La cosa viene a ser más o menos así: su apéndice crece y crece cada vez que se recrea en sus mentiras. Hablo, por supuesto, de los fantaseos con los que el onanista se evade de la realidad efectiva, y hablo de la que es, quizá, la imagen más icónica del personaje de Pinocho.

En este artículo no vamos a leer el celebérrimo cuento de Carlo Collodi (Florencia 1826-1890), compleja y oscura fábula con connotaciones muy adultas: eso lo dejaremos para otro momento. Vamos a acercarnos en cambio a las adaptaciones de las que ha gozado en distintos soportes, desde el cine con la archifamosa cinta de Disney de 1940, o la adaptación de Benigni (merecidísimo Razzie al peor actor en 2002), pasando por la versión televisiva de Luigi Comencini de 1972, con Nino Manfredi y una esmerada estética, o aberraciones de ciencia-ficción como Pinocchio 3000 (2004) (No debemos soslayar tampoco una futurible: el hiperactivo Guillermo del Toro ha anunciado su propia visión del personaje, proyecto por ahora estancado; si su inveterada afición a intentar abarcarlo todo no le juega malas pasadas, como pasó con El Hobbit, debería ver la luz próximamente). La trama y la iconografía de esta historia son tan ricas que abundan los homenajes no literales, entre los que destaco la cinta de Steven Spielberg a partir de una idea de Stanley Kubrick sobre un niño androide, A. I. Inteligencia artificial (2001).

En el apartado cómic, encontramos versiones como la del manga de Osamu Tezuka, que es casi un calco estético de la película de Disney (1952), o la curiosa fusión Collodi-Dante del argentino Lucas Varela, quien condena a Pinocho a sufrir toda clase de martirios en el Infierno, donde se topa con otras almas pecadoras, toda vez que miente y comete actos inmorales (Paolo Pinocchio, Dibbuks, 2011). Pero sobresale una adaptación por encima de otras: el Pinocchio de Winshluss (seudónimo pseudo-alemán del dibujante francés Vincent Paronnaud) publicado en 2008 (en 2009 en castellano por La cúpula), ganador del Premio Fauve d’Or al mejor álbum en el festival de Angulema de 2009, y sin duda una vuelta de tuerca más que interesante al clásico infantil, que merece que hoy celebremos a su salud el Día del Libro en Fabulantes.

Winshluss, que ya gozaba de una fama forjada en las mugrientas trastiendas del underground francés (por fortuna no todo es “línea clara”), propone un cómic por una parte mesurado al milímetro, por otra desaforado en todas sus consecuencias. La historia rondaba ya por su cabeza (y sus manos) en su infame (con cariño) Monsieur Ferraille, un robot despreciable, ruin, traicionero, que induce a los jóvenes al consumo de drogas entre otras ocupaciones, y que fue recuperado en el volumen de 2001 en colaboración con el dibujante Cizo. Vio la luz en la revista Ferraille, fanzine poco amable creado por Marc Pichelin y Pierre Druilhe que, de 1996 a 2006, reunió los trabajos de Charles Schlingo, Morvandiau o el propio Winshluss, y que se jactaba de ofrecer las historias de la empresa ficticia de aceite (para motor y patatas fritas) Éduard-Michel Méroll, con el dichoso robot como personaje-bisagra para introducir las distintas historias: la idea de degradar la historia de Collodi a niveles carcelarios aparece ya aquí.

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Monsieur Ferraille como Pinocho, o cómo sería Disney a través de un filtro de pastillas.

En su Pinocchio, como ya hiciera en Smart Monkey (2004, una versión suburbial del marsupilami, o las aventuras de un primate que, interesado y pernicioso, consigue sus propósitos, casi siempre sexuales, en detrimento de otros habitantes de la jungla), Winshluss apuesta por una historia muda, con texto en contadas ocasiones (por ejemplo cuando habla Pepito Grillo, aquí Pepito Cucaracha –Jiminy Cafard–), para la que hace gala de un gran virtuosismo expresivo en el dibujo. No sólo al desarrollar una trama bastante compleja por medio casi exclusivamente de la mímica, sino porque introduce un estilo distinto, o por lo menos una factura autónoma, para las distintas líneas argumentales (unas veces más realista, otras más caricaturesca; unas veces a lápiz, otras en acuarela; a color/en blanco y negro, etcétera), como si fueran los motivos musicales que se asocian a cada personaje en un poema sinfónico, por no hablar de los rótulos que abren algunas secciones, contextualizándolas sin necesidad de diálogo.

Al inicio, al ojo del lector le cuesta orientarse en una oscura selva de tinta que vibra con rabia en cada viñeta, selva para la que funciona muy bien un color sulfuroso, bilioso y ácido que se aplica conservando, puede que deliberadamente, la trama de puntos benday. Aceptando con humor las licencias feístas de ciertos momentos del dibujo (que violan y mancillan a los elementos tipo cartoon que tienen su punto de partida en Disney), ya sólo queda lugar para el disfrute de una obra ambiciosa, de perfecta estructura, con espléndidas ideas y, sobre todo, maravillosamente poética a la par que gamberra.

La secuencia de acontecimientos respeta bastante la del cuento original, así como reproduce muchos de sus fascinantes secundarios y escenarios pero, por decirlo de alguna manera, todo queda intoxicado por grandes dosis de cinismo, desesperanza depresiva, humor negro, sangre, drogas y perversiones sexuales. Y es que en esta adaptación se introduce implacablemente una crítica económico-cultural de regusto ácrata: el titiritero Mangiafoco es el empresario dueño de un taller de mano de obra infantil semiesclava; el zorro y el gato son dos lumpen drogodependientes; el país de los juguetes es a donde son conducidos los niños para convertirlos en niños-soldado (no se transforman en burros, sino en lobos) acaudillados por un sátrapa; la ballena que engulle a Geppetto es un pez mutado por ingerir residuos radiactivos, etcétera. ¿Demasiado fácil? ¿Y qué pasa con el sexo?

Como era de esperar, y así dan comienzo las aventuras de este Pinocho, la nariz del muñeco es empleada por la esposa de Geppetto para masturbarse: sin embargo, la gran novedad de esta adaptación es que Pinocho es un robot (sí, como el vil Monsieur Ferraille) creado con fines militares. Así, mientras que Geppetto espera hacerse de oro vendiéndolo a la industria armamentística, el arma principal del robot, la nariz-lanzallamas, se dispara friendo a la mujer desde abajo. Espero se me haya perdonado este pequeño spoiler, es por el bien común. Nos sirve para comprobar cómo el castigo por el pecado es lo que condena tanto al inventor como a su criatura, lo que desencadena la historia y pone la culpa (de ella) como mancha a redimir por él, partiendo en busca del hijo fugado, etcétera Leerlo como alegoría edénica no es disparatado si consideramos que de lo que quiere hablarnos aquí Winshluss es de la culpa, la responsabilidad, la conciencia moral y el castigo del destino.

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El país de los juguetes convertido en un escenario corrupto, decrépito y malsano, y no es obra de Calatrava.

El asunto gira, y es el desencadenante de las andanzas de Pinocho, alrededor de la gris existencia de Pepito Cucaracha. Es este un sujeto vago, inconstante, que organiza y se recrea en su propio fracaso, rehúsa la responsabilidad, saborea las oportunidades perdidas, se regodea inconscientemente en su comparación malparada con los demás, arruina por inercia sus relaciones amorosas (una forma de ser con la que muchos neuróticos seguro que se sienten confortablemente identificados). Pepito, despedido de su empleo, pasa a okupar lo que desde ese momento se convertirá en su dulce hogar: la cabeza (hueca) del robot Pinocho, convirtiéndose así literalmente en la voz de su conciencia. Sin embargo, estamos ante una conciencia poco represora, poco encauzadora, ya que si algo caracteriza al pequeño robot es su ausencia de voluntad, dejándose arrastrar por los acontecimientos en honor a lo que Italo Calvino vio en la novela original de Collodi: una versión infantil del género barroco picaresco.

Si un pícaro es tradicionalmente un oportunista, movido por un afán de superviviencia mezquino (etimológicamente, “pobre de recursos”), y por ello holgazán pero a modo de un depredador (uno más bien pequeño, un insectívoro tal vez) que ociosamente acecha, digno de lástima en cierto modo, canalla en cierto otro, entonces podemos decir que un pícaro es quien puede prescindir parcialmente de la obediencia a toda conciencia moral. Es decir, puede evitar su responsabilidad ante la sociedad, y aprovechar las distracciones de la autoridad moral para imponer sus deseos egoístas, así como el defraudador aprovecha los agujeros del sistema legal para ejecutar sus delitos fiscales. Porque como ya se sabe, las limitaciones que dicta la ética, en tanto que religión de hermandad universal, son el conflicto vivo entre el pacto común, ese lazo libidinoso social que nos armoniza entre nosotros como las teselas de un mosaico para que no nos degollemos y violemos por las calles, y la imposición de la voluntad de satisfacción egoísta de cada individuo en tanto que cuerpo hambriento.

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Pepito, hundido en su derrotismo existencial.

Pero un pícaro que se escabulle de la autoridad aprovechando perezosamente las escapatorias ya abiertas, está también renunciando a la resistencia ante esa misma autoridad moral, resignándose ante el destino. De una conciencia miserable como la que representa Pepito Cucaracha, paladín de un nihilismo adolescente que le hace detestar las expresiones sociales, incluso su propio éxito como escritor (si pudiera algún día comenzar un libro que se le resiste), éxito con el que en el fondo sueña, de una conciencia así, decía, qué se puede esperar sino un cobarde inane. El Pinocho de Winshluss no es un ingenuo, como Parsifal, ni un idiota, como Forrest Gump, por eso no es un héroe como ellos, que actúan movidos por una ignorancia que les prepara para inventar el mundo en una especie de experiencia heurística. No, este Pinocho es un ser que se deja llevar, sin albedrío, pudiendo caer de pie o de costado (es un muñeco), guiado por la contingencia, y así salvarse… o condenarse. El Pinocho de Winshluss (no así el de Collodi) es átono, peso muerto hijo de la inercia, pudiendo generar destrucción, como en su enfrentamiento contra el caudillo de los niños-lobo, o bien ser la razón de la felicidad más inmensa, como cuando se topa con quien necesita desahogar su amor maternal.

Lo que crea Winshluss es, entonces, un ultra-pícaro. El libre albedrío se vuelve aquí algo accidental, dejándose llevar por la tendencia más cómoda como un canto rodado en lo alto de una pendiente, hasta llegar a la eliminación de toda perturbación ¡de la vida misma, incluso! ¡La satisfacción que otorga el reposo más absoluto! Es muy freudiano todo esto, es inevitable. El corte progresivo de los lazos con la comunidad, la reclusión en el propio mundo de fantasías… así es la peligrosa deriva que la vida de Pepito está tomando. Pues bien, aquí defendemos esa mezquindad, esa ruindad, ¡elogiamos la cobardía, sí señores! Cobarde es aquel que, su etimología indica, ocupa el último lugar (de cauda, “cola”), aquel que, cuando ya todos los que le precedían han caído, se convierte en la última defensa supérstite ante el ataque y, así, en la última esperanza. Y es que el pícaro es quien consigue sobrevivir al desastre (¿pero cuándo vamos a hablar de sexo?).

Las aventuras de este Pinocho sin voluntad, en verdad, no difieren mucho de lo que todo niño imagina que le sucedería a su muñeco, por ejemplo, si se le ha perdido, o si imagina que lo pierde: el muñeco correrá aventuras, se lo llevará la corriente, irá al mar, lo tragará una ballena, irá al país de los juguetes, incluso será ahorcado (por qué no, luego revive). Fantaseos sobre su ausencia, construcciones que remplazan aquello que falta; se llaman sueños, delirios o juegos.

¿Y qué es lo que falta? Hay una ausencia radical que aplasta la existencia de Pepito como si fuera una… una cucaracha, ausencia de éxito, de satisfacción en el trabajo, en la creación artística, ausencia de reconocimiento en suma, que inunda esa cabeza de lata y obtiene su expresión figurada en las andanzas fabulosas del pequeño robot y sus infames secundarios. Todo cuento (infantil) pretende dar forma a eso que falta y que no es nada, empero (hay otros cuentos que atraviesan Pinocchio, como el de Blancanieves, que Winshluss transforma en un grupo de enanos pervertidos que tienen secuestrado el cuerpo de ella en una urna de cristal para violarlo cuando merezca). Nada falta, nada hubo que luego desapareciera; lo que siempre falta no es un objeto concreto, sino la falta de amor, que no es otra cosa que el miedo a que los demás te vean como a una cucaracha, o que no te vean si quiera, la amenaza de que uno mismo pueda faltar para los demás. ¿Es una metáfora de la vulnerabilidad infantil? ¿Es esto un homenaje a los niños, víctimas puras ávidas de amor?

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Winshluss, tras una noche que se volvió excesiva.

Para aliviar el tono grave que ha adoptado este artículo que ahora se acerca a su final, hablemos por fin de sexo. Si la ausencia de amor se sustituye por fabulosas fantasías, éstas también nos ayudarán no sólo de cara al fracaso en el trabajo, el arte o el reconocimiento social, sino también de cara a la relación sexual, tal vez, el enfrentamiento más in-mediato y vulnerable con otro sujeto. Pues bien: la caña solo va a funcionar cuando intervenga la ilusión de que se puede pescar con la nariz, ¡excelente metáfora! La satisfacción individual en el acto sexual debe servirse de fantasías que, digamos, amolden la singularidad radical, inabarcable, del otro cuerpo, esto ya lo dijimos: rellenamos esa dificultad intrínseca por medio de nuestras fantasías y nuestros juegos, nos mentimos un poquito acerca de la simple situación coital imaginando (o diciendo a viva voz) ciertos alicientes que funcionarían en la fantasía para un momento de soledad onanista (¿quieres ser mi hada madrina?). Es ahí cuando, recreándonos en nuestras mentirijillas, finalmente nuestra nariz puede crecer y crecer…