Lo del ciborg Cianuro fue llegar y besar el santo. Con tan sólo una única aparición en los más de 50 álbumes por los que ya van las aventuras de Spirou y Fantasio, se ha convertido en una de las mayores némesis y amenazas del dúo protagonista. Su carisma ejerce de reclamo entre muchos aficionados; no son pocos, de hecho, quienes preguntan por ella al interesarse por alguno de los cómics de la serie. Cianuro no tiene competencia, se impone sobre los demás villanos: los clásicos y canónicos Zorglub y Zantafio, o el fullero Vito “Lucky” Cortisone, a pesar de haber perpetrado barbaridades peores –e incluso de tener las manos más manchadas de sangre-, quedan encogidos ante la energía que desprende la autómata.

La explicación de esta supremacía es bien sencilla: Cianuro es una malvada totalmente mediática. Quizás, la más mediática de cuantas combaten Spirou y Fantasio. Cortisone es claramente un homenaje a Vito Corleone y, aunque tiene personalidad y sambenito propio (su inveterada mala fortuna), es demasiado “copia” como para trascender. Zorglub, el dictador del tiempo, el genio loco, es estrambótico, se conduce por motivos nada simples, y no siempre es fiable como antagonista (ha pasado de la parodia a la redención a lo largo de la serie: véase, por ejemplo, Un bebé en Champignac, 1968). Zantafio, por último, y que me perdone Franquin, carece de atractivo: es gris, romo, anodino. Es como un funcionario, un Eichmann banal. Ante este plantel, no es extraño que la serie de animación belga (1993-1995), y el videojuego multiplataforma de 1995 (de dificultad infernal, como se estilaban antaño, cuando se estimulaba al jugador), la tuvieran por enemiga recurrente e incluso, en el último caso, por “mala” final.

¿Quién detendrá a Cianuro? (Dibbuks, 2015) el álbum en el que aparece (1985, aunque había aparecido semanalmente antes en el Journal de Spirou, entre el 6 de octubre de 1983 y el 23 de febrero de 1984), número 35 del canon y tercero del tándem integrado por Philippe Tome (“Tome”) y Jean-Richard Geurts (“Janry”), da la razón a los que creemos firmemente que los cómics sobre Spirou y Fantasio firmados por este dúo de autores belgas son los más amenos de la serie. Son además, y a mucha distancia, mis preferidos. Es cierto que los de Franquin, considerados por muchos como el mejor autor de estas aventuras, se acercan al arte y al ensayo, y que artísticamente pueden ser superiores, pero los de Tome y Janry tienen un mayor vigor, un ritmo mucho más cinematográfico. El dúo autoral, Tome al guión y Janry a los lápices, bebe de referentes claros y mucho más modernos que los de Franquin, están mucho más pegados al cine de acción y también a la ciencia-ficción. Con ellos, el lector de cualquier edad se siente más maduro, más experimentado. Más intrépido.

Uno de los más clamorosos referentes es James Bond. En las aventuras de Spirou y Fantasio por Tome y Janry, los dos amigos son más dandis que nunca, se codean con chicas hermosas (Luna fatal, 1995; el álbum que comentamos), se enfrentan a enemigos que parecen archivillanos (el Zantafio de Spirou en Moscú, 1990, con concomitancias al Yevgraf del film Doctor Zhivago, es, al fin, un criminal de órdago), viajan continuamente (a Australia, Rusia, Estados Unidos), prueban toda clase de ingenios (El rayo negro, 1993, pero también El pasajero del tiempo, 1986) y en todo momento dan la impresión de estar salvando el mundo, aun en aquellas aventuras localistas, como la presente, ambientadas en las muy reconocibles fronteras de Champignac del Campo, residencia del amigo e insigne micólogo Pacôme Hégésippe Adélard Ladislas, conde e inventor. Para evidenciar además la deuda con el agente secreto con licencia para matar, invitamos a comparar la portada de ¿Quién detendrá a Cianuro? con el cartel de la película Sólo para tus ojos (For Your Eyes Only, John Glen, 1981).

Los personajes del universo Spirou, habituales, de nuevo cuño o “rescatados” (como John Helena, “La morena”), tienen un brillo particular cuando los tratan Tome y Janry. Parecen evolucionar de manera propia, gozar de una identidad y una entidad que los restantes autores –que me perdonen los spirouitas por el sacrilegio de meter en este saco a Franquin- no saben darles. Tome y Janry, el uno con sus diálogos y situaciones de película de acción, el otro con su estilo y sus colores a medio camino entre la ironía y el realismo, confían en cada uno de sus personajes, los veneran, se recrean en ellos. Por eso sus secundarios son maravillosos. El alcalde, el secretario municipal Delplumier, el borracho señor Vermut, los más insignes habitantes del pueblo, son acogidos con un cálido abrazo y una ancha sonrisa por un lector que, por primera vez en toda la serie, se siente parte de la realidad de ese condado, como en casa. Por eso, cuando se produce la peligrosa “amenaza Cianuro”, teme por la integridad de sus habitantes, de sus vecinos, y desea con todas sus fuerzas y ganas que el reino del terror de la autómata llegue pronto a su fin.

La interrogación del título de este álbum es tanto un llamamiento de socorro, un S.O.S., como la promesa de un declarado suspense. La respuesta no se orienta tanto en saber quién parará al ciborg, pues es obvio, sino cómo. Es decir, es más un suspense a lo Colombo, y también a lo James Bond, en el que todas las cartas están boca arriba desde el principio de la partida y sólo falta saber cómo, con ellas, se alcanza el triunfo. Se trata de un suspense digno de película de acción, que conlleva un misterio que es más bien expectativa. “Tome” baraja de manera que el lector no pueda despegarse de las páginas, y “Janry” corta y reparte con espectáculo. Ambos logran que Cianuro, robot construido para aliviar la soledad del mañoso ex ferroviario Catenario, hecha a imagen y semejanza de una glamurosa estrella de cine (Jean Harlow, Marilyn Monroe), enamore al lector. Así, queda encandilado y con la guardia baja, tan vulnerable como Champignac de la Campiña a la rebelión de las máquinas que urde esta líder carismática.

No obstante, Cianuro también gusta porque su ambición es legítima. Es una mala de manual, que no titubea al intentar matar, una mujer sofisticada, rabiosamente suya, independiente, con recursos, como las que han dibujado (Seccotine) y seguirán dibujando (Luna; Suspiro de Jade) el tándem, pero a la que le asiste una cierta razón en sus propósitos. Quiere subyugar a la especie humana, supeditarla a las máquinas, pero sus intenciones no distan mucho de los ávidos deseos por vivir, por ser, del Roy Batty de Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Su final, tras poner en jaque y en serios aprietos a una raza y a dos amigos y héroes, abre el camino de la incógnita. ¿Está acabada Cianuro, puede derrotarse a alguien tan poderoso? Tome y Janry dejaron la puerta abierta a futuros escritores y dibujantes. Hasta la fecha, ninguno se ha atrevido a sacar a Cianuro del desguace.

Porque para poner en marcha a este robot tan carnal y volcánico y a su ejército de máquinas se necesita una fuerte personalidad, una eléctrica agitación. Una eficacia máxima.