cesar1
Julio César es el personaje clave de “Las aventuras de Astérix“. No es el más importante ni tampoco el más icónico, pero sí es el ejemplo que mejor ilustra el genio de Goscinny y Uderzo. Mucho más que una referencia histórica y algo más que un villano, César es la base y culminación de la marca de humor que más me gusta y que mejor manejaba esta pareja de autores: el humor serio.

Para entender de qué hablo cuando hablo de “humor serio”, conviene preguntarse primero una cosa: ¿por qué nos reímos?

Imaginémonos a un grupo de cavernícolas reunidos junto al fuego por la noche. De pronto, algo se mueve entre los arbustos. Todos se sobresaltan. Se ponen en pie, agarran sus armas. ¿Será una tribu invasora? ¿Un tigre, quizá? Entonces, del arbusto sale Urg Pataslargas, que había ido a hacer mayores. Todos ríen. ¡No era un tigre! Imaginémonos ahora que Urg resbala y cae de espaldas contra las rocas. Todos contienen el aliento hasta que él se frota la cabeza con un gruñido y maldice al Dios de las Pieles de Plátano en el Suelo. Todos ríen de nuevo. ¡No se ha hecho nada!

Eso es la risa. “No era un tigre”. “No se ha hecho nada”. La risa es contagiosa porque constituye, en su misma base, un mecanismo de comunicación social que equivale a decir “todo va bien”. Es un signo universal para indicar ausencia de amenaza. Esto se extiende muchas otras situaciones. Un enemigo vencido, por ejemplo, da risa porque ya no supone peligro alguno. La risa también puede usarse como insulto o como desafío: al reírnos de algo que nos amenaza, lo que estamos haciendo es bajar a ese algo de su pedestal. La risa y el humor son el contraveneno de nuestras vidas.

Sin embargo, lo que he definido no es más que el humor más básico posible: el slapstick. Y si bien Goscinny hacía uso generoso del slapstick, su verdadera cancha consistía en un tipo de humor mucho más refinado: el humor serio.

¿Qué es el humor serio? Observemos el siguiente extracto de Astérix gladiador (1962), donde el bardo Asurancetúrix va a ser sacrificado a los leones del circo romano:

La escena es divertida, sí, pero la clave del asunto es que no es divertida ni para César ni para Asurancetúrix. Ambos personajes se toman la situación totalmente en serio, y es precisamente eso lo que hace resonar a la escena (esto ya estaba presente en otros personajes de Goscinny). Astérix y Obélix sí lo encuentran divertido, pero su presencia no es más que un eco del propio lector; no intervienen. ¿Os imagináis cómo cambiaría la escena si Asurancetúrix no se estuviera tomando esto en serio? ¿Si César no estuviera enfadado? ¿Si todo se presentase como una simple broma?

Pero es que va más allá de eso. Porque Goscinny y Uderzo no se limitan a tirar de manual y convertir a César en un bufón. No le tiran ninguna tarta a la cara, no le hacen tropezar con ninguna cáscara de plátano.

No. Hacen esto:

El factor clave del éxito de “Las aventuras de Astérix” es que Goscinny y Uderzo respetan completamente la figura de Julio César. Reconocen no sólo su importancia histórica, sino también su papel dentro del mundo que han construido: el de símbolo de La Autoridad. Astérix existe para reírse de la autoridad. Para ridiculizarla, relativizarla y entenderla desde un contexto distinto y totalmente necesario. Pero de nada sirve reírse de La Autoridad si ésta no es tratada con dignidad. En el fondo, de nada sirve reírse de un bufón. Para que el humor serio sea efectivo, es necesario que Goscinny y Uderzo representen a un Julio César verdaderamente formidable.

Digo Goscinny “y Uderzo” porque igual de vital que sus frases es su representación gráfica. El personaje, pensaban los autores, debe ser majestuoso. Y eso debe reflejarse en el dibujo. Su primera aparición seria, en Astérix legionario (1966), ya pone al personaje exhibiendo su glorioso perfil, pero si uno se fija bien comprobará que Uderzo hacía uso de todos los trucos del oficio para conseguir que el bueno de Julio pareciese lo más impresionante y poderoso posible, como se muestra en el siguiente collage que he montado para la ocasión:

Atención, en primer lugar, a su lenguaje corporal. César siempre llena la habitación. Sus manos están bien formando un puño, bien señalando con gesto imperioso, bien extendidas abarcando toda la sala. Su postura es digna e imperial. Se le suele representar en posición de dominio, normalmente haciendo que siempre esté dirigiendo su mirada de águila hacia otro personaje de menor estatura. Julio César, en definitiva, nunca pisa la proverbial piel de plátano. La única ocasión (en serio, ¡la única!i) en la que esta regla se rompe es en esta impagable escena del álbum de 1976 Obélix y compañíaii:

Hace falta entender que hubiera sido muy fácil convertir a César en un bufón. Pero un bufón no hubiera servido. Astérix y Obélix han tenido la ocasión de vejar y aporrear a todo tipo de romanos con cara de idiotas, y sin duda nos hemos reído con ello, pero sin César no hubiera existido una representación adecuada del poder, de La Autoridad en sí misma. Y Astérix es, ante todo, una historia de gente sencilla que quita importancia a La Autoridad sin por ello desdeñarla. Es posible ver aquí una aceptación tácita del statu quoiii, pero es que no estamos ante una obra punk. Goscinny y Uderzo no criticaban la realidad tanto como la comentaban, y no habrían podido hacerlo sin César. Sin una Autoridad a la que ambos pudieran llegar a respetar.

Y no hay mejor César que el que puede verse en las páginas de Astérix en Bélgica (1979), última obra guionizada por Goscinny:

Fijaos en la segunda viñeta, ésa en la que Astérix aparta de un empujoncito a César como quien no quiere la cosa. Esa viñeta define la serie entera. Es oro puro, y si funciona es única y exclusivamente porque César es alguien a quien Goscinny y Uderzo respetan enormemente. Imaginaos la misma escena pero sustituyendo a César por alguno de los otros romanos que hay en la escena. No funcionaría. Porque no son La Autoridad.

Porque “Las aventuras de Astérix” es una historia de gente sencilla que se ríe de La Autoridad sin por ello querer destruirla.

Para los autores, Julio César es alguien a quien se le debe respeto. Alguien grande y temible, justo pero implacable, que sin embargo no puede contra la sencilla forma de ser de los irreductibles galos. Y si los galos pueden hacerse llamar “irreductibles” es únicamente porque se enfrentan no a un payaso romano cualquiera, sino a Cayo Julio César.

He aquí la virtud del humor serio: es el único humor capaz de reírse de la realidad como realmente es, y no como nos gustaría que fuera. Y hay algo digno en todo ello que, más que reír, me hace querer sonreír.

NOTAS

i No considero válido el ejemplo de Astérix y Cleopatra (1963), dado que el personaje de César aún no estaba definido por aquel entonces. Sin embargo, también puede verse a un César humillado allí.

ii Goscinny y Uderzo hacen esto porque es necesario: porque creen que el rancio discurso neoliberal que esgrime Cayo Coyuntural es algo que humilla incluso a La Autoridad. Nos reímos, pero de manera inconsciente también despreciamos a la figura que ha logrado aplatanar al mismísimo César. Sin esta escena, la satisfacción que sentimos cuando César TRITURA a Coyuntural páginas más adelante no sería tan grande.

iii En una entrevista, Goscinny y Uderzo definieron a Astérix y Obélix como “de centro”.

Más secundarios:

El capitán Haddock

Abe Sapiens

Rasputín