, imágenes, emociones, pensamientos, recuerdos o sentimientos, tal cual como se le presentan, sin ningún tipo de selección, ni estructuración del discurso, sin restricción ni filtro, aun cuando el material le parezca incoherente, impúdico, impertinente o desprovisto de interés.

[4] La cita corresponde al Libro IV de la Física (Física, IV, 10, 217b), donde se discuten los conceptos de espacio, vacío y tiempo como precondiciones del movimiento.