En los años 30, la Universal llevó a la gran pantalla a un buen número de protagonistas de nuestras pesadillas. Los míticos Boris Karloff, Bela Lugosi o Claude Rains (entre otros), encarnaron al conde Drácula, a la momia, al hombre-lobo, a Mr. Hyde, al fantasma de la Ópera, al hombre invisible y, cómo no, al monstruo de Víctor von Frankenstein. Todas aquellas viejas películas en blanco y negro fueron capaces de hacernos disfrutar de un imaginario colectivo donde la seducción era la parte explícita del sexo y la sombra, de la sangre.

Quizá, porque estos personajes reflejan lo que detestamos, lo que tememos o lo que reprimimos, es indudable que siempre nos han atraído. ¿Quién no ha imaginado ser un vampiro? ¡Qué maravilla! Dar órdenes mirando a los ojos, tener más fuerza que los demás, convertirte a voluntad en murciélago o tener nuestro propio castillo lleno de concubinas de poca ropa y afilados colmillos. ¡No se puede pedir más!

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El Frankenstein de Brian Wrightson.

Por el motivo que sea, nos fascinan las partes brillantes del lado oscuro; probablemente porque nuestra vida es muy diferente a la de ellos. La mayoría de nosotros no somos un noble de los Cárpatos (ni un descafeinado niñato de esos de “Crepúsculo”), desconocemos la fórmula de la invisibilidad o dejamos salir a nuestra bestia interior para vengarnos de los demás; la mayoría de nosotros somos unos inadaptados que nos hemos sentido feos, incomprendidos, fuera de nuestro lugar y no correspondidos en el amor incondicional en más de una ocasión. Por eso, si he de buscar en mis entrañas a uno de estos monstruos para identificarme con él, sólo hay un nombre que se refleja en el espejo de mi baño: Frankenstein.

¿Qué atractivo puede tener un tipo verdoso, con la cabeza cuadrada, el cuerpo lleno de cicatrices y dos tornillos en el cuello? Bueno, lo cierto es que no siempre se le ha caracterizado así.

Bernie Wrightson

En cuanto cayó en mis manos la nueva reinterpretación de Frankenstein que Norma Editorial acaba de sacar al mercado, pensé en Karloff y, claro, pensar en Karloff es pensar en el trabajo de los años ochenta de Bernie Wrightson. Perdón, donde he escrito “trabajo de los años ochenta de Bernie Wrightson” tenéis que sustituirlo por “la maravilla de Bernie Wrightson.” Perdón, donde he escrito “la maravilla de Bernie Wrighton” tenéis que escribir “una de las maravillas del simpar Bernie Wrightson.”

El texto adaptado (en 1983) de Mary Shelley, autora de la novela original, se encontraba acompañado por las ilustraciones de este dibujante americano que tantas veces me ha hecho sudar en mis sueños (por ejemplo, con sus historias de la Creepy, su “Cosa del Pantano” o su Feria de monstruos). En la adaptación del clásico libro, sus plumillas se caracterizan por su realismo extremo (especialmente en las expresiones faciales), su detallismo obsesivo y por ese olor a oscuridad, humedad y tormento propios de un trabajo que quiere reflejar la esencia misma del Romanticismo.

La de Wrightson era una obra difícilmente superable que, a priori, convertía en locura el intento del artista estadounidense Gris Grimly de actualizarla. ¿Más o menos el mismo texto acompañado también de ilustraciones? Recuerdo perfectamente que una ráfaga de dudas razonables se estrelló contra mis entrañas.

El Frankenstein de Gris Grimly

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Ha bastado, no obstante, con una mera ojeada al volumen de Norma para descubrir dos elementos que terminaron con toda reticencia previa: el primero de ellos es que la introducción está escrita por el propio Bernie Wrightson. El segundo, que el estilo de dibujo que Grimly desarrolla en este trabajo es muy diferente al del genio de Creepy; podríamos decir que mezcla la desproporción y los anacronismos con pinceladas góticas, del punk y del neo-modernismo (elementos que Grimly ya consiguió que convivieran en sus trabajos sobre Pinocho [2002], las historias de Edgar Allan Poe [2004 y 2009] o en El museo de los monstruos [2001]). Además, la edición es espectacular: una obra a todo color en la que las tapas simulan un libro antiguo y donde se mezclan cómic e ilustración para ofrecernos un más que bello acabado.

El modelo epistolar que caracteriza a varios fragmentos del texto de Mary Shelley queda perfectamente reflejado con una serie de páginas manuscritas donde, dependiendo de quién sea el personaje que las escribe, se emplea una tipografía u otra. Del mismo modo, cuando es el monstruo el que narra una parte de la historia, los dibujos se vuelven más pueriles para que podamos apreciarlo con facilidad y para que nos deleitemos con su medido sabor. Relámpagos, cementerios, botas de cuero, sombras, crestas, ropa ceñida, máquinas que nunca existieron… todo el universo pictórico de Grimly se desparrama por este trabajo para hacernos llegar su visión sobre esta historia eterna.

El aspecto visual y la adaptación del texto facilitan enormemente la lectura y comprensión de las páginas originales de Mary Shelley. La sinopsis es de sobra conocida: un universitario suizo se obsesiona con vencer a la muerte y construye, miembro a miembro, un monstruo al que da vida y que termina siendo su perdición. La criatura, sin nombre, desamparada, incomprendida y rabiosa, quiere vengarse de su creador. Y hasta aquí podemos leer. Como el engendro, esta historia, de la que hablaremos más en profundidad en un próximo artículo, está construida con una pizca de Adán comiendo de la manzana del árbol de la sabiduría, unas migas de aquel Titán (Prometeo) que le roba el fuego a los dioses, unas gotas del Golem que construyó el Rabino Loew y, claro está, un número indeterminado de gramos de obsesión, de abusos de la ciencia, de lucha contra el destino, de amor y de odio.

Robarle algo a los dioses, quizá para querer ser como ellos (o, quizá, para librarse de su yugo) es el mayor de los pecados. ¿La condena? No hay mayor castigo que el camino de la autodestrucción. No hay escapatoria; sólo una dirección. La obsesión de Víctor von Frankenstein está presente en cada línea de este texto, en cada una de sus respiraciones, en cada sístole y diástole, en cada elemento de una historia que termina por segar todo lo que tiene a su alrededor.

Estamos ante un trabajo cuyo acabado extraordinario le granjea un privilegiado lugar en cualquier estantería. Sin duda, esta historia merece ser leída porque merece ser recordada… porque es una gran obra ilustrada a todo color por un gran artista al abrigo de una gran edición.