Relata El Torres (seudónimo del guionista de cómics Juan Antonio Torres) en su postfacio a Las brujas de Westwood (Dibbuks, 2014) los extraños acontecimientos, casi malditos, que rodearon la gestación de la obra. El autor malagueño (nacido en 1972) los asocia con una airada carta de un cónclave de brujas “de alguna parte de Estados Unidos”. Según cuenta, el reproche fundamental del cónclave era la visión nada amable sobre las prácticas brujerescas que, en su opinión, ofrecía la historia. La ira de estas hechiceras se tradujo en una sucesión de fatalidades que estuvieron a punto de condenar el proyecto; salió adelante a trompicones y con el esfuerzo combinado de varios artistas amigos. Valió la pena, no obstante: el cómic recibió numerosos elogios, también de no pocos practicantes de las artes paganas sumamente abiertos de mente.

En aquel postfacio queda claro, por mucho que se justifique negando la mayor, que El Torres cree en algo, más con reverencia que a pies juntillas, de todo ese mundo de hechicería oscura que reproduce en su guión profusamente documentado. Resta importancia en su texto a la casual concatenación de calamidades, aunque se percibe en sus palabras un arqueamiento de cejas desconcertado, un ligero titubeo. Para escribir un cómic como Las brujas de Westwood (o cualquiera de sus otras obras) hay que creer. Por lo menos un poquito.

Debería aprender el cine de terror mainstream que empozoña las salas, en especial sus directores y guionistas, de los trucos que emplea El Torres en su narración. Perfecto conocedor de los códigos terroríficos y del lenguaje del medio para el que produce, ninguna de sus historias, ya sean sobre zombis (Tambores), fantasmas (El bosque de los suicidios, El velo) o brujas, como en este caso, tienen ese tufo a objeto manido, repetitivo, previsible y sonronjante que suele ser habitual en las más modernas películas del género. El Torres plantea excepciones, revisita lugares comunes, para darle vueltas de tuerca a lo mil veces visto, a aquello en lo que se había perdido toda esperanza de sorpresa, de originalidad. De chispa.

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Homenaje a uno de los más célebres grabados de brujas de los Caprichos de Goya, tanto en el título, desde luego, como en la factura, que imita las tonalidadeds del aguafuerte

Las brujas de Westwood tiene una sinopsis aparentemente anodina, si se cuenta sin ánimo de introducir destripes: cuatro hechiceras invocan con cierta asiduidad mediante sacrificios de sangre al demonio Baphomet, el preferido por los templarios y también por los ocultistas decimonónicos, en los alrededores de Westwood, allá por Boston, en Nueva Inglaterra. El escenario, el monstruo, la técnica, están ya tan enquistados en la propia genética de la literatura fantástica como para no resultar asombrosos. El Torres es muy consciente, y por eso lleva la premisa por cauces inesperados. Imprimirá a sus brujas, invocaciones y aquelarres un brillante giro de los acontecimientos en el segundo capítulo, de los cuatro que forman la obra, que convertirá toda la acumulación de tópicos en una historia tan interesante y fresca como la perpetrada por el sagaz Rob Zombie en su muy notable The Lords of Salem (2012). El Torres, con tan sólo un poco de trabajo neuronal, y algo de talento desde luego, da severas sopas con ondas a cuantos mediocres transitan accidental o permanentemente por el género cinematográfico.

Seguimos insistiendo en lo fílmico porque la forma de impostar la trama, de presentarla y de desarrollarla, remite a recursos de celuloide. El escritor, pues eso es el malagueño, perfecto creador de atmósferas y de diálogos, no evita incluso tirar del efecto del susto final tan en boga en los bostezos cinematográficos más rudimentarios. Con la salvedad de que El Torres sabe hacerlo bien, introducirlo por una razón concreta, y no caprichosamente arbitraria, con un determinado fin narrativo. Ese último regate del guión culmina el camino que ha seguido la historia. Lo que parece un cuento con brujas malvadas termina por ser otra cosa bien distinta. Es decir que, como en los mejores ejemplos del terror escrito y filmado, hay un sustrato más hondo, y más complejo, sobre el que se cimenta el argumento.

Claro que el mérito de la proeza recae también en el apartado gráfico. Aunque la coautoría del cómic, y de los parabienes, le corresponde asimismo al gran Abel García (Barcelona, 1978), como es justo reconocérsela, aquí tenemos que oponer un pero. No a la calidad incuestionable de los lápices del dibujante sino a las propias trampas de las circunstancias. Y como es precisa una puntualización, tampoco escatimaremos aclarar un extremo decisivo para su comprensión: Las brujas de Westwood es uno de los primeros títulos del catálogo de la jovencísima editorial (fundada en 2014) Amigo Comics. Este sello retrata el éxito y la pericia de El Torres, su fundador: es el segundo malagueño, tras el simpático y comprometido Antonio Banderas, en triunfar incontestablemente en Estados Unidos. Amigo Comics publica historietas de autor, generalmente españolas, en suelo estadounidense. Es, si se quiere verla así, el puerto de desembarco del talento patrio, cada vez más afilado, hacia el gran mercado del cómic mundial. Las brujas de Westwood salió en primicia en la tierra de Will Eisner, de Bob Kane, de Stan Lee, antes de que pudiéramos leerlo en el idioma en que fue pensado. Pero la versión de ambos países es netamente distinta.

Escribe El Torres -una vez más aludimos al postfacio- que la edición estadounidense quedaba como un “batiburrillo de autores”, alejado de la coherencia gráfica deseada. Ya dijimos que varias plagas egipcias se abalanzaron sobre el proyecto con saña, y que éste salió a flote gracias al trabajo de autores amigos. Roger Bonet, buen dibujante (y mejor entintador) catalán, compañero de estudios de Abel García, fue providencial en el rescate: el tercer capítulo, que marca la segunda parte de la obra, llevó su firma. Le costó hacerlo por cuestiones de agenda, pero entregó un trabajo sumamente bueno. El problema es que no pudo encargarse del episodio final, que haría el canario Ángel Hernández. Por esa razón, cuando El Torres quiso darle forma compacta a su cómic, sin que se notara el baile autoral, encomendó a Hernández la reelaboración del capítulo de Bonet. La colorista Esther Sanz ayudaría a incrementar la impresión de unidad (la portada de Dibukks, por cierto, es del propio Herández).

El ir y venir de dibujantes, dos en la versión española y tres en la estadounidense, no resiente el acabado estético de una obra impactante. Las escenas son impresionantes; las dibujadas por Abel García contienen una violencia tanto explícita como latente que provoca escalofríos. A Hernández le toca lidiar con el tramo de la historia más espectacular, por vistoso y sorprendente, y sus viñetas producen repugnancia en líneas generales. El trabajo de ambos artistas es tan virulento que consigue inculcar alivio en el lector que sigue las acechanzas de las brujas: es verdaderamente reconfortante no encontrarse en ese pedazo de infierno terrenal llamado Westwood. Un lugar donde los aquelarres están a ras de suelo y en las honduras del alma.

El Torres practica además una broma genial en el interior de su volumen: lanza una pulla a la literatura de vertedero al hacer que su protagonista sea un autor de un best-seller a medio camino entre Cincuenta sombras de Grey y Crepúsculo (pero con brujas en lugar de vampiros luminiscentes). No puede evitar que su héroe se desprecie por haber parido semejante aberración. Como le queda dignidad, busca reponerse del éxito envenenado. Cuando se descubren las perversas causas que le llevaron a la cumbre, no podemos sino esbozar una sonrisa ante la sutil malicia del guionista. Su explicación es despiadada. Su forma de insinuarla casa con el tono sugerente de su obra. Más que un nombre, El Torres es sinónimo de una industriosa apuesta por revitalizar un género vilipendiado.