¿Qué es el tiempo? Una pregunta aparentemente sencilla, pero de una profundidad y complejidad apabullantes. Mientras la humanidad vive en el tiempo, e incluso intenta domarlo de múltiples formas distintas, sólo hasta hace poco ha podido empezar a responder con algo de rigor a esta pregunta esencial. Albert Einstein aproximó por vez primera una respuesta, relativizando las hasta entonces inquebrantables creencias sobre su linealidad. Pero no fue hasta décadas después cuando, a partir de hipótesis como el agujero de gusano o el agujero negro (y su reverso, el gusano blanco) o, en especial, el multiverso, el concepto de tiempo se ha diversificado hasta, en algunos supuestos, abandonar su linealidad.

Las crecientes posibilidades ofrecidas por esta renovada definición del concepto de “tiempo” han llegado a la literatura. De unos años para aquí, cada vez más autores están atreviéndose a incorporar estas recientes hipótesis a sus obras. Desgraciadamente, este progreso apenas se ha mostrado torpe y tímido, tan cobarde que apenas añade algo de variedad a un panorama creativo donde las paradojas espaciotemporales son el pan de cada día. Pero, por fin, algo está cambiando.

Nina Allan ha cogido estas hipótesis y las ha situado en el centro creativo, intentado diseñar un libro a partir del cual representar y explorar todas las posibilidades del tiempo. Una ambición presente en la estructura del libro, en la organización de la trama, en el desarrollo de los hilos argumentales e, in fine, en el alma de los personajes. Tal es la ambición de Máquinas del tiempo (Fábulas de Albión, Nevsky Prospects, 2014).

Cinco historias independientes se organizan en superposición sobre un telón de fondo y unos personajes comunes, con el tiempo organizado en paralelo, como si se nos estuviese ofreciendo una perspectiva o visión seccional del multiverso. La habilidad de Allan para hacer de este concepto una metáfora compleja alcanza su cota máxima cuando, a través de estos cinco tiempos (cronos), los personajes mantienen una unidad coherente con el concepto metafísico de destino o, si se prefiere, con el teleológico de kairós o tiempo íntimo: se mantienen estables sus relaciones, sus vidas o profesiones o aficiones, sus descripciones, e incluso, en algún caso, se juega con un déjà vu para cruzarlos en el espacio-tiempo.

Martin Newland y Owen Andrews ejercen de puntos nodales a partir de los cuales se vinculan los demás personajes entre sí. Ellos dos sostienen con su extraña y extravagante relación la compleja metáfora que Nina Allan diseña aquí, siendo las personalidades más elaboradas y, al mismo tiempo -he aquí el artificio a partir del cual se sostiene el libro-, vinculándose personalmente con el tiempo como concepto. Martin Newland construye su vinculación a partir de su afición a los relojes (cronos) mostrando, simultáneamente, tanto un cierto fetichismo por el objeto como una vinculación emocional a su pasar pautado y regular. Owen Andrews se vincula al tiempo a través de su idea del “viento plateado” (The Silver Wind es el título original del libro, publicado en Inglaterra durante 2011), que no es sino una forma de fluir entre tiempos (y universos) paralelos. Los demás personajes desarrollan una relación esencialmente ordinaria y cotidiana entre sí, pero su trato con Martin o con Owen los introduce de lleno en esta metáfora temporal casi de forma accidental, como si fuesen simples briznas impulsadas por el viento.

Máquinas del tiempo muestra una variedad de lecturas en su interior, todas ellas en equilibrio. Primero, encontramos un paralelismo entre el kairós y el tiempo lineal, coherente con la percepción del tiempo más común. Segundo, se hace mención al tiempo pautado y regular (cronos), ordenado y encajado en la maquinaria del reloj, donde el tic-tac no sólo marca subjetivamente un período constante, sino que ordena también la vida frente al caos o la impredictibilidad. Tercero, se nos habla del multiverso y del tiempo paralelo, de la simultaneidad y de los cambios, pero también de los vínculos que unen vidas a través del espacio-tiempo, manteniendo invariables las emociones que vinculan a unos personajes con otros. Y, en último lugar, la ciencia-ficción participa con sus ideas para unir todas estas dimensiones en un único concepto complejo de tiempo.

Tanta ingeniería narratológica y orfebrería argumental, aunque perfectamente equilibrada en cuanto a los detalles, cuidados con mimo para que las continuidades entre los relatos refuercen la sensación de fragmentariedad y paralelismo, tiene un efecto devastador sobre el ritmo de lectura. Las historias se perciben casi como congeladas, sin vida, pendientes de reconstruirse como si de un puzle se tratase: una foto fija pendiente de comprenderse perfectamente sólo cuando esté completa la unión de todas las teselas argumentales. Irónicamente, al revés que con los puzles, la lectura se vuelve más farragosa con cada nuevo detalle, al carecer en todo momento de un dibujo general de la historia.

Aunque, a lo mejor, comprender el cuadro general tampoco importe demasiado. En Máquinas del tiempo se nos habla de emociones comprensibles por cualquier persona: la pérdida de un ser querido, la familia desestructurada por un hecho traumático, la búsqueda del amor verdadero más allá de las convenciones sociales o de las limitaciones temporales, la superación de los preconceptos… Y, al situarlas más allá del espacio y del tiempo, se les da a todas ellas una trascendencia moral, una relevancia extemporánea, anulando la importancia del tiempo cuando hablamos de la humanidad.

Máquinas del tiempo nos deja un sabor de boca agridulce porque, mientras nos muestra a Nina Allan como una habilidosa orfebre de historias inteligentemente diseñadas, también nos deja todavía con todas las expectativas por confirmar respecto a su capacidad para cautivar con sus argumentos. En este año, publicará su primera novela y será entonces, esperamos, cuando podamos salir de dudas.