Portada de El entierro prematuro, 2014.

Portada de El entierro prematuro, 2014. El bueno de Corben no puede evitar la estética que le caracterizó en la mítica revista Creepy.

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El manejo del color de Richard Corben es legendario. Pocos están a su nivel, quizás sólo Moebius, cuando le da por colorear sus páginas, le igualan. Sus colores son expresivos, confieren a sus figuras tres dimensiones: las saca de lo políticamente correcto, situándolas en la tierra de nadie del canon del buen gusto. El color en Corben tiene consistencia. Y también mala uva.

Corben es, en sí mismo, una leyenda. Tras encuadrarse brevemente en el mundo de la animación, saltó al del cómic, donde encontró espacio, y discurso, en publicaciones underground. Su primer éxito, Rowlf, dibujado en la década de los setenta del pasado siglo, ya demuestra su pasión por el cine en la dinámica disposición de las viñetas, en la expresividad de las caras y de las posturas, y es un primer ejemplo de su pasión por lo fantástico. A Rowlf seguirán otros héroes para el recuerdo, aunque sólo DEN (siglas de David Ellis Norman, ingeniero de Kansas, la ciudad de Dorothy y Totó) ha trascendido los velos del tiempo. DEN es un hipermusculado que vivirá aventuras plagadas de mujeres exuberantes, de grandes pechos. Su talante no violento y su aspecto esmirriado sufrirán una transformación al transportarse a otra realidad: DEN, todo músculo, perderá durante el viaje pelo y trapos, de manera que blandirá sus vergüenzas al aire. Pero sin fines sexuales, porque Corben no quería que el erotismo fuese su leitmotiv. Al menos, no en esta primera etapa: harina de otro costal sería su más que burda (y cansina) querencia pornográfica en lo sucesivo.

El cómic para adultos, así como el cómic en general, maduró en las planchas de Richard Corben. Creció en su paleta colorista, floreció en su erotismo y en su talante paródico. El autor de Missouri contribuyó a que el noveno arte se convirtiera también en herramienta de denuncia, al elaborar un mensaje profundamente pacifista de raíz nihilista: en las páginas de Corben no hay fe en instituciones que alientan la ley del más fuerte, de la supervivencia del feroz, de la competencia desaforada.

Podríamos hablar largo y tendido sobre Corben, pero la actualidad nos exige concisión. De entre las muchas facetas del dibujante, destacan las de ilustrador genuino de los universos de H. P. Lovecraft y de E. A. Poe. Precisamente, el volumen Los espíritus de los muertos, aparecido a mediados de este año en el catálogo de Planeta Comics, recoge varias de las adaptaciones gráficas del genio de Boston, publicadas originalmente por la editorial Dark Horse entre 2012 y 2015. El especialista M. Thomas Inge, firmante del prólogo a esta edición, un absurdo experto académico en novelas gráficas, humor y animación, asegura que Corben es “el intérprete de Poe más fino (elegante) y creativo de la historia del cómic”. Todo un mérito que Thomas Inge resalta al cifrar las más de 300 adaptaciones que han conocido los cuentos y los versos del escritor de Boston tan sólo en el nicho de la historieta.

El cuervo corben

Corben convierte el refinado poema de Poe El cuervo en un espectáculo gore a lo Herschell Gordon Lewis.

Los espíritus de los muertos es una antología de seis poemas y nueve relatos, en su mayoría famosísimos, coloreados a cuatro manos entre Richard y Beth Corben Reed, la primogénita. La chica, a juzgar por sus portadas para Dark Horse, ha heredado la maña del padre, si bien sus técnicas sean digitales. Hay mucho “color por ordenador” en este tomo. No somos muy amantes de esta práctica, pero reconocemos que da mayor volumen a las formas, que permite a luces y sombras apagarse o brillar con intensidad, que incrementa los relieves y ciertas perspectivas. La familia Corben logra resultados bastante espectaculares en sus páginas: en ocasiones, parece que los personajes vayan a escaparse del medio impreso, como pasa, por ejemplo, en la versión de “La caída de la casa Usher”.

Corben se permite numerosas licencias. Cuando adapta poemas, prácticamente inventa de la nada. Construye historias truculentas y eróticas o abiertamente cthulhianas (“La ciudad en el mar”). El formato breve, muy típico de las revistas en las que ha publicado durante toda su vida, exige que las historias fluyan, que tengan movimiento. Por eso, casi no hay dos páginas iguales en todo este volumen… ¡y tiene algo más de 200! Eso sí, hay que imputarle a Corben cierta desidia en sus textos: él, que es arrebatadoramente visual, tiene de manera clara la vista puesta en la imagen, no en la palabra. Por eso, sus textos son bastante blandos, flojos. Apoyan, con incomodidad, aquello que está mostrando.

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Si bien cae a menudo en vulgaridades como el monstruo de la izquierda, Corben es capaz también de interesantes hallazgos conceptuales como La máscara de la muerte roja de la derecha.

Al dibujante le sobran palabras y jamás imágenes. Posee una imaginación irreverente. Sus mejores historias son aquellas que toman del original un par de elementos a partir del cual discurren por sí mismas. En “Berenice”, crea un protagonista-narrador que es medio retrasado y una mujer fatal asexuada: logra así un sentido de ambigüedad sexual, homo-erótica, diametralmente distinto al pretendido por Poe en su más célebre cuento sobre vampirismo. La impronta literaria de Morella se ciñe a la presencia de una mujer duplicada, a un entierro prematuro y a un amante dubitativo. A partir de estos mimbres, Corben va por donde quiere; su Morella es una sofisticada mujer, casi hechicera, que viste según su propia moda, adelantada en décadas a su tiempo. Así, el dibujante dota de una personalidad a la amada retornada de la que carece en el cuento, donde parece más bien una de esas donne angelicate de la poesía trovadoresca medieval. Corben hace algo que nunca hizo Poe: dota a sus féminas de prestancia, de carácter, de identidad. Más que fantasmas, son seres de carne y hueso. De carnaza.

Generalmente, todas ellas son mujeres neumáticas, de cuerpos voluptuosos y curvas. Las hay incluso achaparradas, casi caricaturescas, informes, deformes, nada que ver con las delicadas musas del cine de Roger Corman, el gran adaptador cinematográfico de Poe. No es casualidad que el ilustrador elija a una mujer como voz coral, como narradora que “mete y saca” al lector de la historia que está contando y que, al final, sentencia alguna moraleja o realiza un chiste grueso a modo de colofón (el grosor de esa broma es otra pista del humor alejado de las convenciones): la arpía Meg, vieja con parche y bastón, hace las veces del zombi de Historias de la cripta, o del cadáver amortajado de Creepy, publicaciones en las que Corben ha trabajado, y en las que ha dibujado numerosas mujeres excesivas,  así como monstruos asquerosos. En Los espíritus de los muertos hay bastantes: el simio asesino de “Los crímenes de la Rue Morgue”; varias regresadas de la tumba; gusanos devoradores de carroña… Cualquier criatura que pueda impactar con su aspecto es bienvenida en estas páginas. Y si su aspecto no da la talla terrorífica, Richard Corben se encarga de hacerle un sudario a medida. Con sus lápices y, sobre todo, con sus colores. Al verlos, el lector, al igual que los personajes, exclama: “¡Están vivos!”. Y vaya si lo están.

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Richard Corben, maestro de la sutileza: así de discretamente imagina a la Madeline de La caída de la casa Usher.