Las imágenes que acompañan esta reseña pertenecen a la versión italiana del cómic, de 1990.

Quizás sea cierto que fue la aventura más grande jamás contada. En 1990 lo parecía.

Un álbum de casi 350 páginas (para ser precisos, 347), con doce largos capítulos, y que involucraba a más de veinte personajes clásicos del universo Disney, entre secundarios y principales, desde luego justificaba toda apreciación colosalista. La editorial Primavera lo trajo a España el primer año de la década de los 90, en rústica, dentro de su colección Hiper Disney, de la que supuso su canto de cisne. Fue un gran colofón. En busca de la piedra zodiacal, cómic a todo color con dibujos del mítico Massimo De Vita y de Franco Valussi, y guión de Bruno Sarda, desmedía en tamaño y ambición a sus congéneres anteriores y posteriores. El cómic de entretenimiento nunca conoció caso igual.

Para hablar de este prodigio, de esta obra que quiso pulverizar récords, y que, en cuestión de cifras, ronda todavía el podio, es preciso un acto de justicia histórica. Desmontar prejuicios entre los lectores recelosos; desdecir tópicos. Aunque Roberto Innocenti goza de nuestra más alta estima, no podemos compartir, por injusta y sesgada, su opinión sobre aquellos Mickey Mouse “estereotipados” producidos en Turín. Porque los hubo muy buenos. Los mejores contaron con guiones estupendos, de gran frescura e ingenio. Autores con o sin -especialmente con- ínfulas a ambos lados del océano entregarían su alma al Diablo tan sólo por haber firmado la más mediocre de sus páginas.

Una industria editorial habituada a lo mejor

Precisamente, en el infierno encontramos el primer ejemplo que revaloriza estas presuntas obras menores protagonizadas por la granja Disney. Entre 1949 y 1950, Guido Martina y Angelo Bioletto, dos titanes en lo suyo, se atreven a adaptar ni más ni menos que el primero de los tres libros de la Divina Comedia de Dante. Sí, El infierno: con Mickey como el poeta florentino y Goofy en los paños imposibles de un despistado Virgilio. En el corazón avernal, Pedro Patapalo se reservaba el rol de maestro de ceremonias, de anfitrión mefistofélico. Hay que tener un par, y desde luego una enorme autoconfianza así como un fértil caudal imaginativo, para atreverse a adaptar a Dante y que el resultado parezca una obra autóctona. Y por cierto que hay que ser un genio para que no aburra y para que sorprenda a cada página. Resulta curioso, y desalentador sin duda para los amigos de lo excelso, que la otra gran adaptación del clásico sea precisamente otra parodia (El infierno), firmada por JAN en 1996 y con Superlópez de protagonista.

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Viñeta que reúne a los principales protagonistas de esta búsqueda. Señalamos entre paréntesis las veces que ejercen de protagonistas o co-protagonistas: Mickey (5), Goofy (5), Tío Gilito (2), sobrinos (2), Donald (4). Del cuello de Gilito pende la medallita de Libra, cuya historia ocupará uno de los mejores episodios del cómic.

Entre El infierno y En busca de la piedra zodiacal, más aventuras (y parodias) extraordinarias: Las mil y una noches, Don Quijote, Doctor Faustus, Los tres mosqueteros… Muchas a un nivel sobresaliente. Italia rentabilizaba la tradición literaria de sus artistas para dar rienda suelta a estos productos destinados al consumo infantil pero de factura, y recepción, adulta. Ahora bien, unas cuantas preguntas: ¿por qué precisamente Italia? ¿Cómo es posible que cómics Disney se gestaran tan bien en aquel país? Y aún más: ¿cómo es todavía posible que alcancen ya los 3.000 números y sigan publicándose, con dificultades, cada semana? Si añadiéramos que además gozan de gran prestigio en esa patria, en “su” patria, ¿nos creería el lector? Todas esas cuestiones desembocan en una única respuesta: siguen haciéndose en Italia, y con tanta calidad, porque desde el inicio se tomaron en serio.

De veras: su distribución, en los años de recuperación económica de la larga segunda posguerra italiana, cayó en manos de la editorial Arnoldo Mondadori, que entonces, antes de que fuera mancillada por ávidas manos berlusconianas, era prestigiosa. Como Feltrinelli o Einaudi, las otras grandes. Hay que entender a sus fundadores, soñadores decididos a sacar a su país del lodo fascista y devolverle una identidad libre de máculas y funestos recuerdos recientes. La reconstrucción italiana no fue sólo física y estructural, lo fue también (y hay quien dice que sobre todo) intelectual. Así, en esas editoriales (case editrici en italiano, término que refleja el carácter acogedor y de camaradería de esos tiempos) se pusieron a trabajar y a dar lo mejor de sí mismos Natalia Ginzburg, Cesare Pavese, Italo Calvino, Giorgio Bassani… Lo más granado de las letras italianas tomaba las más importantes decisiones de publicación. Asunto en nada baladí: de esta conjunción de talentos se beneficiarían muchos lectores mundiales, al ver cómo Karen Blixen, Jorge Luis Borges o Ford Maddox Ford, entre otros, eran respaldados por el criterio de estos voraces y exquisitos jueces. Incluso algún Nobel de Literatura le debe el galardón a los editores/escritores italianos: Doctor Zhivago sería publicada en Italia en primicia, tras haber sido censurada en la Unión Soviética.

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Una vez partida por Zodiacus, la piedra se fragmenta en pedacitos que los distintos discípulos (y sus herederos) usarán como medallitas. En la imagen, la de Leo, que Mickey y Goofy encontrarán tras su paso por un circo.

En todo este magma de increíble talento, una fusión irrepetible de nombres fabulosos, no resulta extraño entender que, cuando la Arnaldo Mondadori, editorial que inventa el término “giallo” por los lomos amarillos de sus novelas policíacas, obtiene el permiso de publicación y los consiguientes derechos de Mickey y amigos, sus responsables sólo tengan en mente hacer las cosas de una manera: de la mejor posible. Y así, los editores del maltrecho sello, que había sido vocero del mussolinismo, contratarían a las mejores plumas y pinceles porque no se contentaban con desarrollar exclusivamente productos para niños. “Topolino”, Mickey Mouse en italiano, se convirtió en compañero de ocio y de juegos de generaciones de jóvenes y de padres. Devino cabecera, y tuvo que competir, en terreno propio, con Tex, Diabolik o Dylan Dog. Según datos actuales, Topolino es la segunda revista (ilustrada) más leída aún en Italia, sólo superada por el tedioso vaquero de la Bonelli.

La historia más grande jamás contada

Y así, de puntillas, llegamos hasta 1990, una etapa fecunda para la cabecera Disney. Fecunda en imaginación, por supuesto, y también en aptitud. En busca de la piedra zodiacal es el mejor ejemplo de este feliz estado de forma.

Sarda empleó 347 páginas para contar una búsqueda que implicó a todos los personajes más importantes del universo Disney. Su creación es un crossover en toda regla, en el que intervienen Mickey Mouse y su fiel Goofy, pero en el que también juegan un papel nada desdeñable Minnie y Pluto; es una historia que da enorme cancha al pato Donald, a Gilito McPato, a Jorgito, Jaimito y Juanito, así como a los villanos Pedro Patapalo y Mancha Negra. Se dejan ver la Abuela Pato, Eugenio Tarconi, Mágica y cómo no, Superpato. El alter ego superheróico de Donald no podía faltar en una producción del país que lo ideó: en 1969, las constantes quejas de lectores hastiados por el carácter cenizo y perdedor del anátido más famoso del mundo producirán un cambio de rumbo en su destino. Los guionistas le visten entonces con antifaz oscuro y, en primera instancia, modos de vengador rastrero y rencoroso hacia quienes afrentaban a su identidad secreta. Como aquellas intervenciones frisaban la abierta ilegalidad, se optaría por darle una pátina más benévola, más intrépida y justa. Superpato participará aquí para enfrentarse a Spectrus (ver galería), “el ilusionista del crimen”, una suerte de “Magín el mago” que nacerá precisamente en este marco para luego evolucionar en némesis recurrente de historias venideras.

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Primera aparición del profesor Zodiacus ante sus atónitos discípulos en un granja de los Estados Unidos de finales del siglo XVII. Zodiacus repartirá entre todos los presentes los fragmentos de la piedra zodiacal y luego desaparecerá para siempre.

Mickey y compañía se embarcan en la búsqueda de la piedra del profesor Zodiacus, un astrónomo dotado de poderes visionarios. Su piedra zodiacal concede a su poseedor la facultad de conocer con anticipación el futuro, circunstancia muy atractiva, por motivos de diversa índole, para todos los implicados en su búsqueda. El único obstáculo para alcanzar tan vasto saber reside en la propia incompletitud de la piedra: fue partida en doce partes, y entregada a cada apóstol de Zodiacus en el siglo XVII; transmitida de padres a hijos, dos siglos después, los herederos, y sus colgantes (pues cada pieza por separado funciona como tal), se hallan repartidos por todo el globo terrestre. Y aquí, en esta variedad, reside uno de los principales encantos de esta historia.

A cada signo le corresponde un capítulo, que tiene que ver con su propia naturaleza. Así, Leo se encuentra en un zoo, en el que un león juega un papel preponderante; de submarinismo en Hawaii trata la búsqueda de Piscis; Acuario yace en el fondo de una cisterna, y Cáncer se oculta entre cangrejos de una isla paradisíaca. Si este elenco resulta previsible o hasta predecible, es porque aún no se han enumerado los “signos difíciles”, los más abstractos, los que requieren funambulismos para encajar en la dinámica signo/situación. Sarda aprueba con nota en la historia sobre Aries, al inventarse una trama sobre un ariete mágico; en Virgo, al mandar al pato Donald a un planeta habitado por “patas” obsesionadas con la moda, o en el maravilloso episodio de Libra, “Por un par de chelines de más”, que ambienta en una Escocia en la que intervienen un viejo fantasma, su nieto rockero y un tío Gilito en la catarsis de su tacañería.

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Los dos villanos principales de esta odisea, Pedro Patapalo (izquierda) y Mancha Negra (derecha), no será particularmente activos en la búsqueda, pero intervendrán de manera decisiva en el capítulo final.

Las doce historias se construyen con la solidez que consiente el amplio espacio disponible: cada una ronda las 28 páginas, cantidad más que suficiente para edificar con garantías nudo, desarrollo y desenlace y dejar suficiente margen para guiños autoreferenciales o bromas. Sarda crea un universo tan circular como la propia piedra zodiacal, que se abre y se cierra exclusivamente en base a elementos de la propia lógica interna. El guionista se cuida mucho, además, de no dejar ni un solo cabo suelto. Su narración dista de ser lineal: los saltos temporales y espaciales son abundantes, como exige una aventura tan movida como ésta. La acción constante se refleja asimismo en los encuadres, con cambios de perspectivas permanentes que están continuamente dando la sensación de progreso, de movimiento.

En busca de la piedra zodiacal podría ser una buena película, pero sería una serie aún mejor o, incluso, una aventura gráfica episódica de primer orden (que además resarciría de sus continuas pifias a los estudios digitales Disney, sin nada espectacular en su haber desde -y hasta- Donald in Maui Mallard [1995]). Mimbres desde luego no le faltan en sus misterios, en sus viajes estelares y por países exóticos, en sus cazas a tesoros. Porque por estas 347 páginas campan espectros, extraterrestres, piratas, vaqueros, amores nostálgicos, envidias fraternas, magia, archivillanos, compañerismo y frenesí, pero sin estrépito. Es verdad que se trata de gran aventura. En mi opinión, la más grande de las jamás contadas.

Con esta aseveración, sé que enervo a muchos, que hago desconfiar a tantos. Sé también que En busca de la piedra zodiacal jamás ganará un Eisner, ni será acogida con júbilo en Angulema o en cenáculos donde se jalean soporíferas adaptaciones del pestiño de vida de James Joyce, pero después de tantas palabras, ¿alguien cree que importa? En busca de la piedra zodiacal ha ganado, y tiene ganada, la más importante de las batallas: la sentimental. Es un cómic que no pierde en sus relecturas, que se mantiene fresco y ágil, que incita, como sospecho que persigue, a evadirse en el sentido más gallardo y noble de la expresión. Es una obra que apunta al corazón. Le estoy muy agradecido por sus buenos momentos. Y por eso, visceralmente, me parece redonda.

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No, Pedro Patapalo, no es un fantasma: es el colofón a esta historia. Como decíamos anteriormente, en él intervienen todos los personajes principales. En el borde inferior, a la derecha de un inconsciente Gilito, el profesor Zapotec y su compañero Marley, los científicos que “financiarán” la expedición zodiacal.