The hitchhiker's guide to the galaxy

Ilustración de Miguel Iturbe para Fabulantes.

En 1977, mientras en las salas de cine se estrenaba con triunfo arrollador la primera película de Star Wars, impulsando a la ciencia-ficción hacia una época de esplendor en todos los géneros culturales que duraría hasta la primera mitad de la década de 1980, el guionista y actor cómico Douglas Adams (Inglaterra, 1952-2001) firmaba con la BBC el contrato para la producción y la emisión de una serie humorística radiofónica de título rocambolesco: La Guía del autoestopista galáctico (The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy). Al año siguiente, el programa comenzaría a emitirse en el selecto canal radiofónico cultural de la compañía pública de medios: BBC Radio 4. Poco podría imaginar nuestro autor el tamaño impacto que tendría esta serie y lo mucho que, de ella, acabaría derivándose con los años. Nada más y nada menos que cinco libros (o, como Adams decía, una trilogía en cinco partes), una serie de televisión, una obra de teatro, un videojuego y una película[i].

El primero de los cinco libros, La Guía del autoestopista galáctico (1979; editada en España por Anagrama, además de las otras cuatro novelas), recoge y desarrolla los guiones del programa de radio. Los siguientes libros partirán de esta primera novela para desarrollar nuevas e hilarantes ideas, pero sin la conexión directa con la inspiración primera que, in fine, es la que dota a la historia de originalidad y frescura. Ello no será excesivamente relevante en las dos siguientes novelas, El restaurante del fin del mundo (1980) y La vida, el universo y todo lo demás (1982), donde disfrutamos casi sin novedad de tramas igualmente descabelladas y de un elenco esquizofrénicamente divertido de personajes, pero sí será decisivo a la hora de explicar el notable decaimiento de intensidad e interés en las dos últimas, Hasta luego y gracias por el pescado (1984) e Informe sobre la Tierra: fundamentalmente inofensiva (1992). Junto a estas cinco, un punto y aparte supone el sexto libro, And Another Thing… (2009), publicado después de la muerte de Douglas Adams y escrito por el autor irlandés Eoin Colfer (1965), no sin antes haber obtenido la autorización de su viuda.

Curiosamente, aunque tanto el programa de radio como las demás novelas han tenido también una larga vida, reemitiéndose[ii] y releyéndose[iii] todavía años después, ha sido la primera novela la que ha servido de inspiración y referencia para todos los amantes de esta serie. Casi hasta el punto de ser la única referencia. La excepción a esta norma parece ser el debate abierto sobre la adaptabilidad o no de esta novela al cine, a la vista de la más que fallida versión estrenada en 2005 por Disney Pictures a través de su sello Touchstone Pictures. Para unos, la novela resulta absolutamente inadaptable y, por tanto, la idea de llevarla a la gran pantalla era ya de inicio descabellada. Para otros, Disney Pictures había deturpado hasta tal punto la novela escrita por Douglas Adams[iv] que esta película no se podría considerar ni siquiera un intento válido. Y, en el punto medio, están quienes defienden su perfecta posibilidad de adaptación, así como la necesidad de una versión lo suficientemente fiel como para demostrarlo fehacientemente. El debate está en el aire.

Una forma de afrontar esta discusión con algo de criterio es, cómo no, observando con minuciosidad el texto de la novela y comprobando que, de partida, la Guía del autoestopista galáctico carece por completo de algo imprescindible para cualquier narración audiovisual: una estructura o trama narrativa continua a partir de la cual se hilen uno o varios argumentos. De hecho, el núcleo narrativo de la novela parece reducirse a su simple pertenencia al subgénero de las aventuras espaciales con la sucesión, a salto de mata, de alocados acontecimientos inherentes a excéntricos personajes de inolvidable perfil -recordándonos por momentos la narrativa de sketches que Adams practicó tan magistralmente con los Monty Python en Flying Circus[v]. La falta de esta estructura, aunque sí pueda afectar al lector más exigente, carece de importancia para el lector cuyo único objetivo es dejarse arrastrar por la locura, pues hay a raudales aquí. Hasta el punto, incluso, de poder afirmar que es la locura el principal elemento de coherencia de la novela.

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Douglas Adams, en su primera aparición en el Flying Circus, en el sketch que co-escribió con el grupo “Patient Abuse”, episodio 42 de la mítica serie (1974).

Para muestra, sírvanos el botón de arranque a esta sucesión de disparatadas historias. En él, un ciudadano inglés normal y corriente, de nombre Arthur Dent, descubre un buen día que el ayuntamiento va a derribar su casa. Con los bulldozer esperando en la puerta, él decide intentar boicotear la obra tendiéndose en el suelo frente a las máquinas porque, entre otras cosas, nadie le había notificado nada. Y, empezando así el día, no sospecha que lo más alarmante todavía estaba por llegar. Lo hace a través de uno de sus pocos amigos, Ford Prefect, quien después de disuadirlo para que lo acompañe a la taberna le confiesa que es un turista espacial originario del planeta Betelgeuse 5, atrapado desde hace quince años en la Tierra, y que ahora ha decidido llevárselo con él porque están a diez minutos de que una nave Vogon destruya el planeta para construir una autopista espacial. Lo tranquiliza diciéndole que todo irá bien si lleva consigo un adminículo imprescindible para todo viaje estelar… ¡una toalla![vi]

A partir de aquí, se suceden las historias breves o las peripecias haciendo patente que, tanto en cuanto a ritmo como en cuanto a tono, el proceso de descubrimiento del elenco de personajes principal, junto con algún secundario inolvidable como Prostetnic Vogon Jeltz (el capitán de la nave Vogon) o Slartibartfast (diseñador de planetas y habitante del planeta Magrathea), resulta decisivo para sostener la continuidad y coherencia de la novela. Cada salto hacia una nueva historia encaja como un guante con la presentación de un nuevo personaje, con sus circunstancias y sus deseos. El marco inicial se adapta así a la idiosincrasia de cada novedad y, por consiguiente, la historia se transforma constantemente, alcanzando un punto de equilibrio sólo al final del libro. He aquí la causa de que la Guía del autoestopista galáctico resulte tan sorprendente y fresca todavía hoy, pero también es la consecuencia para que los siguientes libros no alcancen la capacidad de sorprendernos y maravillarnos que esta novela sí consiguió con creces.

La locura proveniente del elenco de personajes protagonistas se transforma en frescura porque sus encuentros son espontáneos, originales, inesperados, llenos de inocencia y de confusión; tales circunstancias son irrepetibles en los siguientes libros y ello hará que esta frescura se vaya agotando poco a poco. Por otro lado, sus perfiles son tan heterogéneos pero, al tiempo, tan coherentes con las múltiples historias contenidas aquí que, para cualquier lector, se hace muy difícil el no encontrar uno con quien identificarse. Desde la racionalidad y el sentido común de Arthur Dent, hasta el escepticismo de Ford Prefect, pasando por la sinvergonzonería de Zaphod Beeblebrox (estafador, presidente de la galaxia y medio premio de Ford Prefect), la inteligencia y sagacidad de Tricia McMillan (novia de Zaphod) o la depresión vital profundísima que afecta al sorprendente robot Marvin -uno de los personajes favoritos de los lectores-.

Tras tanta locura, sin embargo, se esconden múltiples mensajes codificados repletos de escepticismo y, por qué no decirlo, también de un acusado cinismo. Se ponen en duda o se someten a crítica pilares del mundo occidental como el gobierno (responsable del derribo de la casa de Arthur Dent), la comunidad científica (crítica con la energía de la improbabilidad infinita), la democracia (método a través del cual se elige como líder político al reconocido estafador y sinvergüenza Zaphod Beeblebrox) o incluso la forma de construir y difundir el conocimiento (desde la simple existencia de la Guía hasta la forma en cómo se elabora o difunde o compite con otras obras como la Enciclopedia Galáctica). Todos estos presuntos pilares del ser quedan empequeñecidos en relevancia al compararse con la forma en que los personajes establecen su relación con la vida y con el mundo, reivindicando la felicidad en lo cotidiano.

La Guía del autoestopista galáctico (1978) utiliza la ciencia-ficción como un marco reconocible a partir del cual presentarnos historias fragmentarias de locura que, si en apariencia albergan una sucesión surrealista de escenas hilarantes y diálogos chispeantes, en cuanto conjunto muestran un mensaje profundo sobre el cual coincidían plenamente Douglas Adams y su buen amigo Graham Chapman, quien cantaba desde la cruz aquello de “Always look on the bright side of life”, alentado por Eric Idle.

NOTAS

[i]El proyecto originario de la Disney era llevar al cine más de una novela pero, a la vista de los discretos resultados obtenidos tanto de crítica como de público, la Disney decidió detener la producción. Otra vez será.

[ii]La emisión en BBC Radio 4 tuvo tal éxito que la serie se siguió reemitiendo en los años sucesivos, incluso en otros canales tanto de la BBC internacional como de otras compañías públicas anglosajonas. Además, la serie se comercializó en aquellos años tanto en formato LP como en formato casete.

[iii]Piénsese no solo en las reediciones y en las traducciones de las cinco novelas sino también en los audiolibros o en las series radiofónicas que se emitieron posteriormente a su publicación.

[iv]La novela se llevaba ya varios años intentando llevar al cine pero Disney Pictures llegó a rechazar, hasta en dos ocasiones, los guiones escritos por Douglas Adams. Por desgracia, la prematura muerte de Adams le impidió elaborar otro guión y, además, abrió las puertas a que la productora, propietaria de los derechos, le encargase un nuevo guión a otro guionista: Karey Kirkpatrick, saltándose a la torera la voluntad de Douglas Adams de ser él (y solo él) el autor del guión.

[v]Douglas Adams comenzó colaborando en 1973 con varios programas de la BBC como guionista hasta que, descubierto su humor hilarante por Graham Chapman, se incorpora con los Monty Python a Flying Circus. Con ellos no sólo sería coautor de algunos sketches y uno de los autores principales de la cuarta temporada (consecuencia de la marcha de John Cleese), sino que también encontró la oportunidad de actuar. El primer episodio en que aparecería, interpretando a un alocado doctor, sería el 42 -pista para los que ya habéis leído la novela-.

[vi]Desde 2010, como recordatorio a Douglas Adams y por iniciativa de sus lectores más acérrimos, todos los 25 de mayo se conmemora el Towel Day (“Día de la toalla”), donde llevar este adminículo contigo a todas partes se convertirá en mucho más que en una señal de devoción por sus historias.