Pintura realizada por  Luis Ricardo Falero  Brujas yendo al Sabbath, Oleo sobre lienzo (1878)

Pintura realizada por Luis Ricardo Falero. Brujas yendo al Sabbath, Óleo sobre lienzo (1878)

Lobas de Tesalia (Valdemar, 2015) tiene su origen en Brujas, sapos y aquelarres (Valdemar, 2014). En aquel ensayo, Pilar Pedraza repasaba de manera muy informal, sin suscribirse a ninguna corriente crítica, la historia de la brujería a través de los tiempos. Pedraza ejercía más de comisaria de exposición, cargo que no le es extraño en quien fuera catedrática de Historia del Arte en la Universidad de Valencia, y ofrecía amenos ejemplos cinematográficos, artísticos, pictóricos, con los que sustentar sus tesis en favor de las magas y hechiceras. Para ella, las brujas eran mujeres rabiosamente independientes que se oponían al poder constituido masculino y que, por su transgresión, eran perseguidas y severamente castigadas.

Esta pátina de mujeres resolutas se aplica también a su más reciente novela. Nuevamente, Pedraza vuelve a escribir sobre mujeres inteligentes, apabullantes, indiferentes, capaces de valerse por sí mismas sin el concurso de los hombres. El arquetipo es una constante en la obra de la escritora toledana. Lo dice claramente en un párrafo: “A mí siempre me ha gustado que haya presencia femenina en los asuntos públicos graves, además de en los domésticos, ya que descentran a los hombres y precipitan soluciones más rápidas y realistas”. Los varones que pueblan sus universos son irremediablemente ineptos, nítidamente estúpidos: se valorizan exclusivamente por el juicio de las miradas mujeriles o sirven tan sólo como juguetes lúbricos. A alguno de estos esquemas se adscriben el gladiador Lycofrón o el erudito etrusco Veyano, los dos personajes masculinos de mayor importancia en el libro. Los dos únicos hombres a los que Pedraza permite campar a sus anchas por sus páginas.

Lupercia Mania, la protagonista, su amiga Póstuma, detonante de la trama, la hechicera Macaria, la bruja Ericta, la niña Cátula, y, por supuesto, la divina Hécate, son el auténtico coro de voces sobre el que verdaderamente gravita el libro. Sus relaciones, sus pensamientos, sus dolores y padecimientos, sus preocupaciones, en suma, es lo que realmente le importa contar a la autora. Hábil tras tantos años de servicios literarios, sabe esconder muy bien estas pretensiones entre viajes y maravillas latinas. Porque, y perdón por la omisión, Pedraza se traslada al mundo de la Roma Clásica para hablar de hechiceras casi tan poderosas como los Dioses.

Cada etapa del itinerario que obliga a realizar a sus héroes, con el fin de revertir una maldición y permitir al alma de Póstuma descansar en paz, cada estampa que se concreta, ha sido contemplada o recorrida en Brujas, sapos y aquelarres. En su fresco ensayo, la historiadora sostenía que la visión brujeresca en aquellos tiempos antiguos era más desenfadada, menos mojigata, que en el medievo, época histórica que creó el canon sobre la temible bruja de los aquelarres y los sabbaths. Decía en sus páginas: “La infinita y cambiante historia de la brujería cristiana es sugestiva y también insoportable. Carece del orden de la antigua. En su estudio, nunca sabemos de lo que estamos hablando, incluso con los documentos en la mano. Resulta más inteligible la voz de la represión que la de los reprimidos”. La represión en la Roma Clásica era el desprecio. Los castigos los imponían las divinidades, no los seres humanos; por eso eran terribles y despiadados. Póstuma es condenada a vagar como larva, como maligno espectro vengativo antecedente del vampiro, por sus acciones sacrílegas.

Pedraza deja entrever pedacitos de ese mundo clásico en los visillos de su novela. No se toma en serio los mitos, que desdeña con sorna. Su sarcástica visión mitológica no es lo sorprendente, pues la escritora ha hecho de su bibliografía un monumento a la irreverencia; lo que sorprende es que estos juicios los expongan mujeres (casi) intercambiables, cultas, intelectuales, y sin embargo, metidas de lleno en la vida, en la res publica, de su momento. Mujeres así no eran en modo alguno extrañas –y ahí están los ejemplos de Safo o de Hipatia, por citar los dos más célebres-, abundaban entre las damas de compañía que también tenían dotes artísticas, pero la vulgaridad de nuestra cultura de masas ha hecho cuanto ha sido posible para sepultarlas. Lo más triste, empero, es que ellas, al igual que tantas otras cosas contadas por Pedraza, nos terminen por resultar exóticas.

La toledana ha perdido gran parte de la crueldad de sus primeros libros. Ya parece no tener ese interés por la piel, por ese envoltorio que regía férreamente sus obras más arcanas. Pedraza se ha vuelto algo más sentimental y también se la nota más comprometida. Es cierto que fue consejera del último gobierno progresista de la Comunidad Valenciana, antes de que se convirtiera en el escabroso foco de todos los males de un país enfermo de corrupción, pero hasta su anterior Lucifer Circus (Valdemar, 2012) sus obras de ficción jamás habían apostado de una manera tan declarada por los marginados, por los perdedores, por quienes el sistema acorrala y expulsa. En Lobas de Tesalia incide una vez más, clamorosamente, en ellos: de entre los sujetos disponibles de la rica órbita romana, Pedraza apuesta por esclavos, etruscos, mujeres y parias.

La autora, madre de “brujas terribles y acusadoras”, no podría reprimir una carcajada ante los seguros comentarios escandalizados de los puristas. El eco agigantado de una ya resuena en las páginas de Lobas de Tesalia. Ese gran divertimento, esa sublime trastada plagada de tétricos momentos y de elaboradas bromas anacrónicas.