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Carcasas de enormes criaturas sirven de morada para la nueva fauna. Sin duda es un post-Apocalipsis de lo más sugerente.


 (ATENCIÓN: RESEÑA CON SPOILERS)

La mítica editorial francesa de cómics Les humanoïdes associés, surgida a partir del aun más mítico magazine Métal Hurlant, mima sus producciones: en sus historias de ciencia-ficción y fantasía continúa buscando no sólo calidad en el dibujo y originalidad en las tramas, sino afianzar la propuesta conceptual de sus fundadores (ya lo sabemos: Moebius, Druillet, Dionnet, Farkas). Estamos hablando de esa mistérica alusión, desde las páginas impresas, a una experiencia que las trasciende y que se refiere no sólo a las inabarcables ramificaciones que se le suponen al universo representado (civilizaciones, ecosistemas, especies con sus sistemas biológicos propios, guerras, artilugios arcanos y un enorme etcétera cuyo epítome podemos encontrar en El garaje hermético), sino a una senda mística, un encadenamiento de imágenes que llevará al visionario no a conocerse a sí mismo, por supuesto, sino a un cambio de paradigma en su enfrentamiento con lo sensible.

Se trata de algo que hace que el creador, pero también el lector, pues éste crea leyendo como en las novelas-collage de Max Ernst, sea consciente de que el sentido está en el desplazamiento, en el proceso mismo de pasar de una imagen a otra, y no en una verdad última que aguardaría la intervención final del hermeneuta. De aceptar esta situación, es primordial enfrentarse con cautela a lo soñado, como muy bien nos demuestra el personaje del Mayor Grubert, ya que no habrá otra ocasión de demostrarle un sentido a esas imágenes cuya sucesión es irreversible.

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Portada del primer volumen de la serie, titulado Ante Genesem, como el libro en el que Jack Stanton revela al mundo los misterios insondables por los que recibirá castigo. Detrás del protagonista puede verse a la misteriosa mujer que ocupa las visiones del profeta.

Pues bien, el pretencioso Prophet de Mathieu Lauffray (Norma Editorial, 2005-2014), una de las apuestas más fuertes de Les humanoïdes de los últimos años (la última entrega, De profundis, no obstante se ha publicado con Soleil Productions), se enfrenta a este desafío y, a nuestro parecer, sale malparado. Pero sería injusto no descubrirse previamente ante su autor, a la vez guionista y dibujante (excepto en el cuarto volumen, con dibujos de Éric Henninot), que a partir de una idea puesta a punto junto con Xavier Dorison en 1996 (con quien también colabora en la celebrada serie Long John Silver, 2007-2013), elabora una trama de aires lovecraftianos en donde lo que prevalece es un dibujo por momentos espectacular (él mismo se declara discípulo de gigantes como Frazetta o Jeff Jones) en el que se revela, por lo ambicioso de algunas de sus viñetas, pero también por la sensación de déjà-vu en kaijus hollywoodienses, su trabajo como diseñador de personajes y conceptos para cine (El pacto de los lobos, Vidocq).

Han hecho falta dieciséis años para culminar este Prophet, la epopeya de las andanzas del profesor Jack Stanton de la universidad de Miskatonic (guiño) y su afán por hacer públicos los hallazgos que aportarían pruebas sobre la existencia de civilizaciones previas al surgimiento de la humanidad. Unas ciclópeas ruinas en lo alto del Himalaya, imposibles para la escala humana, demostrarían que, como los titanes griegos, unos colosos demoníacos habrían reinado otrora en nuestro mundo antes de ser misteriosamente aletargados. Como es de esperar, el desvelamiento de semejante secreto le deparará al profesor Stanton no sólo numerosos enemigos en el plano terrenal, sino una amenaza inimaginable venida de ese otro tiempo.

El cómic fracasa sin duda en la escenificación de por ejemplo los episodios domésticos, en los que los precipitados diálogos entre Stanton y su mujer reproducen los clichés machistas del hombre absorbido por su trabajo y afán de celebridad, y de la mujer que le reclama mayor presencia en el hogar… Y tampoco atina en el ritmo de ciertos momentos, en los que se agradecería un poco más de pausa, en detrimento de otros en los que el autor se demora en retratos de personajes que pronto desestimará, así como choca la gratuidad de algunos acontecimientos, la aparición de algunas sugerencias narrativas que luego se desestiman, lo inconexo de ciertas escenas. En pocas palabras, a Lauffray le importa poco establecer un guión sólido (en dieciséis años las ideas pueden cambiar una y mil veces), decantándose en cambio por el deleite en escenas visualmente atractivas (ese buque penetrando en el Lower Manhatan) o en episodios que cumplan con su supuesta intención de insinuar un atajo metafísico. Es en esta transición entre el mundo sensible y el supuesto futuro post-apocalíptico en la que se engrana Prophet: se da a entender que tras el descubrimiento de Stanton, que trae consigo a la “nueva Babilonia” (Nueva York) un artefacto de los antiguos, el mundo termina sus días bajo el yugo de los titanes infernales. El cataclismo no se nos muestra, y el protagonista pasa de un mundo a otro (de un tiempo a otro) literalmente cayendo al vacío con su coche y estrellándose en la nueva era: la elevación al mundo metaterrenal se efectúa cayendo, y aunque puede verse con ironía como un contrapunto interesante a la teoría del Sputnik de Hannah Arendt, acaba siendo un recurso narrativo un tanto imperfecto.

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Demonio vs. mutantes. La elocuente paginación ayuda, como en este caso, a suplir la por momentos torpe narración de algunas escenas de acción.

En esa nueva Tierra en donde todo resulta excesivamente un enigma y en donde el protagonista acompaña sus andanzas con monólogos poco ajustables a un profesor de arqueología (las construcciones son calaveras y cuerpos gigantescos calcificados y aglomerados, estética heavy que al estudioso parece no despertar curiosidad alguna), la caída, bíblicamente hablando, es un hecho: él es profeta de la/su redención. El símbolo grabado a sangre en su pecho es el estigma que lo caracteriza y por lo que el líder de una banda de humanos supervivientes (mutados, algunos como semi-elfos –¿por qué?–, otros como aliens, algunos con poderes pirománticos, todos envueltos en una estética a lo Thundercats post-punk) cree en su condición de salvador (todo esto avanza sin mucho desarrollo y con bastantes lugares comunes –el sabio que antes de morir le encomienda la misión, el muy feo que le simpatiza, la chica atractiva y misteriosa–). No queda mucho tiempo: la exposición diaria al mal primigenio intensifica las mutaciones, por no hablar de la amenaza constante de los monstruos, que van desde humanos ya condenados que deambulan por ciudades arrasadas en escenas que habremos visto ya en otras partes, como por ejemplo aquí), a descomunales criaturas cuyo diseño resuelve bien la inspiración en los demonios de la iconografía clasicista de Michelangelo o Frans Floris: anatomías musculadas, mínimas deformaciones salvo en los rostros ferinos. Sin embargo, en otros casos, Lauffray abusa de estéticas cercanas al manga, ya sea con demonios de cuernos redondos y carnosos como salchichones, ya sea con anatomías cadavéricas, largos cabellos negros, extremidades más anchas en su terminación… poco originales en general.

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Quizá es esto lo que más perturba de Prophet, su flagrantemente escasa originalidad pese a la buenísima idea de la que parte. Y es que los altibajos en la trama no pueden excusarse refiriéndola a productos como el ya citado Garaje…, pues lo que en éste era expresión máxima del encadenarse de imágenes como una suerte de asociación libre, aquí se reduce a un solaparse de vicisitudes falsamente misteriosas cuyo secreto promete revelarse al final. Lo que el lector realmente encontrará, tras lo desplegado a trompicones a lo largo de los tres primeros volúmenes (Ante genesem, Infernum in Terra y Pater Tenebrarum), es la interrupción imprevista de las aventuras de los personajes (que se vuelven entonces un derroche de páginas) y el paso a una serie de instantáneas visionarias, flashbacks y metáforas oníricas que supuestamente dan la clave de todo lo precedente.

Cabe señalar a dos personajes que apuntalan al protagonista: un demonio rojo que persigue a Stanton como su sombra antitética y alegoría del pecado del que se le acusa, la ambición; otro bajo el aspecto de una bella y sofisticada dama que se le aparece en destacados momentos como la redención mesiánica. Reducidos a puntos moralistas dentro de la textura simbólica del relato, apenas son unas átonas comparsas. Sin embargo el cómic acierta en un punto muy interesante: la mujer avisará a Stanton de que él, como profeta sobre esta tierra devastada, posee ya el poder que su palabra anuncia. Es decir, un profeta, su etimología explica, porta la palabra del advenimiento divino y es en esa palabra por y en la que Dios se manifiesta, como si dijéramos que el decir del profeta es ya el Mesías al que precede, precisamente porque es el representante lingüístico de la presencia efectiva, el significante que enlaza y cobija un significado de otro modo desamparado. Sin el profeta el Mesías no obtiene una significación exterior, y el lenguaje puro del enviado de Dios –la encarnación del Dios Padre en el cristianismo– es ya el metalenguaje que el profeta esgrime.

Dicho todo esto, Stanton es técnicamente el dios creador, ya que fue él mismo, al “portar” el poder destructor del inframundo, quien generó la nueva tierra transformando la antigua. Él fue el profeta del apocalipsis pasado, no de la salvación futura, y sus actos, movidos por su mera avidez de notoriedad académica, encuentran así castigo. La mediocridad de esta moraleja (no seas audaz, hay cosas que el hombre es mejor que desconozca, ¡defiende el oscurantismo!) se completa con el ya mencionado drama familiar, el de una esposa devota y embarazada que, ninguneada por el egoísta marido, sumido en “cosas de hombres” como la investigación arqueológica, sucumbe ante los monstruos: ¿metáfora de una avaricia desmedida? ¿Hay cosas más importantes que la fama, como la familia o la amistad? ¿El conocimiento debe tener unos límites? ¿Es esto una clase de catequesis?

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Buen despliegue espacial, espectaculares perspectivas en imágenes más que interesantes. Eso sí todo bastante gratuito y sin resolución final.

La gran decepción que acontece tras cerrar las tapas del último volumen de este pretencioso cómic se debe no tanto a las ciclópeas lagunas en su estructura, pasables después de todo gracias a grandes momentos en el dibujo (excelente el del tercer volumen, en el que Lauffray deshace su trazo en un vendaval dramático) o a escenas muy jugosas (algunas de aroma a lo David Lynch, como la advertencia en vhs del amish milenarista a través de una tele en llamas), sino a la ceguera de su autor ante ese abstracto concepto llamado “responsabilidad”. Lauffray lo confunde con la culpa, y eso es algo que la filosofía nos enseñó a diferenciar hace mucho. Ante el ocaso traído por su peculiar descubrimiento, el protagonista no lo asume con todas sus terribles consecuencias, no sigue luchando en su circunstancia actual, no admite la contingencia de su (nuevo) presente ni la irreversibilidad de la historia. En lugar de eso se le proporciona una segunda oportunidad, retrotrayéndolo al momento en el que penetró por vez primera en las ruinas de la ciudad perdida, sólo que esta vez con la lección aprendida. Entonces, como en una farsa del mantra del eterno retorno, Stanton decide no actuar, retractarse y dejar las ruinas y el artefacto en paz, no desvelarlo al mundo, contentándose con ser un profesor más en la inmensidad de la Gran Manzana, un padre devoto, etcétera. ¿Podría verse como una fábula sobre los límites del progreso, cuyo exceso nos traería, por ejemplo, un infierno atómico?

Sin embargo esta solución parece de todo menos recomendable: “Si pudiera volver a empezar no haría lo que hice”, parece pensar, sin asumir que el ser humano no puede alimentarse de arrepentimientos ni vivir en un estado confesional de rápida indulgencia tras una pesadilla provocada por una borrachera (un exceso), o tras una noche en vela lamentando no haber hecho nada por ayudar a… (culpa). Falta aquí la consciencia de que no habrá marcha atrás para ningún acto y que todos, incluso los más onerosos, los más horribles, serán verdad y estarán allí, fijando con su mirada atrapada, como en el molde de ceniza petrificada de un volcán ya extinto, el instante de su eclosión histórica. Falta entonces un posicionamiento eficaz de cara a esa ocasión única (el descubrimiento de algo inmenso) y al peligro que entraña, ineludible antes o después; falta la valentía de saber que se va a caer, que el fracaso está asegurado. Esta es la auténtica enseñanza de las doctrinas del eterno retorno, que lo que regresa es siempre la caída ineludible, la crisis que va a desbaratar una supuesta linealidad histórica, y que obliga a responsabilizarse como si el instante vivido fuera a repetirse para toda la eternidad, siempre el mismo y sin posibilidad de corrección.

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Las poderosas tintas de Lauffray encuentran en el tercer volumen su máxima expresión. Lástima que la última entrega, pese al correcto trabajo de Henninot, no alcance este nivel.

Terminamos con una tendenciosa analogía dedicada a Lauffray como francés: por dos veces en su país, el Frente Nacional de los Le Pen ha estado a punto de ganar unas elecciones con los peligros consiguientes para la inmigración, los derechos sociales, los colectivos franceses no mayoritarios, etcétera. Pues bien, ante esta situación, en vez de ser conscientes de la irreversibilidad de sus actos y en vez de, ante la contingencia histórica de unas elecciones, buscar con responsabilidad un camino progresista para combatir esa amenaza, el votante de izquierdas francés ha jugado al arrepentimiento, ha cargado con la culpa de ver emerger a los fascistas y, en la repetición siniestra del proceso electoral, ha obrado como el bueno de Jack Stanton, se ha retractado en su audacia, ha decidido no tentar a los monstruos y, como mal menor, ha otorgado la mayoría absoluta a la derecha liberal.