El Señor de las moscas es una novela de aventuras intensa y emocionante, que mezcla elementos misteriosos, terríficos y distópicos; fue el principal argumento de la Academia Sueca para concederle a su autor, William Golding, el Nobel de  Literatura.

El señor de las moscas, por Eduardo de Jevenois Howlett

En 1952, el británico William Golding, Premio Nobel de Literatura en 1983, empezó a trabajar en una novela titulada Strangers from Within (“Extraños desde el interior”), que sería publicada dos años después por la editorial Faber & Faber con un nuevo título. Cumple 60 años su más conocida y también primera novela: El Señor de las moscas (última edición en castellano: Alianza Editorial, 2010). El título original Lord of the Flies es la traducción de una divinidad llamada Belcebú, o Satán, como se le denomina en la Biblia. Belcebú es uno de los siete príncipes del Infierno y el que representa el pecado capital de la gula. Las referencias literarias a este demonio, personificación del mal, son innumerables y por eso no sorprende que aparezca también en una novela, como la de Golding, que describe el proceso de corrupción moral del ser humano.

El Señor de las moscas es una novela de aventuras que mezcla elementos misteriosos, terríficos y distópicos. La ambientación a la que recurre el escritor es la típica de muchas obras de este tipo, una isla desierta perdida en el Océano donde el hombre tiene que luchar para sobrevivir contra las fuerzas de la naturaleza y lo desconocido.

“Allí, al fin, se encontraba aquel lugar que uno crea en su imaginación, aunque sin forma del todo completa, saltando al mundo de la realidad.

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El señor de las moscas, por Miguel Iturbe

Sin embargo, quien llega a la isla, como consecuencia de un accidente de avión, no es el clásico self made man como el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, sino un grupo de niños y adolescentes que tienen alrededor de once años. Golding recrea un microcosmos en donde este grupo de niños tiene que encontrar un equilibrio sin las reglas de la sociedad civilizada impuestas por los adultos, porque en este pequeño espacio no hay nadie más que ellos y la sombra de una bestia feroz. El autor parte de su experiencia personal como maestro y educador para reflexionar sobre las actitudes de los niños en un entorno limitado y en una situación de libre albedrío; experimentos de este tipo los encontramos también en novelas posteriores de otros autores como Ensayo sobre la Ceguera (José Saramago, 1995) o Rascacielos (J. G. Ballard, 1975). Golding, como si estuviera detrás de una cámara, describe minuciosamente y con una prosa acuciante y dinámica los detalles más divertidos y también los más crueles de la vida de los chavales al llegar a la isla desierta. De la multitud de los jóvenes emergen dos líderes: Ralph, quien representa la democracia, y Jack, símbolo de la dictadura y la irracionalidad. Entre ellos está Piggy, la voz de la razón, la sabiduría y el sentido común.

Lo de Golding se parece a un experimento documental del que ya se conoce el final: el hombre, hasta en su tierna edad, la de la pureza y la inocencia, sucumbe a los instintos más salvajes y vuelve a su condición animal. Efectivamente, asistimos a un proceso involutivo de estos niños que, con el transcurrir de los días, se olvidan de su vida precedente, se olvidan de querer volver a casa, se olvidan de ser niños y también de ser hombres. La involución que atraviesan no es sólo un hecho interior sino que se refleja también en su aspecto exterior: se vuelven salvajes en su totalidad. Y una vez cumplido el proceso ya no hay marcha atrás, los instintos animales, bajo forma de juego, se apoderan de ellos mismos hasta el punto que «el deseo de agredir y hacer daño era irresistible». Sin embargo, unos pocos se resisten y están condenados a sucumbir a la maldad y animalidad de los demás.

William Golding

William Golding

Detrás de todo ello está el propio Señor de las moscas, que podría considerarse un personaje más en cuanto motor de la historia. Flota silencioso bajo el mar oscuro y peligroso, se mueve invisible como una serpiente entre la majestuosidad de la selva y la aparente infinidad de la playa. Observa como un espectador inerme la progresiva caída de los protagonistas hacia el abismo del mal. Sin embargo, no es un personaje pasivo, porque finalmente todas las acciones de los jóvenes protagonistas son dirigidas por él mismo, por esa fuerza maligna que impera en una realidad donde las reglas pierden de sentido y la supervivencia es lo único que cuenta.

El escritor británico no olvida otorgar a su “personaje principal” un cuerpo, o por lo menos parte de ello. Efectivamente, el Señor de las moscas está personificado por una cabeza de cerdo pinchada en un palo, con una sonrisa inquietante y rodeada de una miríada de moscas. La cabeza del animal, cazado por Jack, fue dejada en la selva como prueba de su fuerza y como oferta a la misteriosa y terrorífica figura que moraba en ella y que todos temían. El demonio, increíblemente, llega a hablar con uno de los niños dispersos en la isla:

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“- ¿Qué haces aquí solo? ¿No te doy miedo?- Simón tembló.

– No hay nadie que te pueda ayudar. Solamente yo. Y yo soy la Fiera.

Los labios de Simón, con esfuerzo, lograron pronunciar palabras perceptibles.

– Cabeza de cerdo en un palo.

– ¡Qué ilusión, pensar que la Fiera era algo que se podía cazar, matar! – dijo la cabeza.

Durante unos momentos, el bosque y todos los demás lugares apenas discernibles resonaron con la parodia de una risa.

– Tú lo sabías, ¿verdad? ¿Que soy parte de ti? ¿Que soy la causa de qué todo salga mal? ¿De que las cosas sean como sean?

El Señor de las moscas se revela a Simón bajo una alucinación, debida a su cansancio y temor perenne, y que sirve al autor para hacer resaltar quién es realmente el artífice de su suerte. Los niños no saben contra quien están combatiendo: primero hay una lucha por la supervivencia, luego otra por el poder y, mientras tanto, se produce la lucha contra una misteriosa criatura, llamada la Fiera, que mora en la selva. Sin embargo, la bestia feroz no es nada más que fruto de su imaginación, fantasma de sus miedos más recónditos y propios de su tierna edad. Su fantasía les sugiere que los ruidos y las sombras que provienen del interior de la isla son el enemigo contra el que hay que luchar. No obstante, el verdadero enemigo, como revela a Simón el Señor de las moscas, no está allí fuera, escondido en la oscuridad de la selva, sino dentro de cada uno de ellos. Todo esto refleja el profundo pesimismo con el que Golding retrata a la naturaleza humana, y que es propio de muchos escritores del posguerra que, por evidentes razones, han perdido la fe en los seres humanos.

El Señor de las moscas es una novela intensa y emocionante. Es el típico libro que nos obligan a leer en la escuela y que nos hace reflexionar a cualquier edad, por su carácter atemporal y por la cantidad de temas que abarca de una forma sencilla e inmediata. Es una novela de aventuras, una fábula moral, una distopía que nos habla de la eterna lucha entre el bien y el mal, de la contraposición entre la democracia y la dictadura, de la civilización contra la barbarie, de la corrupción del ser humano y, por último, de la perdida de la inocencia propia de la infancia. La poética literaria de William Golding, reflejada en esta novela, se puede resumir de forma sencilla y clara con sus propias palabras: «el hombre produce maldad, como una abeja produce miel».

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