Alien de H.R.Giger 1978

Monstruo icónico, el alien forma parte del panteón de las cervales pesadillas humanas. Su aspecto intencionadamente fálico, creado para poner nervioso al personal, no ha sido siempre correctamente interpretado. Sucede así en estas dos aclamadas historias de los años 90 recopiladas en volumen integral por Norma y realizadas por autores talentosos.

El alien de H. R. Giger es un monstruo icónico al nivel de criaturas clásicas como el hombre lobo, el vampiro o el zombi. Ésta no es una afirmación que deba hacerse a la ligera, porque estamos hablando de constructos culturales tan antiguos que forman parte no ya de la ficción clásica, sino de la antropología social. La razón por la que me atrevo a decir algo así es porque el alien consigue hacer algo que sólo los grandes monstruos de la cultura universal humana pueden hacer: conectar con un miedo cerval existente en lo más hondo nuestro cerebro.

Es importante empezar este texto dejando claro por qué el alien de Giger es un diseño tan bueno, porque sólo así se entiende mi veredicto sobre la obra que nos ocupa: Aliens: Salvación y Sacrificio (Norma Editorial, 2016, edición original de Dark Horse Comics en 1993), un volumen que recopila dos de las historias más aclamadas de los cómics publicados por la editorial estadounidense en los años 90. La primera historia, Salvación, de Dave Gibbons y Mike Mignola, trata de un crucero espacial que se estrella con un cargamento de aliens en un planeta deshabitado. La segunda, Sacrificio, de Peter Milligan y Paul Johnson, sigue a una misionera que acaba en un pueblo que sufre el acoso constante de la criatura.

Ilustración de Mike Mignola en la cubierta de Norma Editorial

Se trata de dos decentes historias de ciencia-ficción, sin duda. Ambas son fruto del esfuerzo de autores con mucho talento. Pero también estamos ante dos malas historias de, en fin, Alien. El motivo: no haber entendido qué es lo que hace tan terrorífica al monstruo de Giger. No haber entendido que esta criatura es la violación hecha cuerpo.

El alien es un monstruo que pone los pelos de punta por muchas razones. Por parecerse a un ser humano lo justo para resultar repulsivo, por la forma de su cabeza, por su segunda boca o su rostro sin ojos… Pero también por la vileza de su ciclo reproductivo. Porque hay algo vagamente inquietante en todo lo que rodea a la criatura, más allá de las garras y los dientes. Todo en su diseño está intencionadamente basado en imaginería sexual.

No estamos hablando de lo gracioso que es que la cabeza del alien parezca un pene. Es que la cabeza del alien parece deliberadamente un pene. H. R. Giger y el guionista de la película original (de 1979), Dan O’Bannon, crearon un monstruo que atacase directamente los miedos psicosexuales del público, como puede demostrarse en esta cita del propio O’Bannon: “Todo el mundo se suele poner nervioso con el sexo…

yo me dije, así es como voy a atacar al espectador, sexualmente. Y no voy a ir a por las mujeres, sino a por los hombres. Voy a poner en pantalla todas las imágenes que se me ocurran para que los hombres del público se crucen de piernas. Violación oral, nacimientos, huevos por la boca, todo eso”.

Hay una muy buena razón por la que Ridley Scott decidió conscientemente que la víctima del abrazacaras fuera un hombre. Todo esto que digo obedece a la necesidad de dejar claro que el alien no sólo da miedo por ser fuerte, rápido y mortífero, sino por conectar con miedos psicosexuales muy específicos. La criatura inspira terror y fascinación a partes iguales por eso, y la película funcionó porque optó por crear un monstruo icónico cuando pudo haberse conformado con un bichejo con dientes estándar (como era, de hecho, el plan original).

Y he aquí por qué Salvación y Sacrificio no son buenas historias de la serie Alien, a pesar de incluir todo tipo de iconografía de las películas: ambas obras podrían sustituir a la criatura titular por literalmente cualquier bestia asesina estándar de cómic pulp sin haber perdido ni un ápice de significado. Los aliens son, en estos cómics, simples monstruos con dientes que se comen a la gente.

Lo que es una pena, porque ambas obras optan por el a priori muy interesante ángulo de la religión. Los protagonistas son devotos cristianos, lo que daría pie a divertidas exploraciones de los enfrentamientos que la sexualidad humana suele tener con esta fe. No es el caso: tanto Gibbons como Milligan apuestan por un discurso sobre la moral e inmoralidad del ser humano, lo que les sale razonablemente bien… pero a costa de desaprovechar al monstruo que tienen a su disposición. Esto no significa que todas las historias del universo Alien deban girar en torno al sexo (ni siquiera es el caso de la muy aclamada segunda película). Una afirmación así haría flaco favor a la criatura; además, gran parte de su fuerza consiste en que la sensación de inquietud que produce es fácilmente usable como subtexto para un discurso que vaya por cualquier otro derrotero. Pero no es éste el caso, porque tanto Gibbons como Milligan plantan al alien como una entidad amoral. Una máquina de matar sin cerebro. “Lo monstruoso no es la criatura”, afirman casi textualmente ambos protagonistas, “sino los propios seres humanos”.

Esta idea contradice directamente el núcleo de la bestia, porque el alien (tal y como fue concebido originalmente, al menos) no es “una máquina de matar sin cerebro”, sino una criatura maligna, vil y con claras intenciones de hacer daño. Banalizarla así, asemejarla a un “desastre natural” (de nuevo, texto casi literal de Milligan), es banalizar el mismísimo acto de la violación. Convertir el significado cultural y psicológico de este acto (del cual, recordemos, este monstruo es encarnación intencionada) en algo “como un terremoto o un tornado” es quitarle los dientes al alien de Giger: por eso, insisto, no estamos ante buenas historias de la serie. Sin embargo, hay ciertos momentos en los que los dibujantes sí aciertan a atisbar las implicaciones que subyacen en el monstruo. Tanto Mignola como Johnson muestran a las criaturas agarrando las cabezas de sus víctimas como si las fueran a besar antes de matarlas con su boca extensible, imagen potente por sus evidentes connotaciones.

Muchos lectores se darán por satisfechos con estos cómics. Están hechos con profesionalidad, respetan la iconografía de las películas y cuentan historias más o menos decentes de ciencia-ficción. Pero quizá muchos noten que algo falla. Que no están del todo satisfechos, o que hay piezas que no terminan de encajar. Pocos tendrán pesadillas o recuerdos vívidos tras haber leído estas páginas, y se deberá a una sola cosa: Nadie se atrevió a atacarles sexualmente.