Llevábamos oyendo hablar del británico Jon McNaught desde 2012 , aunque con auténtica fuerza desde que al año siguiente ganase el Prix Révélation de la ville d’Angoulême por esta magnífica obra, Otoño. Una novela gráfica con un alma que late tras un ritmo pausado y unos colores fríos, con personajes que viven en el lento deambular de sus historias cotidianas como lo haríamos cualquiera de nosotros. La forma y el fondo se confunden, quizás se sintetizan, para presentarnos una obra excepcional: innovadora y arriesgada, íntima y personal, radicalmente humana y universal. Cada uno, desde su individualidad, es capaz de conectar a través de la vista con un conjunto de sensaciones, de emociones, de percepciones e ideas pertenecientes a ese código emocional universal que nos relaciona y nos une a todos. Un código perfectamente definido y magistralmente desarrollado por McNaught en este tomo.

Con el subtítulo de “dos historias otoñales”, este tomo nos sitúa en un día de comienzos de octubre, cuando el calor todavía domina la atmósfera pero, ambientalmente, la nueva estación ha comenzado ya. Lo vemos en las calles, donde la gente va bien en manga corta bien con el abrigo puesto hasta el cuello. Lo vemos en los carteles anunciadores, cuando los anuncios veraniegos de bebidas refrescantes y vivos colores van dejando paso, poco a poco, a las rebajas de verano y a las novedades oscuras de la estación en ciernes. Y McNaught nos lo muestra también en el ritmo de vida de sus personajes: en su paso calmo, en su casi deambular de un lado para otro, o en su forma de ejecutar cada una de las acciones que forman su día a día, transmitiéndonos la sensación de un tiempo irrelevante donde lo único importante es vivirlo en toda su plenitud.

JON MCNAUGHT

Jon McNaught.

¿Puede la tercera estación del año transmitirnos un mensaje vitalista de semejante fuerza? Si existe alguna duda, Otoño (Impedimenta, 2015) es capaz de demostrarlo con cada una de sus dos partes. En la primera conoceremos a Mark, un ayudante de cocina que trabaja en la residencia de ancianos de Elmview. En sus pasillos o en su cocina, pasando por las habitaciones o yendo y viniendo de casa al trabajo, en su actitud con los residentes o con las demás personas que se va topando por el camino, se muestra una contención admirativa que conmueve el corazón y ralentiza la respiración. Otro tanto pasa en la siguiente historia (“Dockwood”) donde Jake, un estudiante de secundaria, acude como cada semana junto a Brian para el reparto vespertino de revistas y periódicos y, como en el relato anterior, durante su trabajo, nos da la oportunidad de comprobar cómo la estación otoñal parece haber invadido no sólo el ambiente circundante sino también su cuerpo y su mente.

Un ritmo pausado, una perspectiva sostenida, unos personajes que funcionan más como una excusa que como un elemento inherente a la trama -como un cicerone durante el camino, abriéndonos las puertas y señalándonos los aspectos de interés- son algunas de las claves de un viaje intenso donde se ahonda, como en pocas novelas gráficas, en las profundidades del sentido de la vida. Así, si en vez de mirar a los personajes observamos aquello a que señalan, veremos escenas de fragilidad y de cambio: los árboles mutando su pelaje mientras entregan al suelo su hojarasca, las vidas de la gente mayor esperando con una pasmosa calma -mientras miran por la ventana, con ojos reflexivos- el momento de su final, o simplemente la historia de un día cualquiera donde la luz macilenta del amanecer va dejando paso poco a poco a la penumbra amarillenta de las farolas y las ventanas.

Otoño llega a España, después de varios años tras su primera publicación en inglés (2012), gracias a Impedimenta que, como acostumbra, cuida los detalles en extremo. Los colores, el papel, la traducción y la presentación del tomo nos dan todo lo necesario para disfrutar con intensidad de la experiencia de una novela gráfica como pocas. No en vano, la crítica ha alcanzado esa extraña unanimidad en la que a todos nos ha gustado y nos ha sorprendido; todos la consideramos una de las mejores novelas gráficas de los últimos tiempos. Sobre todo, por su ambición y por su capacidad para presentar una nueva perspectiva para el cómic y para, a través del cómic y del barrio de Dockwood, mirar directamente a los ojos de la vida.